EL PATRIMONIO DE LA MEMORIA
Nace la memoria popular, el patrimonio de la gente humilde. Torrente de recuerdos movidos por los sentimientos. Cuando caminaban por la Plaza Cagancha los músicos tangueros Puglia y Pedroza. Iban al viejo Café Ateneo, donde luego de escuchar a la Orquesta de Señoritas participaban de los concursos para nuevos talentos que organizaba don Agustín Pucciano. En el Sorocabana de la Plaza, el querido Benedetti escribía su novela «La tregua» y muy tarde llegaba el poeta Líber Falco, luego de trabajar en una panadería de la Villa Muñoz. La memoria popular salta más atrás. Llega hasta la curva del Buceo donde estaba El Cabaret de la Muerte.
En su ambiente arábigo los señores refinados tomaban ajenjo y pernot. A muchos de esos caballeros de aristocráticos apellidos también se les veía muy seguido en la madrugada por la Placita Zabala. Conversaban y algo más con jóvenes marineros y estibadores que andaban necesitados de algún dinerillo.
Si hablamos de El Bajo de la Ciudad Vieja, la memoria popular tiene un patrimonio de vivencias en aquellos cabarets. El Capitol de Ituzaingó y Cerrito, con sus pintarrajeadas copetineras, que para sacarlas a bailar había que pagar un tique. Lo guardaban en su escote y los caballeros tenían derecho a apretar sus curvilíneas siluetas durante un par de tangos. La leyenda rodea al cabaret Royal de Bartolomé Mitre y Buenos Aires, donde cantó Carlos Gardel acompañado por Razzano. Igual éxito tuvo El Mago cuando cantó en el Teatro Empire, luego El Gluksman, de la Unión. Cuando salió por 8 de Octubre lo rodearon varios canillitas y gente muy pobre que no podía pagar la entrada. Y en plena calle, apoyando un pie sobre su lujoso coche Buick, Gardel tomó su guitarra y les cantó dos hermosas canciones. Un gesto similar al de Julio Sosa, que cuando venía a los bailes de Carnaval del Sud América se quedaba mucho tiempo charlando con los vendedores de flores y cuidacoches en la puerta de la calle Yatay. También son patrimonio de la memoria popular los conventillos. Por Sierra casi Paysandú estaba el «convento» pegado al Cine Miami. Ahí vivían el capo del redoblante, El Chiquito Rosselló, y muchos libreros de la Feria de Yaro. Por el Sur y Palermo, en El Medio Mundo, todo los 6 de enero repicaban el palo y el tamboril. En una habitación Páez Vilaró pintaba y también escribía versos para las comparsas. Empezaba el reinado de la diosa Gularte, que se unía a la leyenda de la Negra Jhonson.
Rosa Luna era una piba que ya insinuaba su escultural físico. Por el Paso Molino los morochos canillitas habían hecho una murga llamada Araca la Cana. La Troupe Ateniense de el «Loro Collazo» seguía la tradición de La Oxford y Un real al 69. Menecucho vendía sus versos en los corsos. Los vecinos contaban historias sobre Leandro Andrade, que vestido con frac y galera, después de jugar al fútbol cautivaba el corazón de las francesitas de París.
El tricolor Perucho Petrone vendía frutas en su carro y luego rompía las redes del Parque Central, esa cancha donde también la gente se jugaba unos pesos en las famosas carreras de galgos. En el Teatro 18 de Julio, al lado del Café Montevideo, y frente a «El Día» actuaba la Compañía de Paquito Bustos.
En El Artigas de Andes y Colonia se presentaba Olinda Bozán y al antiguo Teatro Cibils de la Ciudad Vieja había llegado el joven actor Enrique Muiño. Había bailes de rompe y raja en el bravío barrio Puerto Rico y la colectividad gallega se divertía en El Campo Español. El Agrícola Italiano, de 8 de Octubre y Propios, era el baile de los negros, que se llenaba de blancos. El Tito Cabano compone el tango «Un boliche», Mastra toca la guitarra y Santiago Luz hace magia con su clarinete. Con más recuerdos y música los esperamos en CX 40 Radio Fénix, todos los domingos a las 18 horas.
COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE
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