TIENE LA PALABRA
Benedetti: ha muerto el poeta del pueblo
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Ha muerto Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia, nacido en Paso de los Toros el 14 de setiembre de 1920.
Nunca había sentido pena por la muerte de un personaje público. Ni por Cantinflas (por quien tantas lágrimas rodaron), ni por María Félix (quizá más que lamentar su partida, el gran público lloró por el adiós definitivo a la época del cine de oro nacional) y sobra decir, que mucho menos por Fidel Velázquez.
Por eso, me extraña que el deceso de Mario Benedetti me haya dolido casi como el de un amigo relativamente cercano. Será porque los lectores siempre tenemos la impresión de que conocemos a los literatos que acaparan nuestra atención durante semanas o meses. Ellos (los autores), en la mayoría de los casos ni siquiera saben de nuestra existencia en lo individual. Nuestra admiración es como la del enamorado no correspondido. Otro factor que me hace condolerme es que en realidad mi etapa «benedittiana» es muy reciente.
En diciembre pasado, a efecto de matar el tedio durante un vuelo, me «aspiré» la novela «Andamios». A partir de entonces he leído seis de sus siete novelas (sólo me falta «El cumpleaños de Juan Angel»), muchos de sus cuentos (desde «Como un ladrón» hasta «Niñoquepiensa») y esporádicamente, lo confieso, alguno de sus poemas. Paralelamente me he imbuido en la corta, aunque trágica historia del Uruguay, ese país «de la tacita de plata» que acabó convirtiéndose en la «bacinica de latón». Para rematar, durante la reciente emergencia sanitaria palié mi preocupación con la lectura de «Mario Benedetti, un mito discretísimo», una maravillosa biografía escrita por Hortencia Campanella.
Empecé a leer la extensa obra de Don Mario con los cuentos ubicados en el Uruguay de los años cuarenta, cuando el «país todavía era de olitas suaves». En aquellos ayeres, esa nación era «la excepción americana», la «Suiza de América». Los granjeros uruguayos eran ricos, rubios, cultos y casi sofisticados. Su reciente ascendencia europea los separaba abruptamente de sus equivalentes oaxaqueños o cuzqueños. Argentina también pasaba por un buen momento económico, pero su tradición autoritaria no era comparable con la democracia uruguaya. Montevideo era la ciudad moderna por excelencia, habitada por una sociedad que aún medida bajo los parámetros de hoy, ya era bastante avanzada. En su novela «La Tregua», Benedetti describe a las montevideanas plenamente integradas a la vida laboral. En la trama aparecen con naturalidad (aunque someramente) abogadas y otras profesionales de edad madura. En el mismo año en que Martín Santomé y Laura Avellaneda disfrutaban de su «tregua», o sea en 1959, las mujeres mexicanas apenas si asomaban tímidamente a la universidad.
En «Esta Mañana» y los demás cuentos que forman parte de la primera etapa del escritor, los dramas en la tranquila y al mismo tiempo progresista Montevideo eran el adulterio, la manipulación por parte de un líder religioso o una muerte prematura, tragedias todas que se ensañan con los entrañables personajes de Don Mario. Hacia 1955 y más acusadamente en la siguiente década, se hizo patente que la época dorada del Uruguay ya no daba para más. Benedetti vislumbró prodigiosamente (como después se comprobaría) la terrible crisis moral que se cernía sobre su patria (para mayores informes, léase con avidez «Gracias por el Fuego»). En 1973 llegaron las «grandes tempestades»: la dictadura militar aderezada con la crisis económica en versión arreciada. Comenzaban los tiempos que dejarían «un legado de mezquindad». Por su notoria militancia izquierdista, Benedetti se vio obligado a huir. La novela «Primavera con una esquina rota» y las colecciones de cuentos «Con y sin nostalgia» y «Geografías» dan fe del temor con que Don Mario reaccionó, al igual que muchos uruguayos, frente a la tortura y a la violación constante de los derechos humanos. Esos libros nos hablan de la tristeza por el terruño dejado atrás, de la lucha por adaptarse a nuevos horizontes. (Francia, Alemania, Perú), aunque también dejan entrever la plácida comodidad que sentimos los latinoamericanos cuando nos asentamos en la casa del primo rico, o sea en España, lugar que cobijó a Don Mario durante los últimos años de su exilio.
