TIENE LA PALABRA
El adiós al maestro
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
«Si la muerte lo borró del todo completando la obra fatal que empezó la vejez en los últimos años del gran hombre, hoy la muerte nos lo restituye paradójicamente en la plenitud de su ser… porque no es un muerto, es un inmortal el que evocamos». Roberto Ibáñez
La alborada del 29 de agosto de 1969 se nos presentaba triste con un cielo trémulo casi silencioso. Fallecía Don Emilio Frugoni e ingresaba en la historia de los grandes hombres. De su apartamento de la calle Ejido, haciendo esquina con nuestra principal avenida se esparció hasta nosotros la triste noticia: «Ha muerto Don Emilio».
Recorrido en el éter llegando a todos los rincones del país. Había fallecido el fundador del Socialismo en el Uruguay.
El abogado, el poeta, el escritor, el fundador de la cátedra de Abogacía, el constituyente, el diputado, el primer expositor de la legislación del trabajo, el primer creador del proyecto de Reforma Agraria presentado en setiembre de 1940.
«La tierra para quien la trabaja». Así lo manifestaba el viejo luchador.
Sobre el capitalismo nos decía: «Que la propiedad de algunos sea la propiedad colectiva de todos los que contribuyen a crearla».
Sobre la tierra, sobre la propiedad, nos alertaba sobre los imperialismos, la opresión del capital que gravita sobre la clase de los desposeídos.
El origen de la miseria, sus injusticias y desigualdades, su transformación necesaria para su desaparición. Realidad sobre la riqueza de los grandes señores y la ignorancia del proletariado.
En una de sus interpretaciones al ministro del Interior el 25 de Mayo de 1911 decía: «Los soldados, señor ministro, tienen una misión determinada que no es la de ocupar el puesto de los trabajadores; los trabajadores pagan y sostienen sobre sus espaldas al Ejército, no para que el Ejército los traicione y les haga perder las huelgas, dejándolos en la calle, arrojándolos a la miseria y a la desesperación».
En agosto de 1935, junto a Líber Troitiño discutió en la Asamblea General un decreto sobre prohibición de los periódicos, condenaron al régimen como «Estado de Sitio permanente» y de utilizar procedimientos fascistas.
Desde la fundación, en 1904, del Centro Obrero Socialista, quedó definitiva la pasión esencial de su vida, la lucha por las libertades de los pueblos y la justicia social.
En una soleada mañana de 1966, en la localidad de Fray Bentos repite las palabras dichas por él en Tacuarembó en 1910: «Mucha tierra sin hombre», «Muchos hombres sin tierra».
De los pasajes del maestro sólo recordamos algunas semblanzas…
Sus amigos y viejos compañeros de siempre le llevaron desde su casa a pie por la avenida hasta la sede del partido que él fundara.
La sede se encontraba clausurada por decreto del Poder Ejecutivo, junto con los periódicos de izquierda (Jorge Pacheco mostraba su poder).
Cuando se dio la noticia de ser velado en la Casa del Pueblo, fue impedido por orden policial; ésta no permitía que el velatorio del viejo maestro se hiciera en la sede partidaria. Más tarde, el Poder Ejecutivo cambió su decisión y se autorizó reabrir la casa partidaria.
«Fue otra gran batalla que ganara el maestro desde su lecho de muerte».
Lo irónico fue que el presidente Pacheco invitara al acto del sepelio luego de haberle clausurado la sede y el partido que él fundara.
Se reabrió la Casa del Pueblo y los compañeros, todos, y el pueblo se dieron cita ante el cuerpo caído del viejo luchador.
La Policía cerró la calle para evitar la demostración, y luego se retiró y comenzó como nos lo dijera el periódico El Oriental: «Un duelo de labores y esperanzas».
Desfilaron cientos y cientos de ciudadanos de todas las condiciones sociales. Luego, por la noche, fue llevado al hall de la Universidad de la República, donde le rindieron honores; en todo momento, viejos compañeros del líder desaparecido, figuras políticas, universitarias estuvieron de pie junto al féretro.
Un verdadero mar humano pasó a rendirle homenaje al maestro.
«El Socialismo no es violencia ni despojo, ni reparto», decía en 1950.
Universidad donde, en cuyas aulas, impartió sus enseñanzas, y en la cual se atrincheró junto a sus alumnos y profesores en contra de la dictadura de 1933, impidiendo ser allanada por la fuerza pública, dando marcha atrás el presidente Gabriel Terra. Toda esa noche la Universidad se vio concurrida por legisladores, universitarios, profesionales y obreros; un verdadero arroyo afluente humano desfiló dándole el adiós postrero.
Cientos y cientos de rostros entristecidos gritaban el duelo que los privaría para siempre de la compañía de aquel luminoso maestro. Todos, todos enmudecidos.
El Poder Ejecutivo, más tarde, le votó honores de ministro, la Cámara de Diputados y el Senado rindieron homenaje al maestro.
Los compañeros hubiéramos querido aquel día que alguien del Partido Socialista, diera un tinte oratorio a la figura del maestro, en nuestro nombre, pero el secretario general, diputado profesor Vivian Trías se encontraba preso en una dependencia de la Marina.
Lentamente, el tiempo que nada perdona, nos señaló la hora de llevar al maestro a su última morada. Las Fuerzas Armadas enviaron la cureña con sus caballos blancos para transportar el féretro.
¿Cómo llevaríamos allí el viejo maestro?
Eran honores de ministro. Pasadas las once de la mañana sacamos el féretro del hall de la Universidad donde estaba montada la capilla ardiente y ya al lado del carruaje oficial, los soldados nos indicaron de colocarlo sobre la cureña, donde son llevados los hombres de Estados y militares. Con el viejo compañero Héctor Dotti le dijimos a los soldados encargados de la cureña: «A Frugoni lo lleva el pueblo», cargando sobre nuestros hombros el féretro desde la principal Casa de Estudio al Cementerio del Buceo envuelto entre dos banderas, la uruguaya y la socialista.
JAIME VARELA
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