Hace 61 años. Reencuentro y homenaje a un símbolo de la educación, en un pequeño y lejano pueblo salteño , pero no olvidado

Julio Castro y la historia de 60 maestros que llevaron la escuela a Pueblo Fernández

Hay un Uruguay profundo, de historias que se sumergen en rincones casi escondidos de la patria. Historias que no son privadas, sino de todos, aunque no todos las conocemos. Pueblo Fernández aparece en el mapa en el departamento de Salto a 180 kilómetros de la capital departamental.

Desde Montevideo hay que abrirse camino rumbo a Tacuarembó y después atravesar varios kilómetros de carretera sin asfaltar cruzando pequeños poblados. Las viviendas, de gentil apariencia, humildes pero bonitas, parecen saludarnos entre las ondulaciones, montes y cerros que caracterizan a nuestro suelo, entre valles y curiosos cementerios familiares, escuelas rurales, comisarías y vacas al costado del camino, pastando inalterables ante el paso del vehículo. Cada paisano que se cruza regala un amigable saludo de mano extendida al cielo augurando, tal vez, un buen retorno.

Ese camino nos llevará a Pueblo Fernández, no sin antes levantar piedras y tierra seca, atravesando angostos puentes que cubren la cristalina agua del litoral norte del país. Bien vale perderse en el camino por la poca señalización, para conocer un poco más aquella tierra de infinito verde que parece ser virgen por su esplendor. Entonces un cartel indica el tan anhelado (tras casi siete horas de viaje) «Fernández», un pueblo que el viernes estuvo de fiesta, porque el pasado se hacía presente.

 

Cosas de la vida

Julio Castro es, por el azar de la historia y la crueldad de otros hombres, un maestro desaparecido. Ese fue el final de su vida; una vida que tuvo mucho para contar, más allá de aquel principio de un agosto de dictadura, cuando nunca más se lo vio.

Como periodista transitó con su pluma las páginas del semanario Marcha, supo escribir profundas obras pedagógicas sobre la educación uruguaya, militó política y socialmente, y como maestro vio frente a él varias moñas desatadas en rincones tan alejados como Pueblo Fernández.

De 1908, y siendo el menor de 11 hermanos, Julio Castro resistió la pobreza y se embarcó en la difícil tarea de enseñar en la campaña. Fue así que conoció aquel lugar, de rancherío sin escuela, donde hace 61 años Castro, con un grupo de 60 personas, entre estudiantes de Magisterio, Odontología, Agronomía y Medicina, construyó un salón de clase en lo que se llamó las Misiones Pedagógicas. Hoy, frente a la escuela número 40 Carmelo de Arzadum, de paredes internas pintadas de celeste, bancos varelianos y mesas colectivas, hay una casa verde que ocupa el lugar de aquel primer salón de clase en Pueblo Fernández. Ese salón sirvió de escuela, y fue levantado por los misioneros que tenían como fin llevar la educación al pueblo.

 

Aquella casa

Laudares Pereira, junto con su paisano Manuel Fernández aguardaban en silencio el comienzo del acto en la escuela donde una placa en homenaje a Castro se descubriría en su pared externa. A ellos se acercó Istra Cuncic, quien formó parte como estudiante de Magisterio en las misiones educativas de Pueblo Fernández, junto al maestro Julio Castro, hace ya 61 años.

«Yo fui misionera», les dijo la maestra con el recuerdo intacto de aquellos años, aunque «de algunas cosas ya no me acuerdo», indicó al ver tan cambiado aquel poblado. Istra y don Pereira comenzaron así a recordar aquellos tiempos, 61 años después. Istra, además de no reconocer los cambios en Pueblo Fernández, tampoco recordaba a don Pereira, siendo éste un niño que concurrió a las clases en aquella escuela de la cual lo que aún se conserva son tres escalones, que pertenecían a la entrada de la por entonces nueva escuelita, y un baño fuera de la casa, que aún se mantiene bajo el cuidado de un perro y tres gallinas, que se pasean por el fondo de la casa de Pereira.

«Allí era un teatro donde Julio (Castro) se ponía a dar sus disertaciones y eran realmente fascinantes y divertidas», señaló Istra. Ese lugar fue entonces recordado por Pereira, que junto a la maestra hicieron un momento de silencio, y sonrieron, y volvieron a charlar pero ya con la voz un poco más quebrada.

 

El recuerdo de su alumno

Baltasar Blanco fue uno de los alumnos del año 1947. En el acto de homenaje a Castro, fue el dueño ­tal vez- del más emotivo de los testimonios. Sus manos sostenían con firmeza la hoja blanca donde estaba escrito su discurso. Parecía que todo Pueblo Fernández temblaba con él. Recordó a su maestro como un hombre que se brindó a la sociedad de una manera «generosa». Agregó que Castro «era un comunista», lo que «según de quien lo diga puede ser despectivo o no». «Ha hecho grandes acciones sociales, por lo tanto ¿qué importa de qué partido era?», añadió.

«Era un muy frío día de julio del año 47, hace 61 años, cuando vinimos», recordó en su discurso la maestra Istra. Un grupo de estudiantes de Magisterio, Odontología, Medicina y Agronomía se había embarcado en el desafío de llegar a un lejano lugar al norte del país para levantar una escuela. Istra explicó que las misiones pedagógicas «fueron inspiradas a partir de la experiencia que se realizó en México y España».

Aún conmovida con el notorio cambio de imagen de aquel Pueblo Fernández que conoció en 1947, dijo: «Debo decir que lo que hoy veo no existía, ya que era un lugar muy humilde». La escuela «no la pudimos levantar en los días de vacaciones por lo que el Consejo (de Primaria) autorizó que prolongáramos más nuestra estadía para prolongar la obra, que era la de construir una escuela prefabricada». Las misiones pedagógicas tenían, además de un cometido educativo, un motivo cultural. La propuesta era también acercar música, teatro y literatura a los pobladores, además de la ayuda social para esos lugares tan alejados y con tantas necesidades'».

 

Un nuevo encuentro

«1947, Salto, Pueblo Fernández». Los niños de la escuela número 40 comenzaban así su participación en el acto de homenaje.

«No imagino el impacto que la llegada de ellos causó en la tranquila población.

¿De dónde vienen?

¿Quiénes son? ¿Qué traen en ese camión tan cargado?», leyó una pequeña niña imaginando aquella sensación que conocen por cuento de sus mayores.

Entonces en Pueblo Fernández se encontraron varias generaciones. Los niños y los viejos festejaron. Apenas pasaban las cuatro de la tarde aquel viernes de primavera, cuando desde el público, una joven madre secó la primera lágrima de la tarde. La escuela los reunió. La escuela rural donde Castro supo enseñar, 61 años después, sigue siendo un emblema de un Uruguay profundo, lejano, tal vez desconocido, pero que nunca debe ser olvidado.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje