SANAMENTE

«Ese es mi pollo…»

JUAN ESTA FUERA DE SI, NO LE ALCANZA LA VOZ PARA GRITAR QUE MATI ES EL GOLEADOR DEL EQUIPO. EL ORGULLO LE SALE POR TODOS LOS POROS Y POR DONDE VA NO PIERDE OPORTUNIDAD PARA CONTAR LAS HAZAÑAS DE SU HIJO.

Mati empezó de chiquito en el baby fútbol, hoy es toda una promesa de tan solo 10 años. Juan no puede dejar de soñar, ¡el nene en un cuadro grande!, con contratos en el fútbol internacional al igual que Maradona, Messi, Forlán. Quién sabe hasta dónde llegará. Ël estará ahí para gritar goooool y decir: «Ese es mi pollo…». Es el sueño de su vida.

Juan se sumerge en un mundo de recuerdos de su infancia. Una mezcla de angustia y rencor le golpea el pecho. Aquellos días, su padre no lo dejaba salir a practicar. Debía estudiar. Claro, ahora tiene un título y trabaja en la rutina de un escritorio, lejos de las glorias que él se merecía, y de las que con seguridad podía conquistar. Está frustrado, sólo lo estimula la esperanza de que Mati lo reivindique con la vida. Ël será un gran jugador, él cumplirá sus sueños.

Todos los días de la semana, está pendiente de Mati, lo que come, cuánto duerme, cuánto entrena. No le pierde pisada. Hoy, como todos los domingos, está al borde de la cancha. No se perdería un partido.

De pronto, Mati pierde una pelota que podía ser un golazo… «Anormal, infeliz, yo te dije que no estabas haciendo las cosas bien». Los insultos van en aumento. Están marcando a Mati y nuevamente perderá la pelota. «Matalo, matalo, hijo de… , no seas cag.. «, «bueno para nada».

Ha finalizado el partido. Los insultos y maldiciones no tienen límite. Mati se acerca cabizbajo, sabe lo que le espera.

 

Comentario:

Suele ser frecuente el intento de algunos padres de cumplir sus sueños a través de la vida de sus hijos.

Tal es el caso de Juan que pretende redimir su propia frustración, acicateando a su hijo para que sea el jugador de fútbol que él no pudo ser.

La presencia de padres en las canchas de baby fútbol a priori podría hacer pensar en una estimulante relación de acompañamiento de las actividades infantiles. Es decir, un espacio de tiempo compartido entre padres e hijos, en forma saludable a través de un deporte.

Sin embargo, en la medida en que transcurre el partido, la pretendida relación saludable va dando lugar a un manto de violencia que empieza a cubrir la cancha.

Muchos padres, casi en forma desaforada, presionan a sus hijos con insultos y gritos para que consigan la victoria, los alientan además a vencer a sus «rivales» con acciones violentas. Pretenden sin duda «apoyarlos» en su incipiente carrera deportiva. Es tal vez un intento de impedir la frustración de perder un partido. Sin embargo, la presión ejercida y la forma en la que se los alienta a redoblar esfuerzos se torna en un maltrato psicológico y, en muchos casos, físico.

El tema de la violencia es en estos tiempos parte de la agenda cotidiana de nuestra sociedad, obligando a intentar variadas hipótesis que pretenden desentrañar las causas íntimas de tal escalada de violencia.

Más allá de las responsabilidades institucionales, es hora de empezar a ver en cada uno de nosotros, aparentemente pacíficos ciudadanos, la gota de violencia que se suma a otras formando así un mar de violencia que se despliega en distintas formas y situaciones.

El caso de Juan es simplemente un llamado a la reflexión de una forma de violencia, que pasa desapercibida por la frecuencia con que la sociedad contacta con situaciones parecidas. Por ello las mismas son casi parte de un paisaje cotidiano y no generan respuesta alguna de parte del entorno que asume que así debe ser, que no hay otras formas de estimular a los hijos para que se superen. Los gritos y los insultos en ese encuadre parece que son naturales y no es posible esperar otra cosa.

Es así que la violencia ha anulado la capacidad de reacción saludable, en la que tales formas de conducta no podrían ser toleradas, al punto que se han «normalizado». Sin embargo, esta pretendida generalización aceptada por un entorno no reactivo encubre una de las tantas formas de generación de círculos de violencia «aprendida». No nos extrañe que luego nuestros adolescentes avancen un paso más en las muestras de violencia. Son sólo algunos escalones de diferencia en la escalada de una violencia presente desde la infancia, en circunstancias que parecen saludables: un deporte y un momento compartido entre padres e hijos.

Es sólo un aspecto de la violencia, que como en el caso de Juan, nace en la frustración de un sueño personal que es depositado en las espaldas de un hijo, que debe resarcir a su padre por conquistas y lauros no obtenidos. Salvo en la fantasía, es imposible pretender reparar a través de un hijo la frustración personal. Se torna inevitable una nueva frustración que se vuelca en irritabilidad, rabia y diversas formas de maltrato.

Es sólo cuestión de tiempo. Este modelo se reproducirá fatalmente con una fuerza mayor atrapando a más y más personas en la descarga de más y más formas de violencia. La frustración sin herramientas personales para superarla, sin entornos favorecedores de alternativas saludables, la ausencia de esperanza de posibles éxitos y la carencia de fortalezas para lograr objetivos deseados son el caldo de cultivo para disparar situaciones de violencia.

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