PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

ENTRE HABANOS Y PITILLOS

Abundaban los salones y las llamadas «cigarrerías» que tenían de todo para «el arte de fumar», como estaba escrito en sus vidrieras. Por el Centro estuvo don Luis Mussio con su antiguo negocio que había heredado de su padre que aparecía en un retrato al lado del cantante Caruso. El tenor sostenía un habano y sonreía para todos los que miraban esa magnética foto. Y nunca faltaba quien pedía «un habano como ese que tiene el gran Caruso».

Ese negocio de don Luis Mussio estaba en 18 casi Río Branco y lo mantenían abierto hasta la medianoche. Esa era la hora en que aparecían los noctámbulos fumadores que en la madrugada se reunían en las mesas de cafés como El Monterrey, El Gran Sportman de Ejido, el Montevideo frente a El Día y El Antequera de la Plaza Independencia. En los barrios abundaban los saloncitos que combinaban la peluquería y la venta de cigarrillos además del lustrado de zapatos. En El Reducto, por Caridad y Zapicán, estaba el Salón Astro, muy conocido por los memorables «picados futboleros» que se armaban en su puerta. Ahí vimos nada menos que al campeón mundial el Canario Iriarte, jugando descalzo, como le gustaba. Los caballeros con el pelo recién cortado pitaban un buen cigarro sentados en unos grandes butacones mientras unos pibes les lustraban los zapatos. Otro saloncito de ese ramo fue el Mickey, en Agraciada y Santa Fe, donde concurrían muchos jugadores del viejo y bohemio equipo de Wanderers que tenía la sede a la vuelta. Frente a la Estación Goes, casi pegado al Café Caballero, existió una cigarrería con peluquería que logró sobrevivir hasta entrada la década de los 70. Levantaban quinielas, había un enorme sillón de peluquero y el imán lo constituía la venta de exclusivos cigarrillos americanos. Tanto los linajudos salones del Centro o las cigarrerías barriales tuvieron gran cantidad de clientes en unos días en que se fumaba sin culpas ni complejos. Había infinidad de marcas y entre los tabacos se destacaban el Río Novo, Toro Blanco, Haití, Cerrito, Amerelinho, y el tradicional Puerto Rico de los obreros. Si se elegían los pitillos, ahí aparecían como preferidos por la muchachada laburante el Guerrillero, Récord, Montevideo, y los finitos Oxibitué. Había unos cigarrillos rubios americanos que lucían en sus cajas distintas fotos de artistas de cine como Rodolfo Valentino, Fred Astaire o la bella Gloria Swanson, sin olvidar a la estrella nadadora Esther Williams. Los cigarros de la marca Legión Extranjera, que se decía eran una combinación de «tabacos de Turquía y de Virginia», fueron pioneros en presentar variadas cajillas. Por principios del 40 podían comprarse a precios como 10, 15, 20 y 28 centésimos, según la cantidad que tenía la caja. Si el audaz y empedernido fumador quería los llamados «habanillos suaves», seguramente su marca preferida era el Premier que, siguiendo la tendencia de presentaciones económicas, tenía una cajilla con 14 habanillos a solo 10 centésimos. Otra marca popular entre las muchachadas esquineras fue el Money que venía en un formato de 10 cigarrillos muy aromáticos e inconfundibles cuando se prendían en el boliche acompañando al pocillo de café. Una costumbre menos nociva fue la de mascar tabaco. Por eso en los salones vendían El Naco que era como un grandote y largo toscano compuesto de fibras de tabaco prensado. Se masticaba lentamente y luego se arrojaba y los veteranos tenían gran metejón con ese antiguo hábito. Por Sierra casi La Paz estaba «El Rey de las Pipas y los tabacos importados» que también vendía los muy caros toscanos Livorno. Entre los populares pitillos, las masticadas a El Naco y los habanillos, fuimos levantando el humo del Montevideo de Antaño. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.

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