EL VIEJO CAFE ATENEO
Enorme en su planta física y con más de 40 billares jamás cerraba. En las madrugadas nació su mito. En el fondo había un pequeño escenario al que llamaron el Palacio del Tango. En ese corazón que latía entre las carambolas del billar y los tangos y milongas, el Café Ateneo se diferenció de otros baluartes de las noches montevideanas. Así es que se nutría de parroquianos de otros bares del Centro. Llegaban desde el Café Europa, de Soriano y Andes, donde abundaban las mujeres «de ambiente» muy maduras al borde de una merecida jubilación. También el Café Ateneo por su magnetismo de tangos y tragos le sacó muchos clientes al Bar Coloso, de Soriano y Convención, donde su dueño don José Lorenzo llegó a poner un par de guitarristas y un cantor. Después de las doce de la noche, todos los noctámbulos que andaban en la vuelta iban a tomar buen café o una rica ginebra a esa popular esquina de la antigua Plaza Cagancha. Entraban por la doble puerta de vidrio y lustrada madera y se encontraban con los concursos de cantores organizados en su escenario de El Palacio del Tango. Su responsable fue el pionero de la radio y descubridor de nuevos talentos, don Agustín Pucciano. Ahí cantaron grandes valores como Carlitos Roldán y Julio Sosa recién llegado de su natal Las Piedras. Quién luego sería llamado el Varón del Tango cantaba en mangas de camisa y, a veces, con un saco prestado. Así fueron los orígenes de ese muchacho de voz recia que cuando saludaba te hacía doler la mano del apretón. Fue Julio Sosa que, en sus inicios en El Ateneo también recitaba hermosos versos arrabaleros. Por ese tradicional Café también cantaron figuras del Carnaval de antaño como el tenor Washington del Río y se presentaron como maestros de ceremonias personas como José Ortiz y El Boyero que también recitaban poemas. Otro de los habitués fue el gran músico González Prado quién, con el paso de los años sería, junto a Juan Angel Silva, responsable de la comparsa Morenada. También se veía en sus mesas al talentoso bailarín y coreógrafo Salvador Picó. Esos concursos tangueros de Pucciano también fueron atracción para un hombre muy alto, delgado y de gruesos lentes oscuros. Era Juan Carlos Onetti que trabajaba en la Agencia Reuter de a la vuelta y amaba a Gardel y al tango cantado. Ese escritor era más habitué del Café Metro donde había una peña literaria pero muchas veces se levantaba de golpe. Decía «Con permiso, buenas noches…» y arrancaba para El Ateneo donde se entreveraba entre los parroquianos amantes de las copas y el buen tango. El viejo Café Ateneo tuvo una exquisitez llamada Orquesta de Señoritas. Unas 10 señoras entradas en años tocaban con sus violines y un par de bandoneones los temas más famosos del ritmo tanguero. Cuando actuaban esas damas, se corrían las mesas del fondo porque no faltaba parejitas que se trenzaban en el dos por cuatro. Los premios para los ganadores de esos concursos eran ricos postres aunque la mayoría de esos cantores conseguían pequeños contratos para actuar en las fonoplateas de Carve o El Espectador. Entre sus mesas andaba un lustrabotas que mostraba a todos sus clientes una foto junto al cantante francés Chevalier a quién le había lustrado los zapatos. Noches del viejo Café Ateneo que aún resuenan en la silenciosa madrugada de la Plaza Cagancha. Con más recuerdos y música los esperamos en la 40, Radio Fénix, todos los sábados a las 18 horas.
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