Tijuana: "La esquina de Latinoamérica"
Por el punto de cruce llamado San Isidro pasan 60.000 vehículos legalmente cada día y 25.000 peatones hacia Estados Unidos. San Diego (California) es la ciudad lindera, prolijamente ordenada, un fuerte contraste con la vecina Tijuana.
Triste conteo
Desde la ciudad californiana varios periodistas latinoamericanos, asistentes a un taller organizado por el Instituto de las Américas, pasamos a pie hacia México.
La noche anterior dos camionetas repletas de ilegales, unos encima de otros, y conducidas por «coyotes» intentaron pasar por la fuerza hacia Estados Unidos con un saldo de seis muertos, que ingresaron a la estadística fatal de la frontera.
Tijuana tiene 2.200.000 residentes y 500.000 personas en tránsito. El Hospital General de la ciudad atiende a los más pobres. Los datos hablan por sí mismos, el 60% de los partos llega sin control prenatal. El 30% de mujeres de entre 15 y 19 años transita por su segundo o tercer parto.
Bordeando la ciudad se levanta un colosal muro, que comenzó a construirse en 1994 comparado al de Berlín por parte de los mexicanos aunque para la mayoría no genera más que indiferencia.
En varios tramos a lo largo de la muralla se aprecian tres vallas diferentes. La más vieja está armada de latas oxidadas con pequeñas mirillas.
La segunda es acorazada con placas recicladas de las plataformas de los portaviones estadounidenses, de la primera guerra del golfo. La tercera es más alta, elaborada con red de acero.
En busca de ¿la libertad?
Llegamos hasta donde la muralla se hunde en el Océano Pacífico. «Estamos en la esquina de Latinoamérica», indicó un periodista de Tijuana.
«Las anécdotas hay miles, hace unas tres semanas encontraron gente sopleteando las planchas y llevándose partes del muro», comentó el reportero.
Mientras tanto, contra el cerco, al borde del agua, un hombre arrodillado escarbaba la arena con sus manos, tratando de hacer un pozo para acomodarse y pasar al otro lado, lejos de las miradas de las dos camionetas estadounidenses que patrullaban la playa.
Cifras extraoficiales provenientes de las organizaciones de derechos humanos indican que entre uno y dos mexicanos mueren todos los días intentando alcanzar el «sueño americano».
«Mercadería» devuelta
La ciudad ha sido muy golpeada por la crisis, el turismo una de sus principales fuentes de divisas se ha visto muy afectado, por diversos factores entre los que sobresale la pandemia de la gripe A, la crisis financiera y el denso clima de inseguridad que impone el accionar de las bandas de narcotráficantes.
La zona turística aparece desierta y los mozos de los restaurantes se pelean en la calle para atraer a los pocos turistas que por allí transitan.
Tijuana recibe todos los días 700 deportados desde Estados Unidos. Según informó el profesor universitario y miembro de una organización de defensa de los derechos humanos, Víctor Clark, de ese total unos 200 vienen de prisiones o pertenecen a pandillas.
Otros 200 estuvieron entre 20 y 40 años viviendo en Estados Unidos, y fueron deportados a México por un delito menor, separándolos de sus familias. Y el resto «cruzó ayer, o hace una semana».
Todos llegan a México sin documentos, «etiquetados» con un brazalete y un papel de deportación. Por esta razón la mitad de ellos termina en la cárcel hasta por 36 horas.
«Son indocumentados en su propio país, no les ofrecen trabajo. No hay ningún apoyo porque vienen sin dinero. El precio es la cárcel y se crean rencores sociales», comentó el docente.
Uno por día
Esto genera condiciones notables para que sean reclutados por el crimen organizado, sobre todo los que han sido integrantes de pandillas. Desde hace tres años el narcotráfico de Tijuana accede a una mano de obra preparada, que se relaciona con las organizaciones delictivas de Estados Unidos y se especializa en el oficio de «sicario».
