SANA MENTE
¡Sólo quiere llamar la atención…!
Caso:
Mariana hace días que está rara. Pedro, su amoroso esposo, intenta contentarla de mil formas. Piensa que está mimosa porque acaba de recibirse. Tal vez extraña la vida despreocupada de estudiante y no quiere asumir las responsabilidades profesionales. En fin, «ya se le pasará», opinan sus amigos y familia. No pueden creer que teniendo al dulce de Pedro, su profesión y una familia que la adora, esté así, bajoneada, sin ganas de nada y hasta murmurando que la «vida no tiene sentido».
La consulta con un psiquiatra despertó una polémica. Su indicación fue terminante: «Hay que internarla para hacer un tratamiento adecuado». ¿Acaso está grave? ¡Si no le falta nada! ¿Cómo Mariana va a parar a un psiquiátrico? ¡Es una exageración! Pedro asume la responsabilidad de la decisión y se niega a la indicación profesional: «Yo la cuidaré, no voy a dejar que la internen», «si sólo está queriendo mimos y llamar la atención». Hoy la pesadumbre cubre a Pedro y la familia; Mariana, en un descuido, se ha quitado la vida.
Comentario:
Nuestro país ostenta un lamentable primer puesto en la región en cuanto al número de suicidios de su población. Muchos de ellos podrían evitarse si los prejuicios sobre la enfermedad mental no se interpusieran.
Es frecuente que la familia o los amigos de quienes están cursando un cuadro depresivo no reconozcan los síntomas o los minimicen. Vagancia, deseos de llamar la atención, poca voluntad, suelen ser entre otras las «seudo explicaciones» que retardan la consulta. Si se tratara de fiebre o dolor físico el llamado al médico no se haría esperar.
Otras veces si bien se accede a la consulta del psiquiatra sus indicaciones son vistas desde el prejuicio y por tanto son temidas o rechazadas. El intento de «proteger» al paciente de las mismas lo deja librado a su patología, pudiendo desembocar en situaciones como las de Mariana.
La enfermedad mental, así como su tratamiento, por siglos ha nutrido mitos que generan por un lado rechazo y por otro temor. Es así que frente a la indicación de internación es frecuente oír expresiones tales como «yo no voy a dejar que internen a…», asumiendo la internación como una suerte de castigo o situación de riesgo de la que hay que defender al paciente. Tal posición no se asume si un médico indica la internación de un paciente que cursa un infarto de miocardio. Por el contrario, familia y amigos desean los cuidados más especializados para el paciente.
Sin embargo el prejuicio sobre la enfermedad mental hace desconocer los síntomas, minimizarlos o ignorarlos. Los tratamientos especializados son de tal forma también minimizados o ignorados. Como resultado se asume una postura en ocasiones omnipotente de parte de la familia con la convicción de conocer al paciente y por tanto saber lo que le hace falta, impidiendo un correcto tratamiento y evitando su agravamiento, o como en el caso que hoy comentamos, el suicidio.
Este extremo no debe ser nunca minimizado o interpretado como un llamado de atención. Si bien este es posible, lo es también el suicidio, que obliga a la cautela, a la consulta con el especialista y a la debida atención a sus indicaciones.
La patología psíquica en la mayoría de los casos tiene un curso lento e imperceptible. Sus síntomas se instalan progresivamente en meses o aun años. De tal forma existe en el entorno del paciente un acostumbramiento a algunas actitudes o conductas del paciente que van generando la falsa sensación de que al igual que tantas veces, todo quedará como antes.
La existencia de síntomas diversos como ansiedad, angustia, insomnio, desánimo, etcétera, suelen justificarse si existen «problemas» en el entorno o en la vida del paciente.
De esta forma la explicación absuelve de la consulta: ¿Cómo no va a estar deprimida, si tiene terribles problemas? Ya se le va a pasar. Resultado: se evita la consulta especializada, minimizando los síntomas en base a que se les encontró las debidas justificaciones.
Por el contrario, si no existen problemas en el entorno, se suele hacer un listado de todo lo bueno que le pasa al paciente, al que se le explica una y otra vez que no puede sentir lo que siente ya que no hay justificación ninguna. Resultado: se evita la consulta porque se ignoran los síntomas bajo la consigna de que sólo es un intento de llamar la atención y ya se le va a pasar.
Esto no sería así si se tratara de una fractura del hueso de una pierna, por ejemplo. Si la fractura ocurrió porque el paciente se cayó en un pozo se llamaría al médico y ese llamado se haría con mayor alarma si la misma fractura se produjera en forma espontánea, sin mediar una aparente justificación. Ambas situaciones obligarían a la consulta especializada sin duda ninguna. El psiquismo debe tener iguales consideraciones a la hora de mantenerlo saludable o de prevenir agravamientos cada vez que se detectan síntomas o alteraciones que por ser frecuentes o inexplicables no deben minimizarse.
El ser humano es una unidad que tiene componentes físicos, psíquicos, sociales y ecológicos. Todos estos aspectos intervienen en el estado de salud o enfermedad y están en permanente interrelación. Por ello no deben priorizarse unos sobre otros ya que todos ellos hacen a esa compleja unidad que es la vida humana.
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