TIENE LA PALABRA
Federico «Quico» Jerónimo Bouza del Río
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Hoy hace un año de tu partida…
Después de mucho dolor, pude dejarte ir…
Lo irónico es que desde que te solté desde la amargura, el aferro, la ausencia, tu silencio, mi silencio… nuestro silencio… te empecé a escuchar más fuerte y más vivo que nunca.
Soltarte desde lo negativo, me permitió encontrarte en lo positivo.
Y cuando pude dejarte ir, apareciste en mi vida más real que nunca.
Comencé a encontrarte en la calle, en un tapado escocés como el que tanto te gustaba, en una sonrisa, en posibles comentarios que harías si estuvieses caminando a mi lado… tan real que hasta comenzaste a acompañarme donde vaya.
Recuerdo cada pedazo de tierra que caminamos juntos, cada enseñanza, cada reto, cada palabra…
Tanto amor me diste y tanto me trasmitiste que hasta te encuentro en manías mías que son tan solo malos plagios de algunas tuyas.
Pensé en organizarte una misa, pero sentí dolor de panza el día de tu entierro de ver tanta gente hipócrita, sin palabra ni moral.
También vi a tus queridísimos amigos de verdad, esos que te acompañaron en todo momento. Vi tanta tristeza en sus rostros, tanta autenticidad tan difícil de encontrar…
Por eso decidí despedirte a mi manera, sabiendo que los que te quieren como yo te van a recordar en sus corazones siempre.
Hoy voy a estar en Paraguay, en Asunción. Voy a mirar tu casa blanca, esa donde tanto reímos, discutimos, lloramos, festejamos y compartimos.
Voy a almorzar donde solíamos ir siempre juntos, lugar testigo de tantas charlas y debates.
Voy a hacerlo todo con una sonrisa, llena de paz y colmada de amor.
Por ahí, quien te dice, se me escape alguna lágrima, que será por la irrevocable certidumbre de saber que me harás falta en tantos momentos, cuando me reciba, cuando me case, cuando tenga un hijo a quien honraré con tu nombre.
Papa: te amo con todo mi corazón. Que descanses en paz.
«Terrorismo de Estado» como ajuste de cuentas contra el pueblo
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Se aprobó días pasados, y el Poder Ejecutivo ya la recibió, la Ley de reparación integral para las víctimas que sufrieron la violación a su derecho a la vida, a su libertad dentro y fuera del país desde el 13 de junio de 1968 hasta el 26 de junio de 1973, en los años de una democracia bajo medidas prontas de seguridad cuyo presidente era Pacheco Areco hasta el 1º de marzo de 1972, cuando asumió Bordaberry en las «cortas cámaras del 72″, produciéndose el 27 de junio de 1973 la «larga noche de la dictadura» hasta el 28 de febrero de 1985. No se puede ignorar que las presidencias de Pacheco Areco y el corto período de Bordaberry fueron «la antesala de la dictadura», pues estos llamados «cívicos militares», continuaron el proceso. Para un ayuda memoria de las incontables cosas que sucedieron en esos tristes años, vale la pena recordar como escribía Ruben Yáñez los trágicos sucesos acaecidos en aquel abril de 1972, y a una de las más emblemáticas canciones de Zitarrosa referida a los «mártires de la 20″, compuesta cuando aún la sangre derramada estaba fresca sobre el hormigón de Agraciada y Valentín Gómez, cuando unas de las mayores ignominias de la irracionalidad ya había herido la democracia uruguaya, el derecho, el pensamiento, a la dignidad humana y a la vida misma. Y esto no fue escrito por la vocación de «nostalgia» (como suelen decir algunos omisos, descuidistas o tal vez cómplices del horror vivido con vigencia de la Constitución, se abismaba en el «terrorismo de Estado», implantado por la teoría de la «seguridad nacional».
Unas de las etapas preparatorias de la dictadura se inicia con la muerte de Líber Arce, en las manifestaciones estudiantiles, que instalan, de esa grotesca manera, «el crimen como inversión política», que al decir de Yáñez «planificar el caos, que justifique la represión sobre las organizaciones sociales, sindicales y políticas, así como una especie de «salvador» mesiánico, restituyente del orden, mientras que la prensa democrática era reiteradamente censurada y clausurada, mientras tenían vía libre las bandas como la JUP (Juventud Uruguaya de Pie), y el periódico «Azul y Blanco», esas bandas practicaban lisa y llanamente el asesinato, los ataques a los centros de enseñanza, la colocación de bombas en las casas de ciudadanos progresistas y democráticos», en sindicatos, presente estaba esa noche del año 72 en AUTE a 30 metros de la comisaría de la calle Agraciada. Ya se había realizado el copamiento de la Casa del Partido Comunista por parte de esas fuerzas, donde se mezclaban civiles con brazaletes y uniformados, la noche del 14 de abril en el lugar que hoy día ocupa una Escuela sobre la actual calle Fernández Crespo, en ese entonces calle Sierra. En dicho copamiento no hubo que lamentar víctimas, primero por la multitud de compañeros que allí se encontraban, y se mantuvieron por «seguridad» y por la presencia inmediata de Rodney Arismendi, Wladimir Turiansky y el «Toba» Gutiérrez Ruiz, presidente de la Cámara de Diputados, cuya sesión se levantó ante ese desmán, verdadero demócrata, que pagó con su vida en Buenos Aires junto a Zelmar Michelini.
Sobre la noche del 16 de abril del 72 y la madrugada del 17, se instala el cerco de locura, discrecionalidad y fuego graneado en torno a la Seccional 20 del PC. El caos afuera, compuesto por vulgares provocadores entremezclados con sectores de las fuerzas represivas del «terrorismo de Estado», desencadenaron un prolongado y caótico tiroteo al local. Al final destruyeron la puerta, ingresaron. Los compañeros inermes y con las manos levantadas, fueron saliendo del local. Un arma provocadora, de Agraciada, así como sofisticada, hirió en la cabeza al capitán Busconi, lo que fue seguido por la vociferada consigna «hay que matarlos a todos». Y así lo hicieron, tirándolos al suelo, los fueron fusilando uno a uno. Los verdaderos demócratas denunciaron esos fusilamientos indignos. Con la semilla de la impunidad, y todavía, eufemísticamente, regía la Constitución y la democracia en la República. El presidente ya era Juan María Bordaberry.
No solo una multitud que llenó la calle Sierra de punta a punta, acompañó los restos de los compañeros martirizados, políticos de todos los partidos, Juan Pablo Terra, Amílcar Vasconcellos, Hierro Gambardela, también monseñor Partelli, mientras desde los balcones del Palacio Legislativo, la totalidad observaba el paso del cortejo con la multitud cantando el Himno Nacional y los cuerpos llevados en hombros de los trabajadores hasta el Cementerio del Norte. Muchísimos otros se instalaron también, algunos ya estaban desde el año 1968, dramáticamente como «víctimas del terrorismo de Estado», y no porque hayan buscado ser lo que fueron o ser lo que son, sino que lo fueron por obra y desgracia de los traidores a la condición humana y a la auténtica convivencia democrática, como la que hoy está instalada en el Uruguay.
AURELIO PICCONE – CI: 3.546.119-0
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