SANA MENTE
Envidia y rencor son armas peligrosas
Caso:
Están todos asombrados, acaba de suceder algo inesperado. Eran apenas las nueve de la noche y la esperada reunión de camaradería se había terminado abruptamente. Cada quien no podía dar crédito a lo ocurrido. Se formaron varios corrillos y el comentario general tenía como único tema las palabras de Juanca. Carlos y Juanca eran amigos desde hacía muchos años, habían compartido momentos gratos y otros muy difíciles pero siempre estaban allí juntos, aun con sus discrepancias que ¡vaya si las tenían! Sin embargo, la amistad amortiguaba esos matices y pese a todo se los podía ver sonrientes y compartiendo juntos las largas excursiones de pesca. Esos años de historia compartida parecían un camino tan sólido que no era posible imaginar lo ocurrido esa noche. De pronto, en medio de la reunión las palabras de Juanca, amenazantes, infundadas, llenas de odio, cayeron como piedras. Carlos no encontraba el camino para responder a tamañas acusaciones. Y uno y otro intento de los presentes no conseguía que Juanca se calmara. Por el contrario, cualquier intervención parecía encender su ánimo, atacando con nuevos improperios. Cualquier reconciliación parecía imposible. Carlos aún no alcanza a comprender el rencor que traducen las palabras de Juanca. ¡Un amigo no podría decir toda esa sarta de disparates! El dolor por los insultos recibidos se acrecienta por lo inesperado e incomprensible de la situación. Un mundo de interrogantes atraviesa su mente y de a poco van tomando sentido algunas palabras o actitudes del pasado. Y lo que más duele ahora es pensar todo el tiempo compartido con alguien que parecía un amigo y hoy se revela que no lo era tanto.
Comentario:
El mundo de las relaciones interpersonales suele estar plagado de «sorpresas», a veces desagradables. Sin embargo es frecuente que las mismas hayan tenido antecedentes que no se supo interpretar. De este modo irrumpen en la relación como reacciones inesperadas, aunque en el fondo fueron anunciadas tal vez de forma poco ostensible, pero anunciadas al fin. Uno de los ingredientes de la amistad es la confianza. En base a ella las barreras personales caen y se confían facetas no siempre mostradas al resto de las personas con las que se interactúa. Esta confianza facilita el acceso a sentimientos, pensamientos, conductas que muchas veces no se hacen visibles más que entre amigos. Es como si ciertas barreras se tornaran más o menos transparentes permitiendo en forma auténtica compartir vivencias que alimentan sin saberlo la tormenta que se avecina. La envidia y el rencor suelen ser facetas de la personalidad que resultan muy destructivos para cualquier tipo de relación interpersonal desde el simple compañerismo, la amistad y aun la relación de pareja. «No se qué me pueden envidiar…» es una frase frecuente, que intenta encontrar razones que expliquen sentimientos. La envidia muchas veces se desencadena sobre la fantasía de lo que la persona envidiada posee o es capaz de obtener. Incluso no está referida siempre a aspectos materiales; por el contrario, muchas veces se envidia la «felicidad» o la «alegría» o cualquier otro sentimiento o estado. De esta forma el abanico de disparadores de la envidia es múltiple y no tiene una base racional. No es posible envidiar la felicidad de otra persona ya que ésta es un constructo de su personalidad que tiene base en su propia subjetividad. Es así que alguien es feliz con una situación que a otra persona no conmueve en ningún sentido. Conocido es el hecho de que iguales circunstancias no producen la misma respuesta en diferentes personas.
Es decir que quien envidia asume desde su propia fantasía hechos, objetos y aun sentimientos como objeto de deseo que son posesiones de la persona envidiada. De esta forma la culpabiliza de la carencia y frustración que siente. Secundariamente la respuesta es de rabia y rencor a quien se ha «identificado» como culpable ya que se interpone con el objeto de su deseo. El trasfondo de la envidia no tiene entonces bases racionales; por el contrario, la fantasía de obtener aquello que está en posesión de quien se envidia, como bien «único» e inalcanzable, es el motor que la alimenta. De esta forma quien envidia, mientras lo haga, no conseguirá nunca satisfacción a sus deseos.
Aun matando al ser envidiado la satisfacción no será posible, porque no es posible apoderarse de un constructo propio de la fantasía. La persona que envidia no consigue tener una vida satisfactoria. Está embarcada en una lucha cuyo objetivo está en su fantasía y por ello tiene la garantía de llevar inevitablemente a la frustración y secundariamente al rencor. La amistad, así como cualquier otra relación, no resiste el embate de la envidia.
Tarde o temprano surge como un volcán la frustración acumulada en años de envidia silenciosa, volcándose en actitudes poco saludables y socialmente inadecuadas. Es saludable abstenerse de cualquier incursión por el camino de la envidia en base a la obtención de la satisfacción resultante de los logros personales. Pequeños o grandes logros son el mejor alimento para la autoestima.
Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983
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