PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

AQUEL DOMINGO DE ELECCIONES

Tiempos en que el voto era voluntario. La ciudad alborotada por las cachilas y los camioncitos Ford a bigote llevando a los votantes.

Se habían reforzado las frecuencias en las líneas de los tranvías que en muchos casos no cobraban el boleto.

La gente que había decidido votar, pues no era obligatorio, se tomaba muy en serio aquel domingo de elecciones.

Sacaban del ropero su mejor ropa ya que había que lucir elegantes.

Nacía el término «fiesta cívica» en los títulos de los diarios «El Bien Público» y «El Día» ubicados en trincheras antagónicas. Los vecinos más humildes se ponían una limpia camisa y un gastado pantalón pero con la raya bien planchadita.

En muchos de aquellos ciudadanos se había recogido la costumbre de los paisanos de ponerse al cuello un pañuelito blanco o colorado, según sus amores partidarios.

A los clubes políticos les decían «baluartes» y en ese domingo eran un hervidero de gente por todos sus rincones.

Del baluarte salía un camioncito, repleto de vecinos, hacia los distintos circuitos de votación. Todo ese movimiento era supervisado personalmente por un personaje vestido con un fino traje de casimir inglés.

Todos le decían con enorme respeto «el doctor» y estaba acompañado de un par de capangas o guardaespaldas que lo seguían a todos lados.

Ese atildado señor, demasiado perfumado, hasta se dignaba ayudar a los más ancianos a subir al camioncito y su reiterada pregunta la repetía mil veces: «¿No trajeron más gente?».

No faltaban los jóvenes caballeros que lo secundaban vestidos con el traje del casamiento que ya les quedaba medio chico.

Eran los aspirantes al tan ansiado empleo público que el doctor prometía a sus fieles servidores.

Se ponían un clavel en el ojal para simbolizar su lealtad al Partido y a su linajudo caudillo. Los muros de los barrios populares junto a la propaganda electoral tenían unos cartelones firmados por el Jefe de Policía que anunciaban la prohibición de la venta de alcohol, y otras «bebidas espirituosas».

En los boliches esquineros se cumplía con eso al menos en las apariencias.

Es que en muchos pocillos de aparente café marchaba una ginebrita o caña que se bebía rápidamente pues entraban a cada rato los guardiaciviles.

El barrio se impregnaba de olor del asado que se estaba haciendo en el baluarte.

Un par de damajuanas esperaban quietecitas para festejar el triunfo del doctor de varios apellidos.

Si el encargado del comité se descuidaba algún vivillo las destapaba a la sordina y les daba un besito para degustar ese sabroso vinito semillón.

Los rezagados salían apurados de sus casas con «la balota» en el bolsillo.

Por el año 1938, las damas empezaron a votar y aquellos domingos de elecciones ganaron en belleza.

Las que eran «casamenteras» se empezaba a arreglar muy tempranito pues además de votar era su oportunidad de agarrar algún galán peinado a la gomina.

Por los locales partidarios del Centro muy rodeados de simpatizantes se podía ver a políticos como Frugoni, Herrera o Batlle Berres.

En una mesa del Café Montevideo, de 18 y Yaguarón, los muchachos de la revista Mundo Uruguayo le hacían un reportaje a Germán Barbato.

Un personaje de esos tiempos fue el político Tortorelli que prometía colocar canillas gratuitas de leche en todas las esquinas.

Las plazas se llenaban de curiosos y sabihondos que decían tener los datos «posta». Otros se dedicaban a vichar a las lindas damiselas.

Los fotógrafos con sus fogonazos del magnesio aprovechaban y sacaban fotos de ese domingo de elecciones.

Con más recuerdos y música los esperamos a las 18 horas todos los domingos en CX 40 Radio Fénix.

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