SANAMENTE
Un modelo no deseable
Caso:
Ramón y su familia comparten el almuerzo dominical en un coqueto restaurante al aire libre. A la hora del postre Ramón manotea su cajilla de cigarrillos con una clara intención que despierta la reacción de José su hijo de 12 años. Se produce un intercambio de manotazos entre Ramón que intenta hacerse de sus cigarrillos y José que intenta alejárselos.
Obviamente la supremacía del padre hace que José desista. Ramón de inmediato prende su cigarrillo bajo la mirada de un José que protesta y de sus dos hermanitas que miran la escena asombradas. Durante todo el desarrollo de la escena la mamá de los niños ha permanecido callada, sabiendo que esta historia es la repetición de tantos otros episodios cuyo desenlace ya conoce. Ramón sabe que fumar le hace daño, pero «no puede» con su genio y el ruego de no fumar tiene como respuesta más cigarrillos fumados.
Comentario:
La conducta de los padres, sea cual sea, es un modelo para los hijos. De tal suerte que los sermones aleccionadores no tienen jamás el peso de la simple actitud, costumbre o conducta de los padres. Aún sin intención, tales aspectos tienen siempre éxito. Es decir que siempre producen en los hijos una huella que luego se vuelve contra los padres. Ramón, con su obstinación de fumar, está emitiendo el siguiente mensaje: «no puedo y no quiero dejar de fumar, no me importa si afecta mi salud o la opinión que ustedes tengan al respecto. Yo voy a seguir fumando». Esta obstinación en boca de los hijos, mañana puede referirse al consumo de marihuana, alcohol, otras drogas o asumir conductas de riesgo.
El modelo de «no poder» dejar de consumir, o «no querer hacerlo» es de esta forma «exitoso y perverso» en la medida que se transmite a los hijos aún sin intención. Cuando eso sucede los padres suelen preguntarse ¿cómo llegó mi hijo a consumir drogas?
Por supuesto que en el consumo de drogas no interviene sólo esta variable. Sin embargo es un importante aspecto a cuidar, sabiendo de la intensidad de rol modélico que juegan los progenitores, los educadores y todas las personas que son de alguna forma un referente para los niños.
Suele ser difícil para los padres reconocer en sí mismos actitudes o conductas que son rechazadas si provienen de sus hijos. Es necesario mirarse al espejo con la sinceridad necesaria para encontrar el «modelo» en el que el argumento de «no puedo» o «no me importa» llegó a los hijos. En ocasiones ese modelo está referido a no poder dejar una conducta de riesgo, una ingesta inadecuada de alimentos, un manejo inadecuado de las relaciones interpersonales o el consumo de cigarrillos, alcohol, etc.
Es conocida por los docentes la asociación existente entre un joven con problemas de conducta en el aula y un padre o madre que al acudir a hablar con ese docente se dirigen a él también en forma airada y poco adecuada. Nuevamente la sabiduría popular, resume estos conceptos en la conocida frase «de tal palo, tal astilla».
En ocasiones, el modelo tiene resultados aún más indeseables, en la medida en que se asocie a ciertas conductas un «sermón» contradictorio. La conocida situación en la que frente a un llamado telefónico no deseado se instruye al niño para decir «dice mi papá o mamá que no está», es el mejor ejemplo de un modelo de contradicción que induce claramente a mentir. Si papá o mamá lo hacen, los hijos se sienten totalmente habilitados, sólo que esas mentiras no gustarán a esos padres. El modelo se define entonces por lo actuado y no por lo dicho. Las palabras sólo generan resistencia y oposición llevando a transgredir la norma enunciada verbalmente. Y la trampa es inevitable.
La búsqueda por parte de los adultos de «escapes» a las dificultades de la vida y la necesidad de ahogar las penas o disimular temores con un cigarrillo o una copa, son modelos corrientes que los niños reciben cotidianamente en el seno de la familia o en la televisión. ¿Qué nos asombra luego de nuestros adolescentes?
Suele decirse también mientras se bebe alcohol delante de un niño: «esto es sólo para grandes, tú no puedes tomar». Este enunciado aparentemente «saludable» tiene un mensaje subyacente que induce al niño a suponer que cuanto antes tome se «convertirá» en un ser adulto. Es así que vemos a niños fumando o tomando alcohol fantaseándose adultos, libres e independientes. Están haciendo «cosas de grandes». Es hora de reflexionar y observar entonces si lo que se «dice» es coherente con lo que se «hace». Es un buen ejercicio descifrar el mensaje subyacente en las conductas que se adoptan. Si de la observación personal surge una discordancia entre lo que se dice y lo que se hace, es menester al menos «callar» mientras se consigue la coherencia. Y sobre todo pensar en un cambio de actitud y conducta. Aunque parezca una tarea difícil será sin duda, a la larga, mucho más beneficioso que sentarse a esperar los resultados de tal contradicción.
A no desanimarse ya que nadie es perfecto y el rol de padre o madre debe incluir una buena dosis de indulgencia para autoperdonarse por los muchos errores que suelen cometerse. La mejor redención será asumir conductas saludables en todo sentido y cuanto antes. Es seguro que el beneficio llegará para padres e hijos que podrán disfrutar de la vida y superar sus desafíos sin recurrir a conductas evasivas.
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