SANAMENTE

Caso:

Marta está acongojada, las largas noches de insomnio se notan en su rostro. El miedo y la impotencia la tienen acorralada. Anoche, mientras Martín y Melisa comían con avidez el arroz que les había preparado, trataba de disimular sus lágrimas. Ya había llegado al fondo: no tener más que un arroz para cenar.

Poco a poco las deudas la obligaron a solicitar préstamos y más préstamos con un alivio momentáneo mientras el sueldo estaba cada vez más «empeñado». Hoy acaba de cobrar una miseria y las deudas siguen creciendo. De nada sirvió pagar alguna cuota, los intereses se acumularon y hoy un abogado le comunicó que será embargada.

Para colmo de males, otra vez la voz ronca y rasposa por el alcohol acaba de gritarle: «no sirves para nada, eres una inútil, estoy harto de tener que mantenerte, ni siquiera eres capaz de conseguirte un macho que te mantenga».

Marta acaba de colgar el teléfono y un nudo en la garganta casi la deja sin respirar.

Si no fuera por la ayuda del padre, sería imposible llegar a fin de mes, pero en cambio debía aguantarle éstos y otros insultos irrepetibles.

Ella sabe que podría buscar un segundo trabajo en sus horas libres. Está capacitada y tiene buenas referencias. Sin embargo, tan sólo pensarlo le produce taquicardia y una sudoración fría le hace desechar la idea de inmediato. Por suerte tiene este trabajo que le consiguió su padre hace muchos años. Y, desde entonces, jamás se le ocurrió ampliar sus horizontes.

Marta recuerda acongojada aquella lejana tarde en que entre lágrimas tuvo que renunciar a su primer trabajo. Estaba tan contenta, lo había conseguido sola y el patrón le había dicho que su rendimiento era bueno. Los gritos de su padre resuenan hasta hoy en sus oídos: «ya te dije que dejaras ese trabajo de porquería». «Los pocos pesos que te pagan ahí, te los doy yo, así no te explotan más…»

Un rápido repaso de su vida le hace caer en cuenta que desde entonces hasta ahora, a sus 41 años y sobre todo después que quedara viuda, depende cada vez más de su padre. Año tras año la ayuda a llegar a fin de mes y, especialmente, a tomar cada una de las decisiones de su vida que deben recibir su aprobación.

Marta se siente disminuida, indecisa y temerosa de no poder seguir sola en la vida. Hoy es imperioso que consiga otro trabajo, pero está paralizada por las sentencias que a gritos ha repetido el padre una y otra vez: «inútil, no sirves para nada», «qué sería de ti si yo no te mantuviera».

«No es verdad, no es verdad» solloza Marta mientras intenta armar su currículum. Ha decidido crecer de una vez, aunque sabe que deberá enfrentar nuevos insultos. Esta vez no la detendrán los gritos ni amonestaciones del padre.

 

Comentario:

La sobreprotección desplegada por el padre de Marta, ha sido tan nefasta como el maltrato psicológico al que la ha sometido desde su infancia. Ha destruido la confianza en sí misma y su capacidad para tomar decisiones. La ha encadenado a una situación de dependencia afectiva y económica por la que deberá seguir «pagando» el precio de aguantar insultos y gritos.

El pretendido acto de «bondad» para evitar la explotación de Marta en un trabajo de juventud, ha marcado en ella la inutilidad de realizar un esfuerzo por sí misma. Le ha impedido fortalecer sus recursos para enfrentar la vida, como a un pichón al que se le cortan las alas. Inevitablemente no podrá abandonar el nido y de esta forma se establecerá una dependencia en la que ambas partes están atrapadas: quien sobreprotege y quien es sobreprotegido.

Los tímidos intentos para romper la dependencia de quien es sobreprotegido se anulan utilizando nuevos insultos y gritos que refuerzan el mensaje de incapacidad y destruyen aún más su autoestima. Esta fórmula, en la contracara es vivida por el sobreprotector como auténtica «obligación» de «proteger» en nombre del «amor», a un ser juzgado de incapaz. Por tanto de llevar la «carga» que se torna cada día más pesada, al mismo tiempo que se acumulan sentimientos de rabia por los esfuerzos realizados. Se pasan entonces «facturas» que se echan en cara de forma más o menos agresiva, generando más «incapacidad».

El resultado es previsible: dolor, rabia, impotencia de ambas partes en un refuerzo continuo de mayores niveles de dependencia. En el caso de hoy, Marta está intentando romper sus ataduras. Su situación es de gran fragilidad, por una parte por su poca autoestima y desconfianza en su capacidad para enfrentar maduramente la vida y por la otra, por el riesgo de sucumbir a aceptar nueva ayuda rindiéndose a pagar el precio de sumirse en más dependencia. Por otra parte, el camino hacia su autonomía estará sin duda plagado por esfuerzo y lucha para superar obstáculos, agravado por su carencia de experiencia. Sin embargo en compensación irá ganando cada día más autoestima, que será el estímulo para seguir adelante. Marta paso a paso irá rescatando su capacidad para disfrutar por sus logros personales y el aprendizaje de la toma de decisiones responsable, la llevará, por fin, a romper sus cadenas.

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