Escuela 198: la historia de los niños que miran con el alma
Este artículo tal vez no fue escrito para usted, lector que puede leer el diario. Lástima que los periódicos no se escriben en Braille, para que tengan alcance para todos.
Los niños de la escuela 198 demuestran que pueden hacer más que mirar. «Las manos hablan», dijo Sara Nolla, directora a cargo de una escuela pública de Montevideo, la ubicada en Paso Molino, que el pasado viernes festejó el 50 aniversario no sólo del centro educativo, sino de la oficialización de la educación para ciegos en Uruguay.
Es cierto que las manos hablan, las que utilizan para identificar objetos o palabras, en el caso de una joven ciega y sorda, alumna de la misma escuela. Las manos de Karen, que se agarran de las de su maestra para desplazarse por el salón de actos. Las manos de Ezequiel, que sueña con ser periodista, y que a pesar de su discapacidad nos invitó a chatear por escrito a través de la pecé.
Las manos de Libertad, una ex alumna que canta con su voz de soprano una pieza de Bellini, con piano y sin micrófono. Las manos de Marcel, un concertista de guitarra que interpretó su propia versión de La Cumparsita. Todos ellos no ven pero miran; hacen con el resto de sus sentidos lo que con los ojos no pueden.
Los mismos derechos
La escuela 198, que cuenta con 64 alumnos (hay 50 más integrados en escuelas comunes) fue fundada por María Antonia Mintegui, una maestra distinguida en el acto. Una ex alumna, la doctora Roxana Palacio, apoyada por un guión escrito en Braille, recordó a la maestra como alguien «que nunca dejaba de creer en las personas ciegas». Hoy, son 17 los maestros de la escuela (además de 5 profesores de talleres y 3 que se desempeñan en el Cachón).
Las escuelas especiales para niños con discapacidades esperan la llegada de las computadoras del Plan Ceibal, que en el caso de los niños ciegos tendrá programas especiales para utilizar los mismos recursos educativos que el resto de los escolares. En la escuela 198 ya aprenden computación y trabajos manuales-artísticos. A su vez, se guía a los padres.
En un video transmitido en el acto se reseñaban los logros de los niños, desde dibujos, a puestas en escenas de obras teatrales. También escriben a máquina para generar textos en Braille, o se divierten en la hora del recreo, como todos los niños.
Lo que hay en el corazón
Karen (11) sonríe y de vez en cuando se acomoda la moña, se detiene por los nervios de la entrevista, y sigue adelante. Está en cuarto año y dice sentirse «muy contenta porque aprendo muchas cosas, en realidad la escuela es la que me pone muy contenta».
Karen aprendió a escribir en computadora, en Braille, y a usar el bastón que le permite una mayor libertad. «Sola puedo caminar, pero tengo que ir con una guía. Aprendí orientación y movilidad que me sirve para independizarme, ya que todos tenemos un futuro por delante y no podemos estar toda la vida tomados de la mano de quien está al lado nuestro», dijo. A Karen se le preguntó qué mensaje tiene para aquellos niños que pueden ver. «No importa si uno puede ver o no puede ver; lo que importa es el corazón y lo que está dentro de cada persona», contestó.
Ezequiel, el comunicador
Ezequiel no tiene ningún inconveniente en decir lo que piensa. «Tengo 14 años en este planeta tierra», dijo mientras las maestras sonrieron con una mezcla de orgullo y fascinación. «Quiero ser comunicador y creo que puedo tener un futuro como diplomático, aunque el futuro puede surgir tal como nunca imaginamos». Palabras de un joven con una vocación adquirida por su propio padre, que, contó, es productor en medios de comunicación.
Ezequiel viajó a Cuba para someterse a una operación en la que, dijo, «tuve buenos resultados, por eso me tomé un año sabático». Explicó que puede ver «algo, no mucho, pero de un solo ojo». Es consciente de que no podrá, en un futuro, trabajar manejando dinero, «pero podré hacer otras actividades como cualquier otra persona», afirmó.
Claro que Ezequiel puede realizar muchas cosas que quienes vemos normalmente no sabemos, como leer en Braille. «Por eso nunca hay que bajar los brazos», dijo, mirando desde la esperanza.
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