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POSTALES DE LA NAVIDAD

El catálogo del London-París tenía varias páginas dedicadas a la Navidad. Ropas, «mecanos» y otros juegos al lado de bellísimas muñecas de porcelana. Los vecinos recorrían la Feria de Yaro para comprar el muérdago que colgaban en todos los rincones de la casa. Las vidrieras de 18 y sus grandes tiendas lucían hermosos pinitos naturales con sus velas de cera. El Bazar Mitre ofrecía espectaculares colecciones de porcelanas y cristalerías alemanas junto a su famosa y exclusiva especialidad en juguetes. Eran los famosos soldaditos de plomo que en ese bazar de 18 y Convención se encontraban formando colecciones muy requeridas. Ahí apareció por primera vez la novedad de esos soldaditos recreando batallas históricas como la de Waterloo y también episodios de la guerra civil norteamericana. La Joyería La Lira ofrecía un regalito que las niñas pedían sin parar a sus padres. Fue una delicada muñequita de porcelana que esa joyería importó con exclusividad y le hizo una entradora propaganda en revistas como El Mundo Uruguayo. Esa muñeca estaba vestida con un exquisito kimono, recibía el nombre de Butterfly y le rendía homenaje a una famosa obra musical que había agitado a todo Montevideo cuando la presentaron en el Teatro Urquiza. En la puerta del Bazar La Sensación, de Andes y Soriano, había muchos pibes con sus judas de trapo que llegaban desde los barrios Sur y Palermo pidiendo el clásico «vintén» de la Navidad. Es que ese comercio tenía un perfil de ofertas económicas dedicadas especialmente a las clases más humildes. En su puerta había aglomeraciones de gente que sabían que ahí estaban los mejores precios en juegos de vajillas que en otros lados eran inaccesibles a sus bolsillos de laburantes. El enorme edificio de Introzzi, a pasitos de la Estación de Ferrocarril, era adornado con luces que parpadeaban en esas noches previas a la Nochebuena. Por el Paso del Molino, la antigua Tienda Salvo también ofrecía regalos a precios muy módicos lo mismo que en el barrio Bella Vista el gran Bazar Sande que vendía a los vecinos sus exclusivos chirimbolos para el arbolito. En la Unión, los hermanos Falco en su comercio de 8 de Octubre y Navarro siempre por estas fechas se destacaban por sus ofertas al alcance de los bolsillos más flaquitos. La Navidad de antaño fue una fiesta de luces y tremendas explosiones. A la medianoche reventaban los muñecos «judas» llenos de petardos. Ardían entre grandes explosiones que se repetían en las impresionantes bombas de estruendo llamadas «revienta portones».

Al Judas ardiendo se acercaban muchos vecinos, la mayoría inmigrantes europeos, que arrojaban al fuego unos papelitos con el nombre de los temidos «jettatores», o sea los vecinos que según ellos traían mala suerte al barrio. Esa costumbre con el tiempo fue asimilada a la usanza montevideana y algunos fanáticos futboleros llegaron a arrojar a esas llamas de los judas el nombre de los jugadores del cuadro enemigo al equipo de sus amores. Contra ese hábito tan supersticioso despotricaban de lo lindo los curas en la Misa del Gallo que, aunque eran en latín, los sermones se hacían en español. El espíritu de la Navidad se notaba hasta en los tranvías donde los habituales pasajeros hacían regalos a esos trabajadores que los habían llevado y traído a lo largo de un año. Al costado de «el motorman» o conductor ponían una canasta de mimbre y los pasajeros la llenaban de turrones y ricos budines. Postales de la Navidad de antaño. A medianoche, los vecinos de la cuadra que eran como una gran familia se abrazan y brindan con una sidra casera de rechupete. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.

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