TIENE LA PALABRA

Responde Amondarain (a Llamadas al Director)

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Hay tipos que son difíciles de descifrar por lo enredado de sus argumentos y rebuscadas conclusiones para juzgar a los demás, y lo amnésico en situaciones similares o mucho peores cuando les toca al Partido de ellos, o sea el Frente. Otro innominado crítico a mis dichos, se remonta a 10 años en la historia electoral (como si en ese «trechito» el Frente no hubiese ido y venido infinidad de veces…) y señala que Larrañaga había apoyado a Jorge Batlle recomendándolo en el voto por haber estado de acuerdo con las preguntas y soluciones ocasionales del Partido Nacional. Y es cierto que don Jorge estuvo de acuerdo en esas respuestas o exigencias y después, como le es costumbre, cuando fue gobierno se las olvidó. Pero yo no empaqueto a nadie al decir que el que rompió la coalición con los colorados en la ocasión fue precisamente Larrañaga al no cumplirse lo pactado. «Su» memoria ponderando al «Cuqui» en los hechos le falla al «bizcochazo». Era Lacalle precisamente quien mantenía la coalición hasta el retiro del guapo. Memorice, por favor. También es cierto que se equivocaron en 1999 al convocar y votar con el batllismo. Fue público y notorio que fui de los discrepantes. ¡Voté en blanco! ¡Nunca en la vida voté para ningún cargo por un colorado! ¡Ni para «pistero» de amueblado, dicho con respeto para tan necesaria como honorable profesión…! O sea, jamás he dicho «yankis go home» y después salir a darme «besos de lengua» con Bush y su Condoleezza o con el FMI, como hicieron «amigos» suyos. ¿Por qué no se lo recuerda a ellos?

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

Muestra de un gran pintor en el Museo Zorrilla

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Conocí a Juan Carlos Montero Zorrilla (Carlotes para sus amigos) unos días después de la gran tormenta del 66. Yo tenía por entonces 16 años y su hijo Chingui, que trabajaba conmigo en la Agencia EFE, nos llevó a mi hermano Alvaro y a mí a presenciar desde la torre de su casa, en el predio del Museo de Carruajes Fernando García, un anunciado retorno de la tormenta. Eso nunca se produjo y pasamos la noche de charla en compañía de su padre, cuyas dotes de pintor yo por aquella época desconocía y que nos enseñó el museo de carruajes del que era conservador. Unos años después me reencontré con los mismos carruajes, pero ahora plasmados en los cuadros de Montero que colgaban de una exposición en Amigos del Arte presentada por mi padre, Guido Castillo. Recuerdo que me impresionaron hondamente.

Ahora, al reencontrarme con su obra después de casi cuarenta años, vuelvo a sentir la misma impresión de aquel entonces. Hago míos aquellos conceptos de Guido cuando expresaba: «Estos carruajes tienen un halo misterioso y nos hablan de soledad y recuerdos… En ellos Montero, además de un sello propio nos descubre una fina y profunda sensibilidad…su pintura tiene magia y poesía.»

En algunos cuadros de la serie de los carruajes, lo más valioso y original de la obra de Montero, el artista pasa de las formas figurativas y geométricas a la abstracción casi total. En mi opinión no es exagerado hablar de «Los carruajes de Montero» de la misma forma que lo hacemos al referirnos a «Los candombes de Figari» o las «Lunas de Cúneo».

Montero comenzó a pintar en su niñez, en la década del 20. Mucho más tarde concurrió por breve tiempo al taller Torres García, pero mantuvo siempre la originalidad del autodidacta. Sobre él escribía el poeta Ernesto Pinto: «Ha pintado siempre con humildad y con fervor, silenciosamente, siguiendo su estado interior irrenunciable».

