Cinco uruguayos, cinco alfabetizados
En la Escuela 110 hasta el otro día no se escuchará más las risas de los pequeños en el gran patio de la escuela Fernán Silva Valdez. Las palomas se divierten con las miguitas del recreo de la tarde. La auxiliar de servicio comienza sus tareas. Y allí llega Yeny, con su bastón ayudando a su pierna derecha, y la mano izquierda tratando de limitar la molestia del sol.
Yeny
Tiene la cadera operada y de lunes a jueves camina unas cuantas cuadras para llegar a la Escuela. Luego de ver en un canal de cable que en Uruguay se implementó un plan de alfabetización, concurrió al Mides para inscribirse. «Estaba muy nerviosa porque no me llamaban», explica con una sonrisa que contagia al resto. Es que el Plan de Alfabetización, «En el País de Varela: Yo sí Puedo», en su tercera implementación (la primera fue un plan piloto en 2007) demoró debido a la designación de recursos por parte de la ANEP para pagarle a los maestros. Luego de varias fórmulas, tras algunos meses de retraso, comenzó a mitad de año a implementarse en todo el país para casi 3.000 personas. Yeny, como otros cientos de inscriptos esperaron a ser llamados. «Por fin me avisaron y ahí sí comencé», mientras agacha la mirada, y el lápiz parece acariciar su cuaderno, alternando una letra, con un repaso de la goma de borrar, pero escribiendo al fin.
Rosa
Las divisiones la concentran. «Ella necesita seguir practicando la lectura y la escritura, porque ya venía con un conocimiento previo. Los cuatro alumnos, al principio de la clase (aún no había llegado Mario), formaban una hilera que desde la ventana y hacia la puerta comenzaba justamente con Rosa, de 59 años, de un humor implacable, y a veces despertando tenues enojos cuando las cosas no le salen. Llegó al Plan gracias a pertenecer al programa «Trabajo por Uruguay», y de inmediato se interesó por esa propuesta que era «aprender a leer y escribir, y además para seguir estudiando». Al costado del cuaderno una carta que le envió el escritor Mario Benedetti al músico Daniel Viglietti. «Yo no sé, pongo esto y me dice que está mal», refiriéndose a la maestra, que le indica que «el motivo de la carta no es el que tu escribiste ahí», por lo que Rosa vuelve a concentrarse, toma el lápiz, lo baja, y ya no solamente lee, también analiza un texto.
Nair
Camina por el frente de la clase como una gran patrona. «Es una gran maestra», desliza Rosa, con el ánimo de destacar el trabajo de Nair. En su primera experiencia en educación de adultos, y el grupo que tiene en la Escuela 110, nos dice: «Me da cada día una satisfacción tras otra, aquí ves los resultados». Primero la maestra les ordena a sus alumnos escribir datos tales como el nombre, apellido, barrio, edad, algo que puede parecer tan sencillo, y que a los alumnos les genera a su vez algo de impaciencia, que Nair con su cálida voz apacigua sin más.
Maestra, acá terminé.
No Rosa, fijate en tu nombre, esa letra al final. Y Rosa sonríe, revisa su hoja y lee en voz alta lo que escribió hasta que encuentra el error que luego es felicitado con un cariñoso «muy bien» por parte de la maestra, que ya se concentra en el cuaderno de Daniel.
Zulma
Es la cuarta desde la ventana, después de Yeny. Comparte con ella la mesa de madera donde el cuaderno parece ser escoltado por una cartuchera, y una bolsita de caramelos que luego abriría para invitar a todos, comenzando por la maestra, y siguiendo por el resto de los presentes. Tiene 66 años y dice recordar toda su vida desde los cinco en adelante. «Recuerdo todo, todo desde los cinco años», describe. Escribe y mira al pizarrón. «mugió el gallo», y las posibilidades de combinación de la letra ge, con vocales que copia acercando cada vez que no entiende algo su cara al cuaderno, estirando el cuello al pizarrón, y allí viene Nair al rescate, como buena maestra explicando nuevamente el ejercicio. «Mirá comienza diciendo Zulma aunque luego invadiría de silencio el salón yo quiero, en realidad, tengo el sueño de poder aprender a escribir, pues quiero escribir mi propia vida en un libro». Luego, la mirada se le escapa hacía el pizarrón pero parece mirar más arriba, donde hay un reloj detenido en una hora cualquiera, junto al trabajo de los niños que un rato antes estuvieron sentados allí, donde ahora están estos cinco adultos aprendiendo a leer y a escribir. Zulma ya está escribiendo su vida, aunque parece no percibirlo. Y sonríe, y el silencio se gana la tarde, pero un lápiz de cae al suelo, aunque rápidamente vuelve adonde debe estar: encima de una hoja.
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