TIENE LA PALABRA
Del profesor Lincoln R. Maiztegui Casas
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
En la edición de LA REPUBLICA del día jueves 2 de abril se publicó un suelto titulado «La mirada de Lincoln», que hace referencia a una charla que di en el Palacio Legislativo el martes 31 de marzo, conjuntamente con el senador Luis Alberto Heber, sobre el rol de los partidos políticos durante la dictadura.
Quien lo lea supondrá necesariamente que yo afirmé que el único partido que resistió a la dictadura fue el Partido Nacional, lo que no es verdad.
Precisamente, mi intervención comenzó con un reconocimiento al sistema político por el hecho de que no hubo ninguno de los partidos que lo componen que no haya sido un firme opositor a aquel régimen de oprobio, más allá de deserciones individuales.
Lo que sí sostuve es que entre julio de 1973, cuando se levantó la huelga general, y 1980, cuando se inició la discusión sobre el proyecto de reforma constitucional propuesto por los militares, en el interior del país las únicas acciones públicas que se realizaron contra la dictadura procedieron del Partido Nacional.
Y me referí, con el respeto que corresponde, a las otras dos grandes fuerzas, una de las cuales (el Frente Amplio) yo integraba por entonces.
Señalé, creo que con claridad, que el FA no fue protagonista de esa clase de acciones, ni podría haberlo sido, porque era el objetivo central de la represión, tenía gran parte de su gente en el exilio y otra gran parte en las mazmorras.
Haber intentado cualquier movilización durante esos 7 largos años hubiera sido un suicidio, y aclaré que esta opinión no implicaba crítica alguna a esa fuerza política.
Subrayé, en cambio, que la militancia frenteamplista en el exterior fue decisiva en la tarea de denuncia de los crímenes del régimen, tarea en la que participé y que llevamos a cabo hombro con hombro con Wilson Ferreira Aldunate y personalidades de otros partidos.
Y que, al entreabrirse cotas de tolerancia luego de la clamorosa victoria en el plebiscito, la capacidad de movilización de la izquierda resultó fundamental para ampliar esos márgenes y realizar actos como el del Obelisco de 1983.
Recuerdo también haber señalado que el Partido Comunista, con mucho heroísmo, distribuía una publicación («Carta») que mantenía viva la llama de la resistencia, pese a las sucesivas caídas de su dirección y al tratamiento brutal que recibían sus integrantes.
Sí es verdad que dije –porque es cierto– que los dirigentes frenteamplistas que aún estaban en libertad, como el Dr. Crottogini, Rodríguez Camusso, José Pedro Cardoso y otros se quedaron «quietitos en su casa», expresión tal vez desafortunada. Lo que pretendí expresar es que, más allá de acciones clandestinas que trascendían sólo en pequeños círculos, dichos dirigentes no podían sino tratar de pasar desapercibidos, so pena de caer en la cárcel (como le sucediera al Dr. Cardoso) o tener que emigrar.
En cuanto al Partido Colorado, señalé que su dirección había resuelto no realizar actos que pretextaran una represión hasta que el régimen se hubiera debilitado lo suficiente, pragmatismo que entiendo ínsito en su tradición.
Sólo al aproximarse el plebiscito los dirigentes colorados se sintieron con fuerza como para iniciar una tarea opositora explícita y pública.
Por lo tanto, en aquellos años (1973-1980) la única fuerza que, también de acuerdo a sus tradiciones, salió a la calle a enfrentar la dictadura, fue el Partido Nacional. Los militares imaginaron una realidad política en la que la izquierda quedaría proscripta definitivamente y se generaría una «democracia» sustentada por los Partidos Tradicionales convenientemente controlados por el Cosena. Una eventual ilegalización de los blancos hubiera hecho imposible la realización de semejante plan.
El Partido Nacional, en sus sectores ampliamente mayoritarios, aprovechó esa coyuntura y realizó numerosas y heroicas acciones de resistencia, que atrajeron sobre el mismo terribles mandobles represivos.
La prisión de los dirigentes que sacaban «Resistencia blanca», el asesinato de Gutiérrez Ruiz, las botellas de vino envenenado, la brutal represión del acto realizado frente al monumento a Aparicio Saravia el 10 de setiembre de 1978, la violenta irrupción en una fiesta de cumpleaños de Carlos Julio Pereyra (que no era otra cosa que una asamblea clandestina; los militares no eran bobos), la entrada de la Policía a caballo durante el acto del cine Cordón en 1980 y los numerosos dirigentes y militantes blancos que padecieron cárcel y tortura por manifestarse o por hacer circular los casetes que enviaba Wilson desde el exterior son una prueba de ello. Y me quejé de que esa intensa y sacrificada labor opositora sea minimizada, y muchas veces directamente ignorada, por algunos presuntos docentes de historia.
Por supuesto, desmiento que haya dicho que «no existe -un solo hecho de resistencia de la izquierda durante el proceso», frase que el periodista me atribuye; haberlo dicho sería negar mi propia participación en esa resistencia.
En cambio, sí es verdad que señalé la diferencia de tratamiento, ya en tiempos de transición, que recibieran algunos dirigentes frenteamplistas, como Rodney Arismendi, con el que se diera a Wilson, único líder nacional que permaneció preso y proscripto hasta después de las elecciones. Esto es un hecho.
Señor Director, todo este análisis es controvertible, por supuesto. Pero creo que los lectores de ese prestigioso diario tienen derecho a que no se distorsione lo que se dijo en un acto público. Descarto cualquier atribución de mala fe al autor de la nota, y hasta le disculpo que se refiera a mí como «opinólogo», palabra de notorio retintín despectivo.
Pero en homenaje a esos mismos lectores y a mi propia imagen, solicito a usted la publicación de estas líneas, por cuya extensión me excuso.
Aprovecho la oportunidad para saludar a usted con máxima consideración.
LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS C.I. 935.635-5
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