CAFES DEL VIEJO MONTEVIDEO
Vivencias y personajes que palpitaron a fuerza de mostrador, un pocillo, la ginebra y el saludo de una época en la que te miraban a los ojos y apretaban bien fuerte la mano. Por la Plaza Independencia estaba «El Antequera», lleno de guardas y choferes de los ómnibus nocturnos mezclándose con los timberos que le daban a la generala en las mesas del fondo. Cerquita, «Las Cuartetas», con una entrada por Andes y la otra hacia la Plaza. Sus parroquianos miraban con disimulo a las recién llegadas minas del Centro, que rendían cuentas ante sus serios cafiolos peinados a la gomina y con la cara marcada por cicatrices o la viruela. Ahí aparecieron las primeras maquinitas traganíqueles que mostraban fotos de chicas con menos ropa que Eva antes de morfar la manzana. Por Colonia y Andes estuvo «El Derwy» y por Andes casi 18, «Los veteranos», dos boliches donde abundaban los datos bien posta de «la biblia burrera» que sus parroquianos veneraban con litúrgica devoción. Hasta llegaba algún pituco del linajudo Jockey Club de a la vuelta, porque en esos dos cafés había tipos que sabían demasiado de burros y sus nocivos hábitos de «ir al bombo». Boliche de periodistas fue «El Café Montevideo», frente al matutino «El Día», donde una vez el gran Paquito Bustos cenó con el director Luis Batlle, con los curiosos amontonados en la ventana. Similar fue «El Café Armonía» de la Plaza Independencia, que de tardecita se llenaba con los actores que trabajaban en los radioteatros de la Radio Nacional del Palacio Salvo y alternaban con los periodistas de «El Diario» y de «Acción», que nunca faltaron en sus mesas. El «Boston», de Andes y Uruguay, tenía enormes proporciones, con unos billares donde se jugaba por plata con un entusiasmo que hasta llegó a veces a la crónica roja. Como la enorme bronca que se armó cuando se enfrentaron «El Lagarto» Pérez de la Aduana y «Lopecito», que se decía porteño pero muchos sabían era de Las Piedras. En sublime paradoja, en ese «Boston» tomaban café con leche con masitas muchas señoritas del cuerpo de baile del Teatro Urquiza. Más cercano en el tiempo y sin la timba de los billares fue «El Gran Castro», cuando nació El Estudio Auditorio y en sus mesas estuvo una peña exclusiva de músicos presidida por el gran maestro Hugo Balzo. Al inaugurarse una terminal de ómnibus en Arenal Grande y Mercedes apareció el llamado «Bar del Control». En las madrugadas fue punto de encuentro de noctámbulos muy jóvenes y unos veteranos de modales muy delicados. Los baños de caballeros de «El Control» y su emblemático bar sirvieron para fugaces encuentros de personas que lucharon por su diversidad. En el Viejo Goes, el café «El Faro» de Garibaldi y General Flores reunía a tacheros de la noche y a los hinchas de la IASA, que tenía su antigua sede casi al lado.
Por la Estación de tranvías y luego trolley buses de Goes existieron boliches de pura cepa barrial. «El Llano», «La Flor de Goes», gran parrillada, el «Caballero» y el «Vaccaro», que aún existen. Al lado de la rotisería de Bianchi y sus ricos pollos al espiedo estuvo la cervecería del amigazo Robinson con sus húngaras a la plancha, que nada envidiaban a las de «La Vascongada». Por el Bajo montevideano, «El Hacha», de Buenos Aires y Maciel, fue la síntesis de muchos almacenes que eran también un café por su tradicional mostrador al costado. Los parroquianos de la Ciudad Vieja y el Barrio Olímpico compartían sus mesas fraternales con personajes como aquel «gallego» que boxeaba guapazo llamado Dogomar. Por Agraciada y Asencio estaba el «Café La Recalada», con la presencia del gran Mariscal Nasazi y, a la vuelta, el popular «Rama» con el boxeador Toto Feans. Un brindis a la salud del viejo Montevideo. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.
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