Experiencia. Tras 20 años de cárcel, con dos entradas

"Nadie puede hacer tanto por los presos como quienes hemos pasado por esto"

Habla pausadamente, con tiempo. Es seguramente una de las huellas que han dejado los 20 años vividos en reclusión: no hay apuro, ni necesidad de precipitarse. Todo puede hacerse pausadamente, sin vértigo. Viene de dos entradas por rapiña, una que sacó más o menos barata, y otra que vino con reincidencia y determinó que «me tiraran con todo el Código».

A medida que la conversación con Carlos Julián Díaz avanza, la impresión original se consolida, aunque otros factores se hacen presentes a la hora de evaluar cómo es posible resistir un trauma de esa naturaleza. Es cuando se comienzan a conjugar en el relato del entrevistado elementos que perfilan una voluntad de hierro, una extraña claridad para ubicarse mentalmente en el lugar justo, en el momento preciso, y también la habilidad personal, la destreza en un oficio y hasta la simpatía en el trato.

Todos esos factores estuvieron presentes en la peripecia de Díaz, chapista de fino desempeño ­a confesión de parte­, capaz de guardar su celda con prolijidad llamativa y preparado intelectual y personalmente para mantener un diálogo en condiciones de igualdad con quien sea: guardia, oficial, autoridad encumbrada o alguno de los más humildes reclusos.

De las entradas por rapiña, Díaz habla sin rubores. Pasó por el Comcar, el Tacoma, Libertad y la cárcel de Paysandú. En algún momento se convirtió en corresponsal de LA REPUBLICA cuando editaba «El Diario de la Cárcel», hasta que una decisión del entonces ministro Guillermo Stirling (1999) puso fin a la iniciativa.

Este individuo que protagonizó una vida de novela reconoce que en algún momento «me di cuenta de muchas cosas». Fue cuando cayó la ficha y comenzó a interesarse en sí mismo, a tenerse en cuenta, cosa que ­reconoce­ no le había pasado nunca antes por la cabeza.

Hoy es un hombre con más de sesenta años de edad que relata que en algún momento cayó en la cuenta de que «nunca me tuve en cuenta». El presente lo encuentra en el desafío de sacar adelante un taller de chapa y pintura que está instalando por Piedras Blancas.

Habla con mucho cariño de ese oficio y no escatima calificativos a la hora de referirse a sus cualidades; recuerda que lo aprendió de chiquito y en él siempre se destacó, aun en los tiempos de cárcel. Seguramente tiene mucho que agradecerle al soplete y a la espátula.

De hecho fue el oficio que desempeñó cada vez que le fue posible en los años de cárcel y el que le facilitó el contacto con los oficiales superiores, el traslado a los talleres y ­en definitiva­ mejores condiciones de reclusión.

Julián tiene hoy todas las características de los tipos que «la saben lunga», empezando porque no hace alarde de ello. Habla con modestia y quiere ayudar, seguramente porque él mismo necesita de ayuda: precisa trabajo, agilizar trámites para tratar de poner al día su expediente jubilatorio, apoyo para sacar un libro, cosa que lo desvela, y que ya tiene un precedente, aunque «me lo deshicieron en un motín».

Sabe que se equivocó «en la forma de vivir» y pagó; ahora tiene por delante el resto de su vida y una sorprendente seguridad brilla en su semblante cuando se plantea opciones y perspectivas.

 

«Hacer algo»

La entrevista deriva en la situación actual de las cárceles, que Díaz conoce muy bien y respecto de la cual no evade el bulto, habla de manera franca y directa: «Tenemos que hacer algo», afirma, «y nadie puede hacer tanto como los que hemos pasado por esto».

«La principal falla es que el sistema no les hace comprender por qué están presos. Aunque la experiencia ahí adentro ayuda a clarificar las cosas», destaca.

Son varios los amigos que siguen adentro y seguramente motivo de su preocupación principal, pero cuando Díaz dice que su experiencia puede servir, su enfoque es mucho más amplio. «Mi experiencia personal me indica que hay muchos que están conformes con la manera en que se encuentran, pero muchos otros no, y ahí es donde creo que estoy en condiciones de aportar».

«Y no sólo a nivel de las cárceles, también en el INAU, que es donde empieza la carencia humana que termina poblando los presidios».

Reconoce que «hay seres humanos que están allí por su delito», seguramente en condiciones de recapacitar, de encontrar mecanismos de superación, pero también «hay otros que no tienen límites, no saben qué es lo que quieren, aun cuando los rompan a palos».

Pero lo que más parece afligir a Díaz es que desde afuera no hay una visión ajustada respecto de todo lo que sucede tras las rejas. «No saben lo que es la vida en la cárcel», dice, «el propio (comisionado parlamentario, Alvaro) Garcé no sabe hasta dónde le dicen la verdad».

«Hay una vida vacía, aislamiento de la influencia de la familia, para recibir un trato de animal, cosa que la propia sociedad tolera y fomenta. Hacinamiento, carencias», deplora; por eso «hay que hacerlos trabajar, estudiar. Los pocos que lo hacen es porque tienen una voluntad férrea o porque reciben algún tipo de ayuda, pero todos tienen que aprovechar ese derecho».

«Caen algunos que no tienen nada, ni un familiar que desde afuera pueda darles una mano con lo mínimo. ¿Qué es lo que les queda? Conseguir una frazada para dormir en el piso, mendigar y, en muchos casos, prostituirse».

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