LA PASCUA EN LOS VIEJOS TIEMPOS
Era un Viernes Santo para los creyentes y los otros vecinos respetaban. Entre los inmigrantes italianos había muchos anarquistas que repartían un folleto contra el clero en la puerta de los frigoríficos y las curtiembres de Nuevo París. Un tano carnicero de Capurro cerraba su negocio y ponía contra el vidrio una bandera roja en señal de rebeldía. Los vecinos más ingenuos decían que estaba enojado porque ese día nadie comía carne. Pero los más astutos comprendían que esa protesta del itálico y anarquista carnicero tenía mucho que ver con los artículos que aparecían en el diario El Día firmados por Domingo Arena. Aquella sociedad de las primeras décadas del viejo siglo tenía una lucha de filosofías que se manifestaba en detalles y gestos que en la Semana Santa surgían en un clima de tolerancia. A nadie se le ocurría hacer un asado en la puerta de su casa, como era habitual en los barrios populares, ya que raspetaban a sus vecinos cristianos. Y como la cuadra era una gran familia, si comían un asadito lo hacían medio a la sordina en los tradicionales hornos de barro del fondo, que abundaban en barrios como el Cerrito de la Victoria. Por todo Montevideo se veían grupos de señoras con rosarios acompañadas por caballeros en mangas de camisa pero con la obligatoria corbata. Caminaban incansables y cumplían la tradición del Viernes Santo de recorrer 7 Iglesias a puro patacón. Muchos agarraban para el lado de La Comercial, otros empezaban por Goes o la Unión pero siempre terminaban en el Centro y así cumplían esa antigua costumbre. Lo ideal era terminar esas largas caminatas en La Ciudad Vieja, allá por Solís y Cerrito, donde se ubicaba la simbólica iglesia y cripta de El Señor de la Paciencia, muy venerado por esas familias cristianas. Ese viernes y el sábado abundaban en los hogares y en los boliches las llamadas empanadas de vigilia. En una antigua y proletaria fonda ubicada debajo de la escalera del Mercado de la calle Ciudadela hacían una grandota empanada gallega. Venían de todos lados a comprarla pues con una sola comía toda la familia. Por el barrio Bella Vista, en la panadería Los Tres Mosqueteros de Jesús Rodríguez hacían una riquísima rosca de Pascuas que adentro tenía un papelito y si había suerte sacábamos una botella de vino casero. En Agraciada y Zufriategui en la panadería Del Molino vendían una sabrosa torta de mejillones que según los sabihondos del boliche era originaria de las aldeas de Galicia.
Los vecinos que preferían el bacalao noruego iban a comprarlo a la provisión de doña Rebecca en Villa Muñoz, por Arenal Grande y Marcelino Berthelot, o agarraban para la Aduana hasta el almacén de don Singer. Para el Domingo de Pascuas, entre las campanas de la parroquia y los pibes corriendo atrás de una pelota de trapo, todo el barrio se llenaba de sencillas alegrías. Huevos y conejos de Pascuas hechos con moldes y recetas que habían prestado unos inmigrantes alemanes. Las Pascuas afianzaban aún más los lazos fraternales entre los vecinos del viejo barrio. Con más recuerdos y música los esperamos en la 40, Radio Fénix todos los sábados a las 18.00 horas.
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