SANA MENTE

Cuando se rompe la rutina

Caso

Matilde es una funcionaria de las que hay pocas. Siempre cumplidora de sus deberes y comprometida con la empresa en la que trabaja. Desde hace unos meses está en conocimiento de que será transferida a un nuevo edificio en el que la empresa tiene puestas muchas expectativas. Matilde no sabe qué le pasa, pero abandonar el viejo edificio la hace sentir insegura. Su rutina se está a punto de derrumbar. El edificio nuevo es hermoso, moderno, luminoso, pero ella prefiere su viejo escritorio. Cada mañana al salir de su casa, encontraba a la misma gente en la parada del ómnibus cuyo horario sabía de memoria. Los martes el chofer solía pasar con retraso, los viernes debía apurarse porque alcanzaba un descuido para perder el ómnibus. Cada baldosa desde la parada hasta su oficina, eran conocidas en detalle. Y luego en la oficina, podía encontrar cada expediente con los ojos cerrados.

Ahora se abre un abismo ante sus pies. Todo le resulta desconocido. El mobiliario de su oficina ha sido modificado. Sus compañeros no son los mismos. No encuentra sus carpetas y el espacio pródigo en exceso, parece que se la traga. Cada uno de sus movimientos debe ser previamente pensado. Para colmo de males, las alturas le dan vértigo y su nueva oficina está en un piso alto, con grandes ventanales. El solo pensar en ellos le ocasiona mareos. Todo se ha tornado en un gran sufrimiento.

Es que Matilde desde muy pequeña es una persona apegada a la rutina. Ya sabe cuál será su comida el lunes, el martes y así sucesivamente. Cada uno de sus actos está previsto con anticipación. No le vengan con cambios. Le producen angustia y sin saber cómo, una garra en la garganta le corta la respiración. El corazón rompe a galopar como si quisiera escapar de su cuerpo sudoroso y trémulo. El grito de ayuda parece que no termina de salir de su boca y en ese momento su vida se torna un caos inexplicable.

En sus noches de insomnio, solo intenta repasar cada momento de su tragedia. Mientras repite en voz alta: «Esto es una pesadilla». Está atrapada entre la necesidad de huir sin rumbo o volver a una realidad torturante. Lo peor de todo es que su razón tímidamente la enfrenta a un cambio que no es catastrófico, por el contrario, es algo que muchos desearían. En los momentos que consigue atajar el galope de su corazón y el vértigo de su cerebro, el cambio no parece malo. Solo que «es un cambio» y ese es el problema.

Desde pequeña ha vivido en el mismo barrio. Sus padres, bien lo sabe Matilde, hicieron enormes esfuerzos para que su nena no cambiara de colegio. Todos los días haciendo lo mismo, incluso a las mismas horas. Sabía con anticipación qué ropa ponerse, qué menú se serviría en el almuerzo, cuál en la cena. Los ravioles del domingo y los ñoquis de los 29. La certeza de cada acto era una estructura imposible de imaginar vencida. Todo se deslizaba sobre ruedas.

Desde sus 20 años, siempre en la misma empresa, en el mismo piso y ahora a sus 50 años, un terremoto invade su vida. Matilde se sumerge en un mar de sollozos y pasa otra noche en blanco esperando con temor la mañana siguiente que la expondrá a ese mundo nuevo y amenazador: otra vez su corazón al galope y su cerebro como un trompo.

 

Comentario

Lejos están las épocas en la que nuestros abuelos iniciaban y terminaban su vida laboral en la misma empresa y vivían en el mismo barrio desde su niñez hasta su muerte. La vida social pautaba una rutina respetada por todos, de tal forma que una solidez aparente era parte de la vida cotidiana.

Hoy la globalización y el acceso a las noticias en tiempo real nos enfrentan sin reparos a una vida compleja y rápidamente cambiante. No alcanzamos a procesar un cambio, cuando otra realidad muy diferente, nos sumerge en el caos de su devenir irrumpiendo en nuestras vidas. Es así que poco a poco la aparente solidez de los tiempos de nuestros abuelos ha dado paso a la vivencia de fragilidad y finitud de nuestra existencia. La incertidumbre junto con el temor frente a la realidad rápidamente cambiante es parte de la vida cotidiana.

Uno de los muchos desafíos de padres y educadores es preparar a las generaciones más jóvenes para enfrentarse a cambios tal vez inimaginables. Es entonces también un desafío de nuestra generación desarrollar mecanismos adaptativos frente a tales circunstancias. Como todo en la vida requiere experiencia, es deseable asumir los pequeños cambios de la vida tales como un cambio de clase, de escuela o de barrio como un aprendizaje que acentúe los aspectos positivos, evitando asignarles el significado de amenaza. De alguna forma es posible así, enfrentar la incertidumbre con la seguridad personal de las experiencias pasadas en las que se pudo superar otros cambios. Revalorizar la situación de cambio como una renovación con aspectos positivos, facilita minimizar las posibles pérdidas. Matilde no es el ejemplo en este sentido. Su vida rutinaria le generó la falsa seguridad de un entorno que la sorprendió con su cambio. No tuvo la posibilidad de aprender a adaptarse a cambios. De esta forma cada pequeña modificación le resulta amenazante. Aún algo muy bueno puede ser percibido como la anticipación de un peligro desconocido, frente al cual solo se responde pasivamente con resignación o con un hondo e inconfesable deseo de huir. Finalmente el cuerpo se manifiesta con la llamada «crisis de pánico» que no es más ni menos que la vivencia de ese peligro inminente en el que la mente queda atrapada, aparentemente sin salida.

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