En esta búsqueda de sí mismo, fue transitando diversos períodos. En la retrospectiva que se expone estos días en el Museo Zorrilla podemos seguir la trayectoria del artista, desde los temas de Punta Carretas en los años 40 y 50. Sigue por los espléndidos carruajes de los años 60. Continúa en los años 80, tras un silencio creativo de más de diez años que coincide con el período de la dictadura, con el retorno a los paisajes, ahora de Maldonado, marcados por una paleta más libre y colorida, y culmina a principios de los 90, con la búsqueda de la simplificación en sus últimos cuadros de Florianópolis.

Sin duda estamos frente a la obra de un gran pintor, cuyo nombre se acrecentará con el tiempo.

FERNANDO CASTILLO – Editor especialista en arte

 

Araca la Cana. «Catusa» reconoció el «error»

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

«En las últimas horas tomó estado público una denuncia presentada en forma anónima ante el Jurado del Concurso, referida a un supuesto plagio de parte del texto del repertorio de Araca la Cana. La parte cuestionada insume 3,50 minutos de la actuación total del conjunto y está identificada como «El otro yo», basada en el tema «La canción del otro yo», perteneciente al cantautor argentino Rafael Amor, editada en 1983. Confrontados los dos temas, se aprecia que es utilizada la misma música, se mantiene el espíritu de la letra y varios tramos constituyen una réplica exacta».

Aunque soy un entusiasta del género «murga», siempre me preocupó que basarán sus obras (letras) en músicas ajenas y no sólo esta vez se producen «réplicas exactas» de alguna obra conocida, popular o no.

También muchas veces se imita a cantantes o conjuntos en el estilo y/o en los arreglos.

Esto, que la mayoría de las veces es aplaudido a rabiar por el público, no deja de ser una imitación, un género que fue muy utilizado a mediados del siglo sobre todo en los teatros de revistas o entremeses de bajo valor artístico y musical. Era común en aquella época que se montaran espectáculos que consistían solamente en que un cantante o conjunto exhibía a veces prodigiosamente imitaciones casi perfectas de voces y estilos de otros, casi siempre populares en su tiempo. Diría, sin temor a equivocarme, que el cantor más imitado por aquellos tiempos era Alberto Castillo, por ese raro estilo que supo imponer con su hermosa tonalidad de voz, y el otro que no faltaba era Al Johnson, «el blanco que cantaba como negro», pero que ayudó a popularizar el blues.

A mi modo de ver esto va en detrimento de la murga en cuestión y de los músicos locales en general, ya que creo que bien podría «el letrista no olvidar que en nuestro medio existen excelentes compositores» que podrían complementar su obra con músicas y arreglos originales y de hecho los hay y los hubo siempre, como el gran Ramón Collazo o Adolfo Mondino e incluso el «maestro» Gerardo «Hernán» Mattos Rodríguez (otro «Becho», pero no el del violín), que en colaboración con las originales letras del inolvidable Víctor Soliño nos dejaron excelentes obras musicales como los tangos «Niño bien», «Maula», «Garufa», «Adiós mi barrio», etcétera. No me puedo olvidar lo que pasó con «La Cumparsita», «el himno», que en Buenos Aires alguien le «robó» la música a Mattos Rodríguez, le pusieron otra letra y anda por el mundo interpretada por toda orquesta que se precie y anunciada como tango argentino (y hasta le cambian el nombre y dicen «Si supieras»), compuesto por el también argentino Pascual Contursi, al que agregan, no todas las veces, a Enrique Maroni. Pocos se acuerdan del compositor, pero todos quieren lucirse y cada vez le agregan más arreglos y fiorituras (variaciones, que le dicen), tanto en el piano como en el bandoneón como a ningún otro tango u otra clase de música. Aunque Astor Piazzola, que lo interpretó como el que más varias veces en sus espectáculos, dijera que musicalmente era una composición demasiado simple y «el peor de los tangos». Pero «La Cumparsita» es uruguaya.

Gardel no sé. Bueno, me gusta la murga, me gustan sus letras llenas de buenas intenciones, pero me gustaría más que se basaran en composiciones, arreglos y e
stilos originales. Eso sería también aumentar la «mano de obra» de nuestros compositores.

HERNAN  – [email protected]

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