Los padres del alférez muerto quieren "que se sepa la verdad de lo sucedido"
«Que se sepa la verdad de lo sucedido, no queremos que otras familias pasen por el sufrimiento que nos toca ahora sentir», dijeron ayer a LA REPUBLICA los padres del joven alférez salteño, Carlos Rafael Olivera Gómez, fallecido días atrás en una dependencia militar, mientras realizaba unas polémicas maniobras.
La víctima es un joven de una modestísima familia salteña, que hace apenas un par de años había llegado a concretar su sueño: ser oficial del Ejército Nacional.
Tenía un historial estudiantil destacado; supo lo que era el trabajo y el estudio. Esos fueron los caminos a los que acudió de manera perseverante, porque estaba convencido de que era la única forma de poder concretar ese anhelo.
Claramente, tenía muy marcado el sentido de qué era lo que debía hacer para alcanzar sus objetivos. Hizo el liceo en el instituto número 3 de la zona Este, hasta cuarto año; enseguida se abocó a terminar el bachillerato.
Mientras preparaba sus exámenes para concretar el anhelado ingreso a la Escuela Militar, estudiaba Administración de Empresas en la UTU.
De esta forma fue forjando un sueño cargado de esperanzas, que resultó truncado por una espantosa tragedia, como la que tuvo lugar hace apenas unos días cuando Carlos Olivera, alférez del arma de Infantería, perdió la vida en un episodio confuso, durante su entrenamiento como paracaidista en la piscina de la Escuela Militar de Toledo.
No es fácil para un periodista llegar a un hogar en un momento como el que enfrenta la familia.
Más cuando la desgracia se ensaña con una persona joven, llena de vitalidad y de aspiraciones. Más difícil es preguntar sobre cosas que, seguramente, removerán el dolor que provoca esa reciente pérdida.
Una serie de prejuicios que necesariamente acompañan al profesional y que hay que saber manejar en circunstancias extremas.
Pero, a modo de generosa gratificación, de sentida voluntad de compartir el dolor, LA REPUBLICA se encontró con la humildad de la mano de la dignidad. Personas que, laceradas por el dolor de la pérdida, hoy sólo piden con dignidad y sin dramatismo, que, «se sepa la verdad».
Esa fue una de las primeras cosas que dijo Ana Gómez, la madre de Carlos Rafael, al comienzo de la entrevista. «No queremos que otras familias deban sufrir lo que hoy estamos sufriendo nosotros».
Cuando LA REPUBLICA llegó al hogar de la familia Olivera Gómez, los padres y la hermana menor iban al cementerio a llevarle flores. Como iban a pie, este corresponsal se ofreció para acompañarlos, y así fue como en el camino fueron desgranando los episodios de esta triste historia, teñida de aspectos si se quiere increíbles, que mucho dificultan la resignación.
Con la muerte de Carlos Rafael se truncó el sueño de un muchacho humilde, y la muerte hizo una espantosa aparición a través de una circunstancia aún no del todo esclarecida.
Barrio Progreso
Sixto Olivera y Ana Gómez se unieron sentimentalmente hace muchos años, más de 30, y se fueron a vivir a una modestísima casita en el Barrio Progreso de la capital salteña. Ana ya tenía dos hijas y todos conformaron una familia.
Luego nació Carlos Rafael, conocido en la vecindad como «Fito» por 1984, y unos doce años después, como una plantita tardía apareció Anita. «Fito» curso primaria en la Escuela Nº 99, y desde que era un párvulo exhibía una gran vocación por la carrera militar.
Su madre contó a LA REPUBLICA, que «cuando él estaba en jardinera, con 5 años, la maestra me dijo que Carlos tenía inclinación con todo lo que fuera militar, se veía que él tenía la vocación muy definida».
Su padre, mientras tanto, acompañaba el relato de su compañera, al tiempo que exhibía una foto de su hijo con la camiseta del club del barrio. Con orgullo recordaba que «siempre cursó la escuela en forma excelente, y además jugaba en el baby fútbol en el Club Atlético Progreso».
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