Tácticas para mover las piezas del tablero (y de la vida)
«Cuando uno juega al ajedrez tiene que medir las consecuencias de cada movimiento. Tiene que ver qué hay para ganar y qué hay para perder. Y eso lo podés traspasar del juego a la vida». Así se presenta Matías, uno de los internos del Centro Nacional de Rehabilitación (CNR), una cárcel modelo donde, incluso, la palabra «recluso» está abolida.
Para Matías, cuya condena «podría terminar en el 2011″ explica su novia el ajedrez es un juego y algo más. También es una posibilidad. Junto con otros cuatro compañeros, el muchacho (que no tiene mucho más de 20 años) había partido, por la tarde, desde Colón donde se ubica el CNR hasta el Cordón. Allí los esperaba un grupo de la academia de ajedrez Nau 64, «una de las más prestigiosas del país», explica Carlos Da Rosa, el docente del CNR. Era la primera vez que el equipo que dirige Da Rosa se trasladaba fuera del recinto para competir.
Por algo será
Da Rosa disfruta de su trabajo. Lo transmite en cada palabra. Uno de los internos del CNR presentes en el torneo recuerda que hace casi dos años, cuando comenzó el proyecto, «Carlos iba sólo por una persona». Con el tiempo, más y más internos se fueron sumando. Hoy por hoy, «una cuarta parte de los internos, entre 25 y 30, juegan al ajedrez». Algo los ha ido enganchando. Da Rosa no tiene dudas. «Es la mejor manera de ocupar el ocio productivo». Uno podría pensar que las palabras del profesor se justifican por su interés de parte. Pero los internos transmiten el mismo entusiasmo.
«Este es un juego para jugar tranquilos. No es para todos los momentos, pero lo mejor que tiene es que es abierto. Armás estrategias. Y no es de azar», dice Wilson, que jugó toda su primera partida de las cinco pautadas para la noche de la mano de su esposa embarazada, y ante la atenta mirada de su suegra.
Que el azar no forme parte del juego es una de las virtudes que todos, docentes y aprendices, destacan sin dudar. «Es que este juego fomenta el pensamiento lateral, no sé si sabés lo que es», expone Matías, que como muchos de los jugadores se ha hecho un experto en el juego. El pensamiento lateral es justamente eso: dejar el impulso de lado y organizar estrategias; medir las consecuencias de los actos con previsión del futuro. Toda una lección.
Da Rosa agrega otras virtudes. «Fomenta el respeto al prójimo: pieza tocada, pieza jugada. Aprenden a esperar su turno. Desarrolla la creatividad, porque nunca hay dos partidas iguales. Y les eleva la autoestima. Cada mes hay un torneo interno, y al final del año el que obtuvo más puntos gana una copa. Y no sólo eso: este deporte era considerado de élite, y todavía es poco divulgado. Estos muchachos no están jugando al fútbol: saben que están practicando una fenomenal gimnasia intelectual».
Especialistas en familia
Da Rosa da 15 horas semanales de ajedrez en el CNR, pero «son muchas más las que los internos se pasan practicando». El profesor, que ha visto incrementado su núcleo de jugadores mes tras mes, les fotocopia libros de estrategias de los más encumbrados campeones de este juego y les proporciona programas para computadoras. Muchos, como Matías, han comenzado a absorber una enorme cantidad de información que los ha convertido en «buenos jugadores», según Da Rosa. Su pasión se traduce, por ejemplo, en interminables partidas, también vía Internet. Así, dos simples aficionados, como Matías desde su niñez o Wilson desde sus años en el Comcar han perfeccionado sus habilidades y se han transformado «en un equipo en el que aprendemos a compartir», como define el primero.
«Ha sido una experiencia formidable. Con ellos estoy sin guardias, por ejemplo. El respeto y la confianza que tenemos es impresionante», indica el docente, que también es maestro. «Quizá mi profesión me ayudó para tratar con gente que, en principio, uno podría considerar diferente. Jamás tuve prejuicios.
De hecho, en el otro lugar donde doy clases de ajedrez, el colegio Elbio Fernández, los niños me preguntan si no me da miedo. Para que vean que no tengo por qué tenerlo, yo les llevo fotos de lo que hacemos. Es una tarea educativa excepcional».
El éxito de la propuesta que Da Rosa atribuye al esfuerzo de Felipe Machín, director de Educación para Jóvenes y Adultos de la ANEP e impulsor de este programa ha contagiado a familiares, que cada jueves, día de visita, comparten las partidas de ajedrez y otros juegos, como el dominó. Sin ir más lejos, la esposa de Wilson, Virginia, también ha comenzado a interiorizarse en este arte de la guerra traducido a un tablero.
Los resultados son prometedores: en las primeras cinco partidas, los jóvenes del CNR vencieron tres y sólo perdieron una. Y no es cuestión de azar.
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