PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

HISTORIAS DE GAUCHOS Y CICLISTAS

UNA SEMANA DIFERENTE CON GAUCHOS, MUCHOS CICLISTAS Y GENTE RELIGIOSA. LOS VECINOS DEL PASO MOLINO APROVECHABAN PARA HACER ALGUNOS VINTENES ALQUILANDO PIEZAS.

Escrito por: Luis Grene

Domingo 05 de abril de 2009 | 2:11
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Las ocupaban los capataces de tropillas y muchísimos domadores que llegaban de Brasil y las provincias argentinas. La peonada laburante y el gauchaje más pobre se quedaba en un galpón dentro de la Rural. Ahí se comían las empanadas que hacían las chinas de trenzas con moños. Y a la noche era cuando la cosa se ponía linda. Entre esa humilde gente, más algunos criollos de la ciudad que se habían acercado, nacían unos fogones bien de tierra adentro. Con el adobe de la quemante caña que acompañaba al porongo del mate comenzaban las historias. Cuentos de “luces malas” y “aparecidos” además del que fue por esos años el relato más inquietante. Muchos de esos gauchos juraban haber escuchado a la medianoche entre los pajonales el llanto de un bebé. Pero sabían que si se acercaban, ¡zácate!, no se salvaban del tremendo mordiscón que daba el llamado “bebé dientudo”. Y mientras armaba un tabaco, un gauchito muy suelto de cuerpo mostraba una cicatriz de esos terribles colmillos. La leña ardía entre chasquidos y los paisanos más viejos empezaban con sus cuentos de la revolución. Surgía el nombre del Gral. Galarza y otros heroicos caudillos que esos gauchos decían haber acompañado en sus gestas. Por las dudas nadie decía nada porque esos veteranos además de muy seriotes tenían fama de ser de pocas pulgas. Por el año 1930, aquellos galpones y su polvoriento terreno se llenaron de banderas para festejar el Centenario de la Constitución. A cada concurrente junto con la entrada le regalaban una banderita y a las damas unos hermosos broches con los colores de la joven patria. Los guitarreros eran invitados a los boliches del barrio. Ahí los parroquianos los escuchaban, y si había suerte, hasta ligábamos un contrapunto o payada. De mañana, la ferretería y bazar El Aguila, de Agraciada y San Quintín, se llenaba de gauchitos muy noveleros para comprar las novedades de la ciudad. Ese comercio tenía ese nombre porque en su azotea, al frente, había una gran jaula con una gran águila vivita y coleando. A partir del año 1939, esa semana tuvo un gran sacudón popular. Fue el nacimiento de la Vuelta Ciclista del Uruguay. Surgió de la imaginación del periodista deportivo Chetto Pelliciari que se había inspirado en el antiguo Tour de France. Desde sus inicios, la Vuelta estuvo vinculada al fenómeno de la radiotelefonía. La primera partida fue desde 18 de Julio y Olimar donde estaba la Radio Sport. Desde ahí salieron para recorrer las principales ciudades del Interior del país. Desde las radios de capilla se escucharon las primeras transmisiones del Ñato Pelliciari y luego del entrañable Gallego Regueiro y el señor Cóppola. Un símbolo de La Vuelta es su pegadiza música. El poeta Víctor Soliño le puso los versos a una canción que interpretaba una banda norteamericana titulada “Betty, la Colegiala”. También colaboró el ciclista y periodista Carmelo Gaitán. Al poco tiempo, todo el país tarareaba y silbaba ese tema que cantó el gran tenor Alejandro Giovanini. Gauchos y ciclistas, en la memoria popular. Con más recuerdos y música los esperamos en la 40, Radio Fénix todos los sábados a las 18.00 horas.

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