TIENE LA PALABRA
Los jueguitos posmodernos no son inofensivos
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Tomás De Mattos me pregunta, en la pág. 43 de «Caras y Caretas» del 18 de junio de 2009: «¿Qué gran empresa financió los Premios Nacionales de Artes Visuales?».
Algunas grandes empresas financian, además de los golpes de Estado, al neoliberalismo.
El posmodernismo es el ala para la cultura, del neoliberalismo, de no ser así, habría una desconexión entre los fenómenos sociales.
Los uruguayos neoliberales-posmodernos en los organismos culturales del Estado (Peluffo, Achugar, Torres, Haber, Bentancur, Cozzi, Aguerre, Vignolo, Sagradini….) son, a la vez, representantes de las políticas para la cultura de las grandes empresas.
El pintar descubre que «las Artes Visuales, salvo cuando se repite un modelo y se conoce de memoria cada paso de la realización, no pueden preformar la obra en el pensamiento, y deben ir creándola a los largo de su producción material, controlada visualmente y ‘descubierta’ a lo largo de esa producción».
El llamado arte conceptual (o contemporáneo) no lo hace así y propone una ruptura drástica en la secuencia causal. Y si, como es obvio, reconocemos que las Artes Visuales, en toda su historia, ponen en juego una interacción entre lo visual y lo conceptual, la propuesta posmoderna invierte la relación, a tal punto extremo que se consuma una verdadera gran ruptura. En el arte se realiza un hecho antropológico fundamental, la existencia de propiedades que siguen poseyendo las artes del lenguaje, o del sonido, o el cine. El arte conceptual parte de proyectos que son diseñados suficientemente a nivel de pensamiento, y esto impone muy severas limitaciones.
El concepto «expresado de manera metafórica mediante realizaciones materiales visibles se enfrenta con una disyuntiva de hierro: o propone algo así como un simple juego de ingenio, o, cualquier otra forma que comporte una asociación determinada, y por lo tanto obvia». Si es un juego de ingenio, son triviales como lo son sus modelos literarios (humor, juegos de palabras) de los que proviene. Si lo segundo, las obras son una forzada propuesta a un receptor para que se proyecte en ellas.» La cosa sólo puede tener interés por la rara necesidad de someterse a un test proyectivo, o empujado por una convención social que ofrece esa actividad bajo la forma de una actividad distinguida» (Fló).
Podemos marcar sin exageración la pobreza conceptual del arte conceptual.
«Ese empobrecimiento se vuelve inevitable cuando el arte , en lugar de nacer de la complejidad de funciones y lecturas (no arbitrarias) se limita a partir de lo que puede ser un proyecto de un objeto visible que debe generar pensamientos». Dice Fló: «El certificado de defunción que expidió el autollamado ‘arte contemporáneo’ al arte que vivió treinta milenios es un hecho histórico que no podemos mirar distraídamente». ¿Cómo fue posible tan brutal ruptura y cómo se ha instalado en la sociedad? Muchas cosas pasaron, como por ejemplo: algunos filósofos norteamericanos desarrollaron una teoría. La llamada «teoría institucionalista» que afirma que el arte no puede definirse sino como aquello que denomina arte la institución dotada de ese poder (críticos, académicos, mercado). En este punto se dice que «el blindaje del ‘arte contemporáneo’ es dificilísimo de asumir para defender ese arte. Es un institucionalismo práctico que no puede confesar su teoría».
Porque no todos respetan el poder por el poder mismo.
La «institución arte», paradojalmente intenta dictar «que es arte, lo que no es arte».
La idea de la incomunicación (ruido, confusión, distracción, desconstrucción de los lenguajes, como insumo-) y de «el fin de la historia» Fukuyama, es una idea siamesa del «fin del arte» (posmodernismo).
La incomunicación es un objetivo perverso de sectores ultra acumuladores de dinero (el neoliberalismo) que con, por ejemplo, la «ley Rouanet» de Collor, en Brasil, y la «ley Achugar», pasarían a controlar (como ya lo están haciendo en la Bienal de Venecia, la de San Pablo, o la del Mercosur, en donde Santander y Gerdau- actual presidente,) «vaciando», en la terminología posmoderna, esos eventos. Son, ahora, shows.
Una señora le preguntó a Matisse, en una exposición de Matisse, «Matisse, ¿esa mujer no está torcida?», y Matisse contesta: «Señora , no es una mujer, es una pintura».
La pintura es una forma de comunicación entre los seres humanos.
A propósito de la «ley Achugar» (que exonera de impuestos a las grandes empresas y les otorga la dirección de las políticas culturales), veamos antecedentes.
Sobre los Estados reducidos por efecto de las políticas neoliberales, recordemos la frase acorde de Achugar en «Brecha»: «La cultura no es gasto, es inversión».
Chin-Tao, en su libro «La privatización de la cultura», investiga como fue que el conservadurismo reaccionario de EEUU e Inglaterra, en los 80, concretó la gran retracción del financiamiento estatal a las artes.
Chin-Tao, en la pág. 27, cita a Michael Useem: «La determinación neoliberal de Reagan y Thatcher de sustituir el gobierno por el mercado capitalista durante sus mandatos, corrió paralela a la acción protagónica del posmodernismo».
En las artes dice Useem es del universo empresarial que surgen los nuevos administradores que pasan a formar parte de los consejos consultivos de los museos británicos y norteamericanos, y a definir las políticas de instituciones como la Tate Gallery o el Museo de Huston.
En Brasil, Nei Vargas en «Teoría y crítica del programa de pos-graduación en artes visuales» (Universidad Federal – 2001) decía: «Las grandes empresas son beneficiadas con incentivos fiscales, vía impuesto a la renta, perdonando a las grandes fortunas» (se refiere a la «ley Rouanet», impuesta por Collor, siamesa de la «ley Achugar»).
En el diario «Clarín» del 29/11, Flavia Costa y Ana Battistozzi escriben: «Cuerpos humanos plastificados y expuestos como esculturas. Excrementos humanos en lata que se pagan decenas de miles de dólares. Rostros que se someten al bisturí frente a las cámaras, en truculenta performance.
El artículo (evidentemente propagandístico de lo que simula criticar) nos informa, también, que «en diciembre pasado, la Tate Gallery compró por 35.000 euros caca enlatada, del italiano Piero Manzoni. El portavoz de la galería declaró que fue el Manzoni una adquisición muy importante, por una cantidad pequeña de dinero».
Gunther Von Hugens llevó a Londres a más de 840 mil visitantes, y desde su inicio en 1997 convocó a más de 13 millones de personas. Se trata de una exposición de 200 cadáveres en poses cotidianas, cuyos líquidos orgánicos fueron reemplazados por resina Epoxi.
La pregunta sería: ¿además de favorecer a las grandes empresas, además de ofrecerles la conducción de la cultura, la «ley Achugar» busca estos escándalos? Aquello de Museos en línea con la TV privada.
FREDDY SORRIBAS [email protected]
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