¿Qué está pasando?
No es la primera vez que me desvela esta cuestión. Lo confieso para que nadie se raje las venas por mi redundancia ni le adjudique intenciones que no tiene.
Hay momentos en que tengo la sensación de que hay alguien en la Intendencia de Montevideo que trabaja un montón de horas extra una suerte de voluptuosidad para imaginar cosas.
Hasta ahí, todo bien.
Pero ocurre que ese alguien, si existe y no es producto de mi imaginación, parece ser un maníaco. Sólo piensa cómo la ciudad puede estar, cada día, más sucia, agujereada e insegura.
¿De qué otro modo se explicaría, al salir de nuestras casas, que nos reciban tantos papeles y cartones tirados, bolsas de plástico volando, mierda de perros aplastada o fresquita, veredas y calles estropeadas y trampas de alambre tosco, estilo vietnamita, disimuladas por descuidadas señales que pretenden su inocuidad?
¿De qué otro modo se explicaría, al salir de nuestras casas, que cada mañana nos abra sus brazos el trabajo, escasamente balsámico para el contribuyente, de unas cuadrillas que, con el noble fin del arreglo, perforan una calle tras otra y crean espantosos cuellos de botella en el tránsito, que intempestivamente se corren de aquí para allá hasta convertir una ruta habitual cualquiera en un laberinto indescifrable?
¿De qué otro modo se explicaría, al salir de nuestras casas, que sintamos la necesidad de tener varios pares de ojos y un cuello y una cintura capaces de girar en redondo para prevenir a la patota, el mangueo, el empujón del hurto, la mano artera que se introduce en nuestro bolsillo, sea a la hora que sea, mañana, tarde, noche y en cualquier parte?
¿Qué está pasando, tacita de plata?
¿Acaso el imaginativo sobre quien conjeturo es real y fue reprobado, aún chico, sentado al banco escolar, en planeamiento, coordinación, orden, sensatez y respeto?
¿O me he golpeado la cabeza, o quizás me atrapó el alemán, o me tiene mal el insomnio y veo y siento lo que no existe?
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