«Hoy tenemos un ejecutado por día del crimen organizado. El año pasado hubo víctimas civiles», informó Clark.
Por el punto de cruce llamado San Isidro pasan 60.000 vehículos legalmente cada día y 25.000 peatones hacia Estados Unidos.
«Son miles de mexicanos, muertos, desaparecidos producto de la frontera y de la violencia, son cifras enormes», indicó el defensor de los derechos humanos, quien se desplaza con guardaespaldas, debido a las presiones y amenazas del narcotráfico.
Clark aclaró que sobre este tema no se puede hablar con nombre y apellido, porque se corre riesgo cierto de vida. «Los periodistas también han evitado el tema, no profundizan para evitar riesgos», aseguró.
No hace mucho fue ejecutado un reportero («Gato» Félix González) de una publicación local, llamada Zeta, que exige en todos sus números la cárcel para los autores intelectuales del asesinato.
Economía
Tijuana tiene tres fuentes fundamentales de la economía, las «maquiladoras», el turismo y el comercio.
Las «maquiladoras» son empresas estadounidenses que se instalan a lo largo de la frontera (sobre todo en Tijuana y Juárez) aprovechando el Tratado de Libre Comercio (TLC) con México. Emplean a cientos de mujeres mexicanas con un salario ínfimo, alrededor de 60 dólares a la semana.
Debido a los bajos salarios es que muchas de ellas se dedican a la prostitución para poder subsistir.
Las meretrices que trabajan durante el día están organizadas y se llaman «las Magdalenas». Una organización fundada en 1982, a raíz de las persecuciones policiales. «Nos llevaban a la cárcel, nos extorsionaban por dinero o sexo a cambio de la libertad», relató «Elena» a esta enviada.
Las meretrices se realizan exámenes cada 20 días. «Nosotras estamos bien controladas, pero las que se consideran decentes seguramente no», dijo «Manuela», por su parte.
Sin embargo otra puede ser la realidad de las que trabajan de noche. La «zona de tolerancia» le llaman a un sector de Tijuana donde se aglutinan todos los bares en los que se ofrecen servicios sexuales. La densidad de la demanda es tal que esa oferta se desarrolla en varias manzanas donde mujeres de diversas nacionalidades (incluso «gringas») se paran fuera de los comercios invitando a los transeúntes a pasar al interior de los locales.
Crisis
Aún así la crisis económica es muy grave, al punto que se estima que la clientela ha caído entre un 65 y 70% en la zona de tolerancia. La situación se hace aún más compleja si se tiene en cuenta que se trata de un área en la que prolifera el crimen organizado, y también la policía y las distintas entidades de seguridad que vienen a buscar pistas, indicios, señales, de la operativa de los narcos.
Los periodistas caminamos en grupo, en calles estrechas en medio de puestos ambulantes con mercaderías de dudosa procedencia.
Una jovencita embarazada dormía en medio de la vereda, mientras un hombre robusto de amplia gestualidad nos preguntaba que hacíamos ahí. Le dijimos que eramos periodistas latinoamericanos. Con una sonrisa dijo que nos quedáramos tranquilos, que cualquier cosa acudiéramos a él, que estaba «para servirnos».
La irrupción de los militares en la lucha contra el narcotráfico, por otra parte, es cuestionada por las organizaciones de derechos humanos. La medida fue adoptada por el presidente mexicano, Vicente Calderón, pero se cuestiona su real efectividad frente al crimen organizado.
La discusión se centra en que la policía no cuenta con la confianza de la población, ni siquiera con la del gobierno, ya que parte de su estructura ha sido fuertemente influida por estas organizaciones criminales.
Pero los militares no están preparados para afrontar al narcotráfico que ha desatado una guerra de guerrillas mediante células muy bien organizadas. Así las cosas, las soluciones están muy lejos de alcanzarse, el clima en que vive la ciudad es de violencia explícita, y quienes pagan los «platos rotos» son los civiles.
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