Los protagonistas hablan. Investigan cómo es ser gay y adulto mayor en nuestro país

Historias de una doble discriminación

Ser viejo y uruguayo no es tarea sencilla. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la experiencia no parece contar tanto, y muchos son discriminados, dejados a un lado y vistos como una carga. Tampoco es tarea fácil no ser heterosexual.

La prueba está en el altísimo índice de suicidios de los jóvenes con opciones sexuales diferentes. Si las dos características se suman, la cosa parece aún más difícil. Esta realidad, sumada al descubrimiento de historias de vida de generaciones que debieron permanecer silenciadas durante décadas, es la que pretende develar una investigación que inició el Centro de Estudios de Género y Diversidad Sexual, liderado por los psicólogos y sexólogos Ruben Campero y Bruno Ferreira.

La investigación es cuanti-cualitativa. Entrevistaron a 130 personas mayores de 60 años en 6 departamentos del país. En las entrevistas se intentó reconstruir diversos aspectos de la persona, como su autoestima, socialización, nivel educativo y sexualidad. También fue importante conocer sus precedentes familiares y su proyecto de vida. De este modo se intenta detectar «sus dificultades, pero también cómo pudieron construir una vida y un lugar en el mundo a pesar de la discriminación». Porque, según los especialistas, «no sólo hubo sufrimiento, sino también estrategias para salir adelante». Asimismo, una meta es captar cuáles son las verdaderas demandas de esta población, que no siempre los organismos y los políticos han sabido interpretar.

Esta investigación, con el apoyo de la Embajada de Holanda y Human Rights Watch, se publicará para entregarse a los organismos públicos y de derechos humanos. Además, pretende servir de insumo para los profesionales de las áreas clínicas, sanitarias y educativas, donde muchas veces «se descubre una mentalidad fuertemente discriminadora», afirmó Ferreira.

Las metas no se agotan aquí. También son terapéuticas («contar tu historia de vida puede ser liberador, sobre todo para personas de la tercera edad, que tienen una fuerte necesidad de hablar») y, lo que no es poco, será el único estudio de esta índole en toda América Latina. «Los investigadores no cuentan con bibliografía para estos temas. La producción académica sobre diversidad sexual tiene un siglo de atraso en nuestro país», informó Ferreira.

 

Falta de espacios

«Los adultos mayores no tienen espacios propios donde hacerse escuchar. Están las discotecas, claro, pero después de cierta edad dejan de ser una opción», explicó Ferreira. De hecho, de las potenciales 300.000 personas LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) de nuestro país, sólo 3.000 están integradas al circuito de boliches.

A eso se suma que los veteranos que integran la diversidad sexual (en el Centro prefieren no utilizar el término «homosexualidad» porque remite a la psiquiatría del siglo XIX, que la definía, hasta hace pocas décadas, como una enfermedad) «les preocupa, sobre todo, la vejez extrema y la invalidez». «La tendencia es que la mayoría no tiene hijos, y eso les da una gran sensación de indefensión. Si a esto le sumamos que no es que no quieran salir, sino que no tienen adónde, terminan encerrándose todavía más», resumió Ferreira.

«Uruguay es el país más envejecido del continente, pero Montevideo no es una ciudad pensada para viejos. Hay dificultades en el transporte, falta luz en las calles y existen muy pocos espacios peatonales», agregó. El imaginario sobre la vejez tiene múltiples connotaciones negativas: soledad, decadencia, enfermedad. Sin embargo, esto se agudiza entre los hombres gay. «Hay un verdadero terror de contactar con la vejez. Tratan de aparentar una imagen de perpetua adolescencia. Esto, muchas veces, los hace recurrir a chicos de compañía, a la prostitución», explicó.

Mucho tiene que ver con eso la inserción del modelo gay anglosajón en América Latina, en la década del 60. Estos hombres son jóvenes, blancos, estéticamente agradables, de buena posición económica, masculinos. «En su momento fue una incorporación positiva porque colocó a estos hombres en un lugar destacado ­recordó Campero­, pero trascendió el modelo estético y se transformó en un modelo de vida. Plantea que las personas, a los 40 y pico, tienen fecha de caducidad». Sin embargo, este no es el único modelo posible para los hombres que forman parte de la diversidad sexual. De hecho, sólo un pequeño porcentaje de esos varones participan de él.

 

De primera mano

Walter Loriente es peluquero y activista de las Hermanas de la Perpetua Indulgencia (HPI), un grupo de varones que se trasvisten de monjas para hacer campaña contra el VIH. Tiene 62 años y no tuvo inconveniente en participar de la investigación porque es «visible», ha salido en televisión y colabora en un programa de radio, «Voces del arcoiris», los sábados de 20.30 a 22.00 horas.

De cualquier modo, su historia es particular. «En realidad, crecí en ‘un seno familiar’ en el cual la diversidad fue un tema más. No hubo un ‘apartheid’. Siempre fui tratado de la misma manera que mis primos. Me hacían bromas al respecto. ‘Mirá que Eduardo vino con la novia. ¿Vos cuándo nos vas a presentar un novio?'», me decían.

Walter agradece el apoyo de su entorno, que le permitió desenvolverse en la vida sin permitir que lo discriminaran, según cuenta. «Los momentos cruciales fueron en épocas del oscurantismo, de la dictadura. Tenías que tener más cuidado, porque hacían razzias y sé de gente amiga a la que denigraban. A las chicas trans las largaban a las veredas para que limpiaran. Pero en mi caso particular no fue así», cuenta Walter.

Sin embargo, admite que no es sencillo asumir esa postura. «Defendí mi lugar. Más de cuatro veces me gritaron ‘mariquita’, pero si me querés ofender decime algo nuevo, porque yo sé lo que soy. No es fácil. Por eso estamos luchando», afirma.

Walter descubrió su orientación sexual desde niño, en la escuela católica a la que asistía. Allí le pidieron a sus padres que consultaran a un psiquiatra, cosa que hicieron. Este les dijo que Walter padecía «una enfermedad curable» mediante una operación cerebral. «Preferimos que nos quede maricón toda la vida», respondieron sus padres, dice Walter entre risas.

Admite que la comunidad gay suele discriminar a los veteranos y el cuidado de la estética parece una obligación. Sin embargo, niega que falten lugares de esparcimiento. «Eso se da también por decisión propia. Vas cumpliendo etapas. Si quiero charlar y la música está a todo candombe, no puedo. A un baile no vas a charlar. Pero eso pasa en todo el colectivo social. Y hay un boliche, que se llama Chuecas, que es un ‘predance’, donde podés ir a tomar algo», explica. «En cuanto a un lugar de levante, tampoco lo tienen los heterosexuales. Unicamente La casa de Anita».

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