Caída la dictadura, Benedetti regresó a su añorado Montevideo ciudad «a la que aunque quizá por razones bastante subjetivas, no (cambiaba) por ninguna otra». La novela que escribió sobre esa etapa (Andamios) celebra con moderación, la restauración de la democracia. No obstante, Don Mario se lamentaba por los problemas económicos que no dejaban respirar al Uruguay. El otrora precursor de los derechos sociales, ahora era tan pobre como los demás países de la región. La integración latinoamericana había avanzado a pasos irrefrenables durante el último medio siglo ¡Ahora todos éramos pobres! Ya no había excepciones.
A principios de este siglo Don Mario escribió «Buzón de Tiempo y Vivir Adrede». Sin embargo ya no tuvo el tiempo (o las fuerzas) para escribir alguna novela en la que diera cuenta de la llegada de sus «amigos» al poder. En 2005, por primera vez en la historia uruguaya, triunfaba la izquierda, ahora liderada por Tabaré Vázquez. Benedetti, hábil como pocos para plasmar el espíritu de la época, ya no nos regaló la oportunidad de descubrir sus impresiones sobre el Uruguay actual, que con modestia y seguridad (en otras palabras, lento pero seguro) recupera el tiempo perdido en materia de desarrollo económico.
El ingenio de Benedetti permeó en el mundo hispanoamericano mucho más allá de las elites culturales, «Te quiero» es un poema/canción bastante famoso. Los discos de Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara o Tania Libertad, en los que se musicalizaron los versos «benedittianos» fueron grande éxitos comerciales. Inclusive, Don Mario aportó frases que se integraron al lenguaje popular: «El Sur también existe» por ejemplo. Aún en los ambientes evangélicos (por lo regular muy distantes de la literatura) circula ampliamente un jueguito de palabras inventado por Benedetti: «el prójimo es el próximo». Tal retruécano, en variedades sutilmente distintas, es ampliamente usado en predicaciones religiosas, pero conforme a la costumbre de no dar crédito a los autores seculares que citan, los clérigos rara vez refieren que se trata de una idea de Benedetti.
Sospecho que Benedetti creía que moriría joven. La muerte es un elemento recurrente en su prosa. En sus historias, la madre, la amante o la esposa, por lo regular parte al otro mundo. Muchos de sus cuentos terminan con el fallecimiento ilógico, inesperado o acaso estúpido de algún personaje. Sin duda, la vida le jugó una sorpresa: llegar a los ochenta y ocho años. Sus lectores agradecemos una vida tan longeva. Será difícil encontrar a otro escritor que aborde temas profundos con la misma sencillez y claridad que Benedetti. Tal vez sea imposible hallar a otro que conjugue la amargura con un sentido del humor que arranca carcajadas.
Entre los personajes de Benedetti destaca Rita, una mujer con la que Claudio, el protagonista de «La Borra del Café» tiene encuentros que podrían calificarse de exotéricos. Luego, Rita reaparece en «Andamios». En el primer libro, Claudio (o Benedetti que al cabo casi son lo mismo) no descubre del todo quien es esa chica. En el segundo, Javier (o Benedetti que al cabo casi son lo mismo) devela el misterio: Rita es nada más y nada menos que la muerte.
Ayer, Rita recogió a Benedetti para llevarlo a «su paraíso» es decir a «[su] país». El cielo particular del escritor seguramente se parece mucho al Montevideo de antaño, un Montevideo sin pobres, con una equitativa distribución de los recursos. Un Montevideo en el que no se beba Coca-Cola. Un Montevideo sin McDonald’s, pero sí con muchos cafés al estilo del «Tupi Viejo». Un Montevideo capital de un país gobernado por el presidente Raúl Sendic y por el vice L
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