Luego del hombre robótico es la hora de los hipercuerpos femeninos
Desde HAL 9000, el ordenador-madre interactivo de «2001: Odisea en el espacio» (Stanley Kubrick, 1968) que tomaba decisiones propias y sentía miedo y dolor, hasta el inquietante planteamiento de lo real como un programa de ordenador que aparece en los primeros minutos en «Matrix» (Hermanos Wachowski, 1999), los textos literarios y cinematográficos deudores de la tecnología registran el delicado escenario que socialmente consensuamos como realidad, como una más de las variables posibles, como una respuesta a un sistema de factores e intereses, mutable, contingente e histórica: la realidad-ficción no es más real que el relato fantástico-científico sino solamente más eficaz para el poder que la genera, más operativa para la aplicación de los instrumentos tecnológicos configurados por él.
La tecnociencia corporativa como política o como un constructo arbitrario de género-étnia-clase en una máxima incuestionable: el exitoso sistema del biopoder. Hay cuerpos aparentemente naturales, continuos y completos, cuerpos elaborados y redefinidos, no solamente por las posibilidades de la reciente cirugía plástica y la ingeniería genética sino, fundamentalmente, por la dudosa pureza de lo humano.
Ahora lo nuevo son las súper mujeres, como las que se ven en la esquizoide rebelión de los androides.
Energía humana
El cuerpo humano genera más electricidad que una pila de 120 voltios y más de 25.000 julios de calor corporal. Combinado con una forma de fusión, las máquinas habían encontrado toda la energía que podían necesitar. Cuerpos hoy reconstruidos por las posibilidades de la cirugía y la nanotecnología, pero también constreñidos por los márgenes de una falaz infinita libertad, regida por el poder adquisitivo y por el imperio de la homogeneidad de los cánones mediáticos.
Dominando el cuerpo tecnológico para crear lo que para cada individuo es un cuerpo perfecto. Se trata de llegar a las «medidas ideales» gracias a la tecnología.
Ni naturales, ni ahistóricos, ni biológicamente determinados: así lo demuestran los cambios de sexo, la adecuación quirúrgica a las medidas estandarizadas, nuestras pequeñas y constantes luchas contra el deterioro que produce en las mujeres el paso del tiempo o las extrañas variaciones cromáticas de algún ídolo mediático.
La Nueva Eva es la versión bioplástica es un ciberorganismo no sólo productivo sino reproductivo, instituidamente deseable, exitosamente comercializable.Son cuerpos triplemente construidos: por el capital, por el patriarcado, por los medios.
«Un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción». En base al seminario ‘Relatos Imaginarios’, celebrado en la UCH/Valencia en marzo de 2009. (Siles, Begoña: coord.). Ed. Icaria. Barcelona (en prensa).
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