Leticia Urrutia: años de ausencia

"Quiero saber si está viva o muerta", dice su madre

Ya se han cumplido seis años de idas y venidas, marchas y contramarchas, aunque la realidad es tan impenetrable como la de aquel 3 de agosto de 2003. Leticia tenía 18 años, una madre y una familia que siguen esperando, más allá de la barrera de silencio. Una madre desesperada acudió a LA REPUBLICA para, una vez más, solicitar el apoyo y la solidaridad de autoridades y ciudadanía en general. Es que su hija Leticia lleva varios años ausente y un silencio sepulcral y misterioso acompaña este singular caso desde el vamos.

Desde la ciudad de Minas la madre ha tratado por todos los medios posible de hacerse de la verdad. Hoy día, todo está a fojas cero.

«¿Dónde está y cómo está Leticia? Soy la mamá y todos los días cuando me despierto o me voy a dormir me hago esta pregunta, tener una prueba o pista de saber si está viva o muerta, es como una agonía lenta, el dolor y el vacío de convivir con la incertidumbre e impotencia».

En una carta recientemente entregada a LA REPUBLICA, su madre la recuerda como una joven «llena de vida, de sueños, cariños; apegada al vínculo con toda su familia, con un corazón sano, vulnerable y víctima expuesta como todos los jóvenes, a los peligros de cuando salen a la calle».

Después de tanto tiempo de silencio, de dolor, de falta de respuestas, su madre reflexiona que «los que somos padres tenemos miedos y cuidamos de que nada ni nadie pueda hacerles daño».

Reconoce que «existe la maldad, negocios e intereses que destruyen familias, pero nadie está libre en esta vida de que pasen situaciones malas e injustas. Le tocó a mi hija conocer esas caras, pero que se aprovecharan y abusaran de su ingenuidad, esa gente hipócrita aún sigue intocable y protegida viviendo en esta sociedad, porque no saben o no les interesa la desgracia de los demás».

«A pesar de que ha pasado mucho tiempo y se perdió tiempo de parte de la Justicia, reclamo llegar a la verdad; a pesar de la indiferencia, falta de voluntad, de tiempo, como si fuera un número más de un expediente, como que el valor humano depende del nivel social o económico, mientras es su deber, y cobran sus buenos sueldos, mi familia y yo sufrimos en silencio porque la amamos y extrañamos».

«Doy mi celular sin involucrar a nadie para que anónimamente, si saben algo seguro, me ayuden: 099 197 921. Su mamá. C.I. 3.314.453-0″, finalizaba expresando.

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