LAS ACADEMIAS Y SALONES DE BAILE
Las más conocidas estuvieron por La Villa de la Unión, el Cordón y su calle Sierra, por La Aguada, en el Centro y las más populares en El Bajo portuario. Todos esos sitios tenían en común el permitir bailar una danza que, como el tango, no era bien vista en una sociedad cargada de pacatería y prejuicios. Surgieron esos sitios donde las barras de muchachos concurrían a aprender a bailar, tomarse unos copetines y, de paso, como decían antes, «hacerse hombres».
Las academias consistían en un gran cuarto o salón, una pequeña barra de bebidas al fondo, las sillas donde esperaban las mujeres profesionales bailarinas. En un rincón un trío de guitarras y bandoneón o acordeón a piano.
Los salones más pobres funcionaban al compás de una vitrola y una docena y pico de discos de pasta. Se pagaba una entrada con derecho a un par de piezas con las mujeres y luego se vendían tickets para poder seguir bailando. Ese sistema más adelante en el tiempo, alrededor de 1930, sirvió para algunos cabarets que tenían las llamadas «copetineras» que también bailaban previo el pago de tickets. Por la Unión y su bravo barrio Puerto Rico, esos salones de baile tomaron la forma de unos ranchos alumbrados con farol de querosén donde el consumo excesivo de alcohol provocaba líos que se resolvían afuera entre la oscuridad y los abundantes yuyos.
Allí se aprendía a bailar con cortes y quebradas que, para la gente de los arrabales, eran sinónimo de machismo y virilidad. Se comentaba que la mayoría de esas bailarinas profesionales habían sido, en su lejana juventud, «mujeres de la vida» y ahora, en su decadencia, sobrevivían en esos salones. En la calle Andes funcionó una Academia llamada «La Porteña» muy cerca del Teatro Urquiza.
Su ambiente era apacible, las mujeres se vestían con ropa discreta y hasta había algunas que eran hermosas. Se inspiraban en las academias que abundaban en Buenos Aires por las calles Corrientes y Talcahuano.
Los músicos tenían predilección por las milongas acompañadas por el característico sonido del flautín. En el Bajo de la Ciudad Vieja fue donde existieron más de esos salones de bailes. De algunos hasta se recuerdan sus nombres que, por largos años vivieron en la memoria colectiva. Por la zona de el Templo Inglés estuvo el salón de baile llamado «San Felipe». Los clientes llegaban por la calle Reconquista desde los conventillos de la zona portuaria. Entre los pícaros muchachos se decían los viernes de noche «Vamos pa’ la Academia» y enfilaban para la San Felipe. Por el gran tamaño de su salón, tenían lugar para una orquesta, donde llamaba la atención el sonido de una enorme arpa. Muy cerca de ahí estaban las casas de las francesitas de las calles Brecha y Santa Teresa.
En aquellos salones o academias no existía el racismo y los negros concurrían sin impedimentos y gustaban mucho del ritmo del tango. Al comenzar los años 20, esas academias fueron desapareciendo y unas pocas se transformaron en algo que se llamó: los bares de camareras. Todo ya era distinto, ya no se pagaban tickets para bailar, no había músicos, en vez de ginebra se tomaba mucha cerveza y, entre los clientes abundaban los marineros.
Por la calle Juan Carlos Gómez hubo muchos de esos bares de camareras y ahora las mujeres, previo un arreglo, acompañaban a sus clientes hasta unas míseras piezas de inquilinato que servían de improvisado hotel. Se había perdido el encanto del baile, de su clima de alegres muchachos y de los bravos compadritos. Con más recuerdos y música los esperamos todos los domingos a las 18 hs. en CX 40 Radio Fénix.
COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE
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