ANALISIS

El cambio climático y los perdedores del mañana

El mundo enfrenta una crisis económica de envergadura que dice relación con prácticas financieras incorrectas que han canalizado enormes recursos hacia la especulación. Esto acarreará, entre otras cosas, una relajación de las medidas para reducir los nocivos impactos sobre el calentamiento global.

No obstante, bien vale hacer presente los efectos económicos que este fenómeno global tendrá en la sociedad humana, con el fin de evitar decisiones que puedan agravar la situación de penuria económica que siempre está presente en la conciencia universal.

Una cantidad creciente de evidencia práctica y teórica indica que el estado climático global ha sido perturbado por la expansión económica, porque desde el comienzo del siglo XVIII, la sociedad moderna inició el uso masivo de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas, que poseen grandes cantidades de carbono liberado a la atmósfera en el proceso de combustión.

La evidencia científica indica que la temperatura aumenta y muestra una tendencia al calentamiento de 0,6 grados. Hoy sabemos que el nivel actual de gases de efecto invernadero en la atmósfera equivale a unas 430 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono, en comparación con las 280 ppm estimadas para el período anterior a la Revolución Industrial.

La Unión Europea (UE) calcula que los rendimientos agrícolas podrían caer entre 1,9 por ciento y 22,4 por ciento en el horizonte del año 2080 en los países del sur de Europa, y pronostica para entonces unas 86.000 muertes anuales adicionales en el conjunto del bloque, a causa del calor.

En Wall Street se cree que un huracán tan destructivo como el Andrew (1992) que golpeara a Miami, representaría daños equivalentes a un tercio del capital del sector de los seguros contra accidentes.

La Organización de las Naciones Unidas prevé que las sequías afectarán mayormente a la población desnutrida del mundo, calculada en unos 830 millones de personas, que se compone de pequeños agricultores, ganaderos y trabajadores de granjas.

Las proyecciones para las áreas del este de ¡frica que dependen de las lluvias, que ya están sufriendo sequías y hambrunas, indican pérdidas potenciales de rendimientos de 33 por ciento para el maíz.

Doscientos millones de personas se verán desplazadas por el aumento del nivel del mar y se estima la desaparición de un sexto de la población mundial, es decir, 1.000 millones de habitantes. Así también podría desaparecer entre 15 y 40 por ciento de las especies, y las poblaciones de peces se verían severamente amenazadas.

Los pobres del mundo serán los más afectados, y el cambio climático constituye una seria amenaza a la posibilidad de reducir la pobreza.

Según el Instituto Alemán de Investigación Económica, las catástrofes naturales de los últimos 10 años han causado daños equivalentes a más de 330.000 millones de dólares. Esta cifra es seis veces superior a los daños registrados hace 50 años, y los costos para las aseguradoras se han multiplicado 10 veces en ese lapso.

El Informe sobre la Economía del Cambio Climático, realizado por Nicholas Stern, ex economista jefe del Banco Mundial, sostiene que el costo de la inacción sería de entre cinco y 20 por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial. El calentamiento climático sería más dañino que la Primera o la Segunda Guerra Mundial, y podría despertar una crisis equivalente a la gran depresión de 1930.

Según Stern, cuatro son las formas de bajar las emisiones de gases invernadero: reducción de la demanda de bienes y servicios intensivos en emisiones, aumentar la eficiencia energética, evitar la despoblación forestal y usar tecnologías más bajas en emisiones de carbono.

Esto podría crear nuevas oportunidades en una amplia gama de industrias y servicios ya que, para 2050, es probable que los mercados de productos energéticos bajos en carbono tengan un valor mínimo de 500.000 millones de dólares anuales y más.

Por otra parte, la erradicación de las ineficiencias energéticas abriría oportunidades de ahorro a las empresas, eliminaría los subsidios que producen señales económicas equívocas y que cuestan anualmente a los gobiernos del mundo unos 250.000 millones de dólares, además de reducir el costo por enfermedades y mortalidad debidas a la contaminación del aire.

Uno de los principales instrumentos económicos que propone Stern es el establecimiento de un precio para el carbono, mediante la imposición de impuestos o regulaciones.

En términos económicos, los gases invernadero son una externalidad negativa, es decir, quienes producen emisiones de gases invernadero están contribuyendo al cambio climático e imponiendo un costo no menor al mundo y a las futuras generaciones, sin que por ello tengan que hacer frente plenamente a las consecuencias de sus acciones.

La asignación de un precio apropiado al carbono –a través de un impuesto, por ejemplo– significaría hacer pagar a los emisores de dióxido de carbono el costo que le traspasan al mundo.

Otras medidas que propone Stern tienen relación con políticas que apoyen el desarrollo de una gama de tecnologías altamente eficientes y bajas en carbono, así como políticas orientadas a eliminar las barreras al cambio de prácticas y costumbres, como aquellas que impiden el uso masivo de energías renovables.

Lo interesante es que, a pesar de los enormes costos que estima Stern, no hay una mirada catastrofista, y sostiene que reducir las emisiones de dióxido de carbono ahora representaría un costo de solo uno por ciento del PIB.

El calentamiento global es un problema grave, pero también nos abre oportunidades para inducir los cambios necesarios en pos de un orden mejor y más seguro, no sólo para el 10 por ciento más rico de la humanidad, sino también para los pobres, que, en las actuales circunstancias, con o sin cambio climático, son los perdedores del mañana.

* El autor es economista de la Universidad de Chile. Derechos exclusivos Tierramérica.

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