PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

POR LAS CALLES DEL CERRITO

Desde el Santuario Nacional muy arriba, Jesús bendice ese barrio lleno de historias aunque algunas nos sean para nada «santas». Es que como cantó el querido Zitarrosa: «Los boliches del Cerrito, no son para los ricos.» Y así nos pintaba el lindazo perfil laburante de aquellos vecinos que salían de madrugada para los duros turnos de Otonello, Optimo y la Puasa. Muy temprano andaban los carritos de la panadería «1era. Artigas», con sus caballos y cascabeles, trepando las calles de tierra repartiendo el pan caliente. Casas con pequeños portones, hornos de barro al fondo, un tejido de alambre y en el frente las hortensias y los malvones en flor. La fraternidad en ese barrio tenía el nombre de la «Sociedad Filantrópica Cristóbal Colón» que repartía alimentos y tenía un gran comedor gratuito siempre lleno de gente. Los vecinos sabían cuando les sobraba un mueble viejo o un juguete del pibe que si llamaban a «la Cristóbal» muy pronto llegaría su tradicional camioncito para llevarse esas cosas. El amor a la guinda de cuero hizo nacer a varios equipos futboleros. Como el Cerrito, el más viejo nacido por el año 1929 y años después el Rentistas gracias al Turco Esteban Marino y otros parroquianos de los boliches de General Flores e Industria. Y por la brava calle Chimborazo y sus tradicionales canchitas nacieron cuadros que protagonizaron partidos de hacha y tiza en esas guapazas ligas barriales. Los vecinos estaban orgullosos de El Lucero que metía duro y parejo en las tardes del domingo. Y la gente del barrio bancaba a las pendencieras hinchadas visitantes que bajaban a los saltos de los destartalados camiones. Con los cuadros de la Unión había cada bronca de novela y cuando jugaban El Lucero con El Independiente el barrio era una fiesta. El inmigrante español don Casal, que tenía un gran bar en General Flores y Garibaldi, colaboró con el fútbol de la zona y hasta llegó a ser presidente del Club Cerrito. El vecino y propietario de una zapatería en el barrio, Don Esteban Marino llegó a ser una gran juez de fútbol. Arbitró en las canchas de Chimborazo imponiendo respeto de puro guapo que era. Y entre las cajas de zapatos de su negocio tenía colgado en la pared una foto de cuando estuvo dirigiendo un partido internacional donde se destacaba la imagen de un muy joven «Rey» Pelé. Pero como también nos cantaba Zitarrosa: «Los boliches del Cerrito están llenos de milicos, con ropa militar y otros de particular.» Y surgen leyendas de cuarteles, «chinas cuarteleras» y días de vino al por mayor. Por el cuartel de General Flores y García de Zúñiga no había muchos líos , en cambio por los destacamentos de Chimborazo el asunto era de rompe y raja. Es que al lado de esos cuarteles se levantaban unos ranchos donde estaban las llamadas chinas cuarteleras. Un trapo como cortina y atrás esas mujeres en camisón llamaban a la tropa y algún oficial entreverado. Se decía que en su juventud habían trabajado en los cabarets de El Bajo y ahora en su decadencia agarraban para los quecos de Chimborazo. En la puerta había un tipo que le decían «el pesebrero» y ordenaba la fila de los que esperaban aunque ellas se hacía respetar como la vez que le dieron flor de paliza a un sargento que las tiró de galán y no quería pagar. Por los bolichones de San Martín y por Burgues se desparramaban los milicos dándole al trago y en la parte de atrás, entre los cajones y las damajuanas, se agarraban a las piñatas.

El Cerrito tuvo sus corsos barriales que recorriendo Manuel Meléndez y otras, llegaban a General Flores. Ahí en la esquina con Industria se levantaba un gran tablado donde actuaban los Asaltantes con Patente.

En esa murga estaba tocando el redoblante aquel personaje llamado Milonguita, un gran vecino del barrio.

Y en el Bar Sin Bombo esperaba su turno para subir al escenario el recordado «Paco y Pico» un animador entrañable del viejo Carnaval. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.

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