Los lectores revelan su capacidad creativa
«Inexplicablemente corren las agujas del reloj
Y en la ventana inexplicable nace nuevamente el sol
Un recuerdo inexplicablemente gira alrededor
Inexplicable como todo es el amor». Jaime Roos
Partir es morir un poco, dice un viejo dicho. Y yo me alejaba del centro de Montevideo, luego de haberme despedido de mis compañeros de trabajo, donde, por muchos años había compartido con ellos el fascinante mundo de los libros.
Fue en ese ir y venir de gente, de clientes apurados, de autores debutantes, de escritores consagrados, de patrones y empleados, que había transcurrido mi estancia en la gran ciudad. Podría decir que una buena parte de mi vida había pasado por esa librería.
Ahora me encontraba en el ómnibus que me llevaba hacia el barrio, y, mientras las imágenes de luces y colores se sucedían por la ventana como un calidoscopio, comencé a hojear el libro que los compañeros me habían obsequiado como regalo para el viaje: una «Antología Poética» de Nicolás Guillén.
Este libro tenía su simbología, porque en unos días yo partiría rumbo a Cuba a cumplir un viejo sueño que mi país se negaba a realizar: ser médico y poder servir al prójimo, al hermano desde esa noble y sacrificada profesión, y, que ahora gracias a la idea y el empuje de Fidel, se me hacía realidad.
El libro tenía las conocidas dedicatorias de cada uno, muy personales y muy cercanas, y dos poesías marcadas a propósito, que, según entendí, querían reflejar le momento muy especial por el que estaba pasando.
Uno de ellos era «Un lagarto verde» que nos dice entre otras cosas que: «cantando a lágrima viva navega Cuba en su mapa», y la otra: «Canción de cuna para despertar a un negrito», que toca un aspecto más personal, ya que mi apodo en la librería era justamente «el Negro, como se estila llamar a los que llegamos a la vida con la tez un poco pasadita de horno.
Luego de recibir el caluroso y húmedo abrazo de la nueva tierra, comenzó el largo itinerario hacia la meta buscada.
En ese crisol de razas, etnias y pueblos que es la Escuela Latinoamericana de Medicina ELAM, donde las culturas se tocan, se mantienen, se entremezclan, se comparten y, a veces, hasta hacen cortocircuito, uno va aprendiendo, entendiendo, queriendo y respetando al que es diferente, al que piensa distinto.
En ese compartir diario, con gente de los lugares más insospechados; en ese escuchar nuestro mismo idioma español, expresado en las más variadas formas; en ese abrazo imaginario con cada uno de nuestros compañeros de camino, es que vamos descubriendo nuestra común identidad y vamos también preparándonos para nuestra lucha común en el futuro: el combate por la salud en nuestros empobrecidos pueblos…
En una de mis excursiones por La Habana, recorriendo sus calles, me encuentro con un puesto de libros usados, una librería para los de a pie, como dijo una vez Daniel Viglietti, un cliente amigo.
Como no podía ser de otra forma y fiel a mi natural inclinación por los libros, me detengo a mirar, a preguntar precios, pasando un rato ameno con uno de mis entretenimientos predilectos.
De repente, en uno de los libros encuentro una poesía que me es conocida. Y lo es por el hecho de que es la letra de una canción. Esta, interpretada por uno de los tantos grupos de canto popular que se animaron a cantar, pese a todo, durante la dictadura militar que asoló nuestro país durante más de una década.
Como todas las letras que se cantaban en aquel negro período, esta poesía tuvo que pasar la censura antes de que se pudiera interpretar. Y lo asombroso es que estos bobos que se creían vivos no repararon que la poesía era de un cubano, nada más y nada menos que de Nicolás Guillén. ¡Y ellos no se dieron cuenta!
La canción nos decía algo así como: «cuando yo vine a este mundo, que digo, nadie me estaba esperando, ¡Ah si! mi dolor es profundo, que digo, se me alivia caminando».
En fin, cosas de la dictadura y de sus «sabios» mentores.
«Ya verán como se mueren y que hasta su entierro voy», nos sigue diciendo don Nicolás desde esa misma canción.
Pasa el tiempo, se suceden las clases y los exámenes, y cuando transcurría el segundo semestre del segundo año de la carrera, nos toca cursar Introducción a la Clínica.
Esta materia tenía su parte teórica en la ELAM y su parte práctica en los consultorios del médico de la familia, ubicados en los barrios de cada municipio. Hacia los consultorios partíamos, entonces, una vez por semana a poner en práctica el examen físico con pacientes «de verdad», sanos pero de verdad.
Llegábamos el grupo entero al policlínico y de allí nos distribuíamos al los consultorios.
Junto con Marvin, de Costa Rica, bohemio, guitarrero, gran amigo, y Pablo, de El Salvador, desprolijo, inteligente, con pinta de desordenado como todos los genios, fuimos conducidos por nuestro médico, Ernesto, hacia su lugar de trabajo.
Luego de las presentaciones y de hablar sobre el desarrollo del curso, el doctor Ernesto nos conduce a la casa de nuestra primera paciente. Doña Leonor nos estaba esperando, ya que Ernesto le había preguntado previamente si quería colaborar con nosotros.
Luego del examen físico y de la evaluación, nos sentamos a charlar mientras tomábamos un café.
La conversación derivó inevitablemente hacia la literatura.
Doña Leonor, que había sido profesora de literatura y periodista, nos dice que Ernesto escribe alguna que otra poesía, Marvin comenta que compone canciones y yo hago referencia al libro que me regalaron.
Eso provoca una gran alegría en Doña Leonor, que comienza a contarnos sobre Nicolás Guillén, su relación con él de cómo lo conoció, la poesía que una vez le dedicó y nos mostró fotos, una carta y un libro con su rúbrica.
También revisamos las poesías que me habían marcado mis compañeros en Montevideo, las cuales leí, para que todos se enteraran de lo que estaba hablando.
¿Coincidencia? ¿El destino? No lo sé. De alguna forma inexplicable se fueron encadenando los hechos: la canción que escuché hace muchos años, el libro con la antología, que fue mi último contacto con la librería y Doña Leonor, mi primera «paciente», todos relacionados con Nicolás Guillén, el poeta nacional cubano.
¿Qué fuerzas ocultas o espirituales habían conspirado para que esto sucediera? ¿Será que los dioses yorubas se habían combinado inexplicablemente con mi Dios cristiano para regalarme esa hermosa tarde?
¿Cuál es el embrujo de esta mágica isla que nos reúne a todos para hablarnos de otra alternativa inexplicable en el mundo globalizado de hoy?
Nada puede ser inexplicable en esta tierra, si tenemos en cuenta que hace décadas viene resistiendo un bloqueo inexplicable, cantando a lágrima viva, navegando solitariamente en forma inexplicable y solidariamente siendo ejemplo, a contrapelo de los acontecimientos, marcando un rumbo que suena inexplicable para la corriente neoliberal, consumista, individual y egoísta de este tiempo inexplicable.
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