LOS REYES MAGOS EN EL CONVENTILLO
Estaban abiertas hasta muy tarde esa noche de Reyes vendiendo muñecos, hamacas, baleros y otros juegos de colorida madera. Los vecinos que vivían en el conventillo de Sierra casi Paysandú cortaban camino bajando una escalerita que tenía el puente de la calle Galicia.
Por las calles, apenas algún ómnibus solitario y cuando empezaba a clarear veíamos los primeros tranvías mañaneros. En el Bar de Cancela, los trasnochadores se confundían con los laburantes madrugadores que llegaban a garronear el diario mientras tomaban el cafecito. «¡Che! ¿Qué te dejaron los Reyes?», era el recibimiento a los que entraban con sus mamelucos de trabajo y camisas a cuadros. A media mañana, el conventillo era puro revuelo. Los Reyes habían dejado una hamaca de madera en el gran patio central, también pelotas de fútbol y un futbolito. Los pibes de las piezas de arriba vichaban con ojos grandotes. Bajaban, a los saltos, la escalera de metal haciendo retumbar los escalones y despertando a los inquilinos que aún dormían.
Al ratito, el grito de ¡gol! de los botijas que habían armado un partido con la flamante pelota. Usaban como arcos a los dos piletas de lavar del fondo, al lado del famoso clavel del aire que trepaba la descascarada pared.
Las doñas lavanderas llegaban entre risas, susto y apuro sacando la ropa colgada de las piolas para que no se mancharan con algún pelotazo. A eso del mediodía, entran unos amigos del popular vecino «El Chiquito» Roselló, baterista de Los Asaltantes con Patente y se arma un picoteo de longaniza, quesito y mucha caña con vermut. Era Reyes y en ese conventillo del viejo Cordón al igual que en los del Sur y Palermo, los vecinos negros también festejaban a San Baltazar, el Rey Mago protector de su linda raza. Las comparsas del barrio hacen sonar sus tambores en la puerta de «el convento» y desde ahí recorren las calles con sus tambores. La carnicería de Boris quedaba abierta ese día pues nunca faltaban los rezagados para comprar una tirita de asado.
El panadero, don Bottarini, también dejaba abierto su negocio hasta muy entrada la tarde vendiendo a los vecinos su apetecible pan y su especialidad con dátiles. La culminación de ese día de Reyes en el conventillo más grande del Cordón era un gran baile organizado en su tradicional patio central. Todos los inquilinos ayudaban a correr los macetones llenos de flores y sudando la gota gorda ubicaban contra la pared a las pesadas piletas de lavar. Tener más lugar para el bailongo era la meta y los ocupantes de aquellas piezas colaboraban entusiasmados. Las comparsas candomberas habían creado el ambiente propicio y a eso de la tardecita comenzaba a sonar una pequeña orquesta y también un equipo sonoro que pedían prestado a la cantina del Club Cordón. Parejas bailando, los infaltables mirones que «planchaban» olímpicamente y se consolaban dándole de punta al clarete bien frío de unas damajuanas que los veteranos rodeaban con bolsas de arpillera y barras de hielo. A ese baile del conventillo de Sierra, llegó muchas veces el gran cantor Carlitos Roldán que aunque no era del barrio igual amaba mucho al Cordón. Se acompañaba de un guitarrero y entonaba un par de canciones para sus amigos del conventillo. Un pibe con un muñeco de trapo del Gato Félix está sentadito en el suelo. Reyes Magos en el viejo Cordón y su inolvidable conventillo de Sierra. Tambores, tangos y los niños negros y los blancos juegan en su patio diciéndonos a todos que aún es posible la paz y la fraternidad entre las razas. Con mas recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.
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