La Hoja en Blanco presenta el cuento de un asalto muy especial
Con el objetivo de adherirse al pensamiento de un grande de la literatura universal como Juan Carlos Onetti, LA REPUBLICA organizó el concurso artístico La Hoja en Blanco, en cuyo marco llegaron a nuestra redacción centenares de trabajos artísticos de llamativa calidad, firmados en todos los casos por nuestros lectores.
Las colaboraciones incursionan en todos los terrenos, desde la narrativa al retrato, y esa variedad se extiende también al origen de esos trabajos desde todos los puntos del país, del mismo modo que es también de lo más variada la composición de edades, desde adolescentes a octogenarios.
El cuento que publicamos hoy se titula «El Ladrón» y la autoría es de A. Rosa Gottlieb. Como ya se dijera oportunamente, se trata de una de las diez hojas que a juicio de los jurados del concurso se sitúa entre las mejores colaboraciones.
«El Ladrón»
Rondaba por la azotea, y un solo deseo abarcaba la monotonía de su conciencia: robar, la falta de oportunidad, y el temor a ser descubierto impedían la ejecución de esa única y apasionada idea. Pese a su increíble agilidad, no encontraba modo de entrar en la casa directamente desde arriba sin riesgo de romperse el cráneo.
Por eso rondaba con felino sigilo por bloques de cemento, al mismo borde de la rabia… Ya lo había comunicado a sus compañeros: ¿de qué otro tema iba a hablar, si no existía provisoriamente otro en su cerebro ? Lo comunicó con un lenguaje en clave, preciso en tono y sonido, imposible de descifrar por ajenos.
Sus compañeros, a su vez le trasmitieron cada uno, con una lealtad admirable entre ladrones, sus propias experiencias al respecto. Exitos y fracasos; probabilidades y circunstancias que les avalaban. Y sobre todo, una entrañable identificación con su anhelo, una comprensión que trascendía su lenguaje… Era lo único que lo sostenía y confortaba. Mientras tanto, se entrenaba con una gimnasia especial, hecha de saltos y carreras, para que sus extraordinarios músculos conservaran su fuerza y elasticidad..y vigilaba. Cada movimiento de abajo era clasificado e identificado.
Nada podía escapar a su espíritu reconcentrado y alerta. Especialmente la puerta; era el blanco principal de su aguda discriminación. Reconocía el chirrido correspondiente a la escandalosa entrada de la niñez; el sonido plañidero de sus goznes, cuando salía la señora; su canto marcial, cuando era empujada enérgicamente por el señor. Y todos tenían la maldita costumbre de cerrarla completamente, con un sonido seco y enfadado. Su finísimo oído y su corazón palpitante (de expectante emoción) apuntaban a escuchar los musicales sonidos característicos de la puerta a mitad de camino, entreabierta, incitante… Entonces era capaz de sorprender al mundo con su extrema habilidad para entrar y salir como un rayo. Robar era su meta, lo que deseaba con tanta intensidad, justificaba con creces el robo.
El pensamiento de una posible falla lo erizaba, y se negaba a imaginar las consecuencias. Un día amaneció con un presagio, iba a lograr la codiciada presa: lo merecía, por su paciencia y perseverancia; la niña dejó la puerta entreabierta. ¡Ahora! le cruzó como un latigazo la orden. Voló por las escaleras, y entró en la casa como un vértigo, se detuvo en la cocina: «¿Qué soy? ¿Un gato o un ratón?» se desafió con fiereza. Saltó sobre la mesa y con un certero dentellazo atrapó la suculenta costilla. Huyó por la puerta amiga, con su inestimable trofeo.
A. ROSA GOTTLIEB
Compartí tu opinión con toda la comunidad