Retroceso de medio siglo. De un plumazo pretenden acabar con la modernización de las comparsas

Dios Momo perdona al que escribió el reglamento de Negros y Lubolos

Las comparsas de negros y lubolos constituyen la categoría más añeja de nuestro Carnaval y es una de las que ha tenido una notoria evolución en los últimos años.

Si bien existieron algunos enfoques renovadores en los 70 y 80, con títulos como Serenata Africana, Marabunta o Concierto Lubolos, en los 90 se profundizaron, principalmente de la mano de Yambo Kenia.

Ya en los 2000, se tornó frecuente concluir que los mejores espectáculos de Carnaval se encontraban en esta categoría, gracias a las estilizadas propuestas de sus cultores: C 1080 (que hasta nos regaló un maravilloso circo), Kanela, Sarabanda, Serenata Africana, lo que significó Estrellas Negras es su corto periplo, Mi Morena o la ya citada Yambo.

Hasta la más humilde de las actuales haría palidecer de envidia a las mayoría de otrora, por la aceptación que tiene entre el público en el presente. Una frase muy escuchada en los 80 era: «Cuando vienen las comparsas la gente va a comer un chorizo». ¡Cómo han cambiado los tiempos! Aludiendo al nuevo reglamento, un director actual comentó: «Parecería ser que lo escribió el concesionario del Teatro de Verano».

 

¿Letra fría o sensatez?

Lo cierto es que, a través de sus extensas definiciones (10.652 caracteres, es decir cuatro artículos similares al que está leyendo) se nos da una clase de historia detallando cómo eran las comparsas de hace medio siglo, pidiéndole al jurado aplicar criterios que realmente nos asombran. Por ejemplo al de Puesta en escena y movimiento escénico, lo único que se le pide es que ponga especial atención en la utilización de los símbolos (estandartes, banderas, media luna o estrellas), algo como para matar de un infarto a Trochón, Outerlo, Coletto, Coco Rivero o Angela Farías, como si nada más ocurriera sobre un escenario durante sus actuaciones…

El autor de dicho reglamento parece olvidarse de esos nombres o los de Da Luz, Bednarick, Balta, Andrés Varela, Schellemberg, Rigaud, Pino o tantos otros, que han sabido regalarnos cuadros cargados de sensibilidad y emotividad, realzados por trabajos colectivos, con una conjunción entre diferentes estilos de danza y fusiones de ritmos musicales, con un lucimiento del vestuario, en un entorno escenográfico y un tratamiento lumínico capaz de recrear las más diversas sensaciones, desde un alumbramiento, pasando por un amanecer en Casapueblo o el derrumbe de un conventillo.

Si no conoce a Gustavo Berlangieri, tal vez pudiéramos presentárselo: es un joven escobero que revolucionó dicho arte, no con una sino con una multiplicidad de escobas. Fue la revelación del 2000 y desde el 2003 hasta el presente ­con excepción del 2006- siempre ha ganado la mención especial destinada al mejor.

Todas las comparsas del año pasado, sin excepción, deberían ser descalificadas con el reglamento actual. Qué dilema tendrá el jurado aplicar la letra fría de ese reglamento o dejarse llevar por la sensatez.

La calidad de las comparsas del presente no merecía esta afrenta, que denosta ese respeto que se supieron ganar ante el soberano, a base de su talento.

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