TIENE LA PALABRA
De la Administración Nacional de Correos
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Ante la carta publicada el pasado martes 19 de mayo de 2008 en el diario que Ud. dirige, la Administración Nacional de Correos desea informar que ha sido investigada la situación relatada. De los datos relevados surge que no fue realizada en el Correo Uruguayo ninguna reclamación formal respecto a la mencionada encomienda arribada de España en agosto de 2008, camino previsto internacionalmente por los correos en caso de que ocurra algún inconveniente con el envío.
Cabe señalar, asimismo, que si bien la denuncia no fue realizada por el canal previsto para estos efectos, la Administración la tomará en cuenta, como una oportunidad de seguir trabajando en el camino de mejora que se ha embarcado desde que este Directorio asumió sus funciones en abril de 2005.
Recordamos que el Correo Uruguayo cuenta con un área de atención al cliente y un departamento especializado en consultas y reclamaciones, con el que puede contactarse a través del 0800 2108 y de nuestra página web; www.correo.com.uy.
El autor de la mencionada carta, así como la ciudadanía, pueden hacer uso de estos canales que nos ayudan a mejorar y están a su disposición.
DIVISION PRENSA – Y RELACIONES PUBLICAS
Murió Carlos Aguilera, un hombre bueno
Señor Director de LA REPUBLICA Dr. Federico Fasano Mertens:
un hombre íntegro en su trabajo, en su entrega al teatro, en su profesionalidad, en la dignidad con que supo afrontar los altos y los bajos de su carrera artística., fue exitoso, pero nunca soberbio, fue querido y admirado por todos sus compañeros. Fue, nada más ni nada menos, que un hombre bueno. Comenzó su carrera teatral en El Grupo La Máscara allá por la década del 60, subiendo peldaño a peldaño hasta conseguir un sitio de honor en la escena uruguaya, supo resistir con dignidad las penurias de la dictadura, haciendo obras de clara resistencia, a la par que de indudable valor artístico. Pertenecimos a la misma generación de los 60, hicimos varios espectáculos juntos, ejercimos también a dúo la docencia en aquellos años aciagos en los que había que poner a prueba la imaginación para poder comer, respirar y vivir. Al cabo de los años nos reencontramos trabajando en la Dirección de Cultura del MEC, donde seguimos haciendo brotar ideas, que se fueron llevando a cabo con la invalorable colaboración y adhesión afectiva de un grupo humano extraordinario. Yo dejé de trabajar allí, pero igual me mantuve en contacto con él y con el resto de los amigos que hoy, no solo lo extrañamos, sino que lamentamos que, en estos últimos tiempos, cuando su talento y profesionalismo se encontraban en la plenitud, no haya sido lo necesariamente valorado. Pero las administraciones pasan, los hombres de talento y buenos, no.
JORGE ARBELECHE
Nota: Los compañeros de la dirección de Cultura lamentamos profundamente la pérdida de nuestro compañero invalorable, Carlos Aguilera, y adherimos a la nota de dolor de nuestro compañero Jorge Arbeleche.
Ana Acerenza, Zully Lara, Antonio Lavin, Daniel Loustanau, Julio Maurente, Nelly Mozzo, Lita Nogueira, Eloisa Porro, Ramón Rivero, Isabel Pérez.
Gracias por el ejemplo, gracias por el fuego
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Se fue una parte del Uruguay valiente. Mario, hoy estamos tristes pero mañana nos quedará tu alegría, porque cuando se vive tan intensamente hasta morir da gusto. Chau, querido Mario. Gracias por el ejemplo, Gracias por el fuego.
JORGE MAJFUD
Para Mario: réquiem con el alma
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Mario, quiero contarte que hoy creí estar en el cielo (acaso, por jugarreta que el destino les depara a los escépticos, ¿ya estarás por ahí tomando mate y recitándole algunos inéditos premeditados a Jesucristo, Marx y Freud?). A orillas del Titicaca hay un pueblito llamado Pomata, una suerte de antesala al infinito donde la mano del hombre resulta siendo un agobio futurista que haría las delicias de Verne y compañía; una válvula de escape en estado basal plagada de ambientes que al igual que tus poemas podrían sensibilizar a un hombre de piedra o de hojalata. Estuve durante horas frente a un mar dormido, tan quieto como ahora debe andar tu cuerpo, maestro (tu palabra, en cambio, está más viva que nunca y, como sólo acontece con los predestinados, decidió sobrevivirte desde que garrabateaste tus primeros borradores).
