EL MUCHACHO DE LAS PIEDRAS
Un 27 de noviembre de hace 44 años, el Varón del Tango se piantó a cantar allá arriba. Al poco tiempo de su desaparición física, un grupo de allegados comenzó una original colecta. Estaban dirigidos por la comentarista Lilián, que desde su audición de radio convocaba a que los admiradores de Julio trajeran todo tipo de objetos de bronce. Es que le querían levantar un busto en su ciudad natal de Las Piedras y al carecer de medios económicos se organizaron en esa gran cruzada tanguera.
También desde las páginas de la revista «Cine, Radio, Actualidad», la misma Lilián, sumada a periodistas como Avlis y Nelson Nelson, solicitó incansablemente más bronce.
El apoyo del pueblo fue tan grande que en lugar de un pequeño busto pudieron levantar una estatua. Julio Sosa había comenzado a soñar con ser cantor en Las Piedras cuando era un muchacho muy pobre. Se acercaba casi a diario al Bar Continuado, cuyo propietario luego sería su mejor amigo, el popular Cacho Maggiolo, y ahí cantaba por unas monedas y un plato de comida.
En un bailongo de bravo ambiente llamado Los Rosales, cuyo dueño era un jockey de Las Piedras, fue descubierto por el buscador de talentos y pionero de la radio, don Agustín Pucciano. Lo trajo a cantar a Montevideo a un certamen de cantores que el mismo Pucciano organizaba en el Café Ateneo de la Plaza Cagancha. Julio cantó y ganó muy seguido en ese sitio lleno de noctámbulos, bohemios e intelectuales tangueros. Ahí lo escucharon los directores Carusito y luego Hugo Di Carlo, quienes lo invitaron a que cantara con sus afamadas orquestas.
A ese muchacho de voz grave y que al saludar apretaba muy fuerte la mano le tuvieron que prestar un saco para que se pudiera presentar junto a esas cotizadas orquestas. Le comenzó a sonreír la fortuna cuando lo contrataron para un pequeño ciclo en la enorme fonoplatea de El Espectador. Luego, incentivado y con el apoyo económico de sus amigos Pucciano y Maggiolo, sigue el camino de otros cantores como Carlitos Roldán y se interna en la noche de Buenos Aires.
Canta con varias orquestas de primer nivel pero es con la típica de Leopoldo Federico que alcanza su plenitud como artista. Julio comienza a brillar a la par de estrellas como Edmundo Rivero, Floreal Ruiz y Susi Leiva. Fueron días en que el tango debe luchar con la llamada Nueva Ola representada en el Club del Clan que le iba quitando espacios a la música nacida en los arrabales rioplatenses. El muchacho de Las Piedras es uno de los abanderados en ese enfrentamiento y canta un emblemático tema titulado «El Firulete». Era una letra en la que muy irónicamente y con gran «carpeta lunfarda» se satirizaba a la Nueva Ola. Por esos años los éxitos de Julio Sosa llevan el nombre de «Madame Ivonne», «María», «La casita de mis viejos» y «Nunca tuvo novio». Ya consagrado, Julio realiza por la vieja Saeta un ciclo titulado «Noches de Gala Manzanares», en el que conmueve con sus poemas que recita entre canción y canción. Por los carnavales es contratado para cantar en los legendarios bailes del Sud América, donde con su presencia llena la enorme sala llamada «La Popular».
Una de esas noches, Julio no aparecía y la sala desbordaba de público que coreaba su nombre. Salimos a buscarlo pues trabajábamos de «animador» en ese baile y lo encontramos a un costado de la puerta de entrada charlando con los vendedores de flores, los canillitas y los lustradores de calzado a quienes siempre ayudó fraternalmente. Es que por más espectacular que fue su éxito como estrella tanguera, nunca dejó de ser aquel humilde muchacho de Las Piedras. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.
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