SANA MENTE
Escasez de sonrisas
Caso:
María tiene una fiesta dentro de unos días y aún no ha decidido qué ponerse. No es muy exigente pero ésta es una oportunidad muy especial que requiere un vestuario también especial. Su escaso tiempo no le permite mirar vidrieras, así que éste será un paseo de compras. Y como toda mujer que va de compras, inicia la búsqueda del atuendo soñado con gran entusiasmo. Ha recorrido ya muchos negocios y no consigue la prenda buscada. En su lugar una extraña sensación la va invadiendo. Una vez y otra escucha frases como éstas: «¡Señora!, ¡no toque eso!, ¡por ahí no se puede pasar!, ¡ya le dije que no tengo…!» El saludo de bienvenida, la sonrisa o una atenta disculpa por no poder brindar el talle o el color requerido han estado ausentes en toda la mañana.
De pronto un recuerdo acude a su memoria: hace unos días acompañó a una amiga hasta la mutualista. La sensación fue la misma. En la caja, el administrativo que extendió la orden, la enfermera e incluso el médico en la policlínica, todos habían borrado la sonrisa de su cara. María se pregunta si ha quedado atrapada en un sueño. ¿Tal vez en un mundo paralelo en el que todos los seres son inexpresivos? Poco a poco el entusiasmo con que inició su día se fue apagando. Como resultado, también se desdibujó su sonrisa.
Comentario:
El ser humano tiene la capacidad de comunicarse a través de un lenguaje no verbal que refuerza o, a veces, sustituye lo expresado a través de las palabras. En el mundo de las relaciones interpersonales este lenguaje gestual suele ser la carta de presentación, ya que precede a las primeras palabras emitidas. En ese sentido un ceño fruncido, una mirada esquiva contrastan con una mirada franca y frontal, develando sin palabras aspectos del mundo interior de una persona. La gestualidad de la boca, con las comisuras hacia abajo o por el contrario con una sonrisa, nos anticipa un encuentro con menor o mayor cordialidad.
Es popular suponer que la sonrisa acompaña momentos felices. Acorde a la situación del caso de hoy podríamos deducir que la felicidad, así como las sonrisas, serían poco frecuentes en nuestro medio. Sin embargo tal vez estas afirmaciones podrían estar basadas en suponer para la sonrisa un estatus de consecuencia. De esta forma, si hay pocos momentos felices, o la vida como sabemos está plagada de situaciones de contrariedad, dificultad o pesar, ¿por qué deberíamos sonreír?
Si invertimos este curso del pensamiento podríamos asignarle a la sonrisa un estatus de aspecto predisponente o facilitador de momentos agradables, apacibles y también felices. Entonces, ¿por qué esperar los resultados y no ser proactivo en la gestualidad buscando iniciar las acciones cotidianas con una simple sonrisa? Tal vez podamos descubrir que de esta forma se abren muchas más puertas y la vida transcurre en tonos menos conflictivos.
La calidez de una mirada junto a una sonrisa establece un clima agradable para el encuentro, especialmente si de atender a público se trata. Ni qué decir si nos referimos a un servicio de salud en el que el público que se acerca lo hace motivado por la búsqueda de solución a un sufrimiento personal o el de alguien cercano. En esos momentos una sonrisa comprensiva es un bálsamo que alivia. Es claro que no es una solución a ningún problema, sin embargo tiene la importancia de contener, reparar o simplemente facilitar un trámite, acortar una espera y aun endulzar un resultado no deseado.
La observación de nuestro entorno nos permite señalar cuán escasas se han tornado las sonrisas en estos tiempos. ¿Será acaso un gesto en extinción?, ¿tal vez devaluado? Quizá se interprete la sonrisa como algo superficial, que le quita seriedad a un tema. Por ello nos hemos acostumbrado a rostros adustos, casi con aire de enojo, que luego «dictaminan» sentencias más o menos críticas que intentan ordenar un caos que muchas veces está sólo en su fantasía.
Es saludable sonreír ya que este gesto de alguna forma traduce un pensamiento positivo, alentador y apacible de quien se anima a este ejercicio, que lamentablemente viene cayendo en el olvido. Tan desacostumbrado se puede estar, que hasta los músculos faciales pueden resistirse a tal ejercicio. A riesgo del dolor en las mejillas, sería bueno intentar concientemente sonreír más a menudo. Empezar por uno mismo, en la mañana frente al espejo. Hola «yo», ¿como estás hoy? Puede ser una buena forma de comenzar el día. No por ello los problemas desaparecerán, ni las miserias humanas lo serán menos. Sin embargo, nuestro cerebro podrá percibir un gesto amigable partiendo de nosotros mismos. Será una especie de aliento para iniciar la jornada.
Esta actitud tiene además la ventaja de generar un «contagio» de sonrisas, es decir que en torno a alguien sonriente suelen aparecer otros rostros sonrientes. Esta propagación de sonrisas puede ser fácilmente comprobada. Anímese al experimento y regálese una sonrisa en el espejo. Se sorprenderá de lo estimulante de los resultados. No tiene costo alguno y de paso ilumina el rostro más cansado.
Compartí tu opinión con toda la comunidad