¿Que por qué le escribo a un muerto? No lo sé, sólo me dejo llevar por ese mismo impulso que me invita a releer con devoción tus cuentos y poemas.
Hace tanto tiempo quería escribirte una extensa misiva de puño y letra así como lo hice con Ernesto Sábato cuando le dije que yo era Juan Pablo Castel y que no estaba loco, ¡ese túnel existía, y aun existe! pero no encontré tu dirección postal en la guía telefónica de Uruguay.
Fue sabia tu decisión de borrarte de las páginas blancas de ese mapa para impertinentes, porque te hubiera telefoneado tantas veces que mejor lo olvidamos. Ahora ya sé que nunca podré hablar contigo y que la carta en donde te confiaba que la búsqueda de un retazo de felicidad en (y mediante) la literatura es la quimérica razón de mi existencia. A propósito de eso: ahora que ya cerraste el paréntesis sabrás si la existencia tiene algún sentido, poeta.
Lo que no sabes es que justamente hoy, en la sierra peruana, un escribidor confundido empezó a leer Memorias de Adriano y recordó a ese uruguayo moribundo que, ¡pésima ironía!, lo había sacudido con «Réquiem con tostadas»: «he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos». Así es para todos, Mario. Pero no todos podrán escribir un diario existencialista como «La tregua», o poemas de la envergadura «Hagamos un trato» o «Te quiero». No todos pertenecemos a esa extraña estirpe que, jugando en serio con las palabras, suele cambiar la vida de las personas. ¿Algo más, Mario? El mal de altura, también llamado soroche por estos lares quechuas, es un perfecto coqueteo con la muerte. Cuando sientes los amagues del vahído, dudas, mientras luchas por una bocanada de aire quieres creer en alguien superior que, aparte de salvarte del inminente trompicón, pueda tenderle la mano simbólica al Hombre para borrar lo que hizo la otra mano (la siniestra, la que nos deshumanizó a punta canalladas que hoy todos llaman noticias). Que yo también sufra en mal gástrico crónico no es sólo una anécdota que no viene a cuento: tómalo como una argucia que me hace sentirme más cerca de ti, hermano. Hace mucho tiempo un amigo poeta me invitó a ver «Vivir», una película de Kurosawa que me hizo prometerme con fervor escribir algo digno de recordarse antes de cerrar el paréntesis. Podrás darte cuenta que, por pereza o falta de talento, estoy haciendo bien poco (dame el beneficio de la duda, ten en cuenta que tengo un padre que habla con nadie en el excusado y que esta misma tarde se dijo a sí mismo «Me da pena mi hijo»… y no hablaba de mí, Mario. A veces creo estar muerto, aunque, de ser así, ya sabría si en verdad «La muerte es una joda»).
Volvía de Pomata a esta civilización en donde el desasosiego prefabricado y las gripes de laboratorios porcinos ofician de titiriteros duchos y, de pronto, la radio lo informó fríamente: Mario Benedetti ha muerto. Punto a parte.
El locutor deslizó una escueta biografía que no decía nada de ti, pero delataba mucho del mal tiempo que vivimos. Un flashback, a manera de pararrayos contra la nada, me sacó del mazazo de saberte muerto: una madrugada de año nuevo, en La Punta, Camaná, ríos de l
icor y mares de poesía. El Búho un viejo amigo recitando «Táctica y estrategia» antes de dar cuenta de una botella de cerveza bebida del pico. Entonces vivir otra vez valía la pena y salud por Benedetti, ese uruguayo universal al que todos debemos recordar cuando nos quedamos inmóviles al borde del camino, cuando congelamos el júbilo, cuando queremos con desgana, cuando nos llenamos de calma.
Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia, este réquiem lo escribí con el alma, es cierto que debí hablar de ti y sólo hable de mí hasta la impudicia; pero hablé de mí pensando en ti (táctica y estrategia, escritor): No te salves ahora ni nunca. No te salves.
ORLANDO MAZEYRA GUILLEN – [email protected]
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