TIENE LA PALABRA

Por qué somos sobrevivientes y no víctimas

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Porque aprendimos a ser adultos siendo niños. Entendimos que no todos los adultos eran «alguien a quien imitar», como esos que entraban dando patadas, encañonándonos con sus pistolas, sus ametralladoras, como las de la TV.

Pero no nos poníamos a llorar, por dentro un nudo, por fuera una mirada de desprecio hacia los «adultos» que se creían con derecho a interrumpir nuestras vidas, de aquel soleado domingo 16 de abril de 1972.

Desayunábamos, ese día era de fiesta. Estaríamos todos juntos…

Pusieron un cañón frente a nuestra casa, de esos que veíamos en los museos, subieron al techo, al jardín. Era un operativo tipo Swatt.

Luego comprendimos que estaban muy asustados, mucho más que los 6 hijos, porque si no, ¿por qué encañonar a nuestra mamá, con el más pequeño de sus hijos en brazos? ¿por qué nos daban a los mayores, ese trato de adultos, preguntándonos dónde estaba el berretín, dónde? Desesperados, comprendimos, intuimos que estaban desesperados y con mucho miedo. El miedo de ellos se olía. Nosotros manteníamos el «tipo».

Fueron horas en las que revisaron hasta las carteras escolares… Las redacciones de esa época: «La vaca», «Artigas», «La Banda Oriental», todo eso era «subversivo».

Pero en esas horas, en que lo controlaban todo, controlaban a nuestro papá, que se lo llevaron, esposado, encapuchado a vaya saber dónde… horas en que el «adulto» de turno, se ponía nervioso con mi hermanito de 3 años jugando a la pelota. ¿El, el más pequeño, qué podía entender de ese domingo?

Ningún grito, ningún llanto (aunque nos tragáramos las lágrimas). Los «adultos» lo intentaron, al sacar a papá así, encapuchado, esposado… le iban dando patadas, pero él nos dijo, con la voz que quienes lo conocíamos sabíamos un poco quebrada, pero que seguro impresionó a esos «adultos» como firme y serena: «Nada hijos, nada mujer, no se preocupen, esto es un mal entendido…».

El mal entendido duró unos 10 años… luego les sacaron la ciudadanía uruguaya; sí, esa que se supone que nunca se pierde, esa que nos enseñaron en la escuela, en la casa, de que era un orgullo ser oriental, uruguayo… esa, …se la sacaron a nuestros padres.

La vida continuaba. Lo soportábamos todo. Sabíamos que si no lo hacíamos, quienes pagarían serían nuestros padres, más indefensos que nosotros. Nosotros ya éramos adultos, o mejor, supervivientes.

Soportábamos nosotros, pero no lo que pasara con los hermanos más pequeños, eso no. Cuando las lesbianas nos metían mano, la repugnancia nos hacía paralizarnos, el asco, el asco profundo por el abuso… Pero eso ya era muy difícil de decir, de denunciar …

Los ojos de mis hermanos se hacían cada día más inteligentes, más adultos, más supervivientes. A cada humillación, a cada insulto, en vez de «quebrarnos» nos hacíamos más fuertes. Pero por dentro… por dentro no.

Por dentro, debíamos estar bien, pero no lo estábamos. Nos sentíamos cobardes cada vez que el milico de turno dejaba el arma a un costado, y se iba a informar que había llegado la «visita».

Nosotros éramos niños, que en unas pocas horas aprendimos la diferencia entre ser víctimas y ser sobrevivientes. Tuvimos que aprender mucho y de prisa. Nos costó y nos seguirá costando entender los porqué.

Ahora, ya adulta, me pregunto de dónde sacábamos esa fuerza, para hacer y decir también, muchas cosas. Como la vez que, en un ómnibus de Cutcsa, le preguntamos al que nos seguía: ¿pero vos no te aburrís de seguirnos? ¿Pero no te das cuenta, que vamos en el 142 a la casa de mis abuelos?

Claro, eso no lo contábamos a nuestros abuelos. Porque nos decían, que cualquier cosa que hiciéramos mal nosotras, podía hacer que los «adultos» se «enfadaran» más, y entonces complicaríamos las cosas a nuestros padres.

Yo lo que sentía no era odio, era desprecio. Quizás sea sutil, pero comprendía, intuía que el odio se siente hacia lo que no se conoce, y yo comprendía la situación, ellos eran unos mandados, de los que se estaban repartiendo la gran «torta» del paisito. Ellos sí, tenían miedo, ellos medraban con las pobres migajas… Aunque en casa robaron todo lo que quisieron, aunque intentaron hacernos llorar, no lo lograron. Al menos no delante de ellos.

Fueron años así. De soledad. De compañeros de escuela que se apartaron como si tuviéramos la peste, de aquellas niñas que nos insultaban, de las que rompían los cuadernos de mis hermanos, de las que nos gritaban «tupas» y decaímos: Sí, tupas y a mucha honra. Y por qué lo hacíamos: ¿por algún compromiso con la plataforma tupamara? No teníamos mucha idea, pero sí sabíamos que los presos, las presas eran mamás y papás y tíos y hermanos, que no tenían derecho a defenderse, que eran objeto de la mala conciencia de sus carceleros, de esos que nos rompían los juguetes, las artesanías… ¡Delirante, era todo tan delirante, si hasta les habían prohibido dibujar la paloma de la paz¡

Pero por cada situación delirante, sacábamos una enseñanza para sobrevivir.

Muchos años después, y sin esa angustia por saber de compañeras/os presas/os, sin esa sensación de urgencia, podemos entender que nosotros también estuvimos presos. Presos de nuestros sentimientos, haciéndonos a nosotros mismos, luchando por no ser «víctimas» de la situación. Luchando por sobrevivir.

Fuimos tantos y tantos los hijos que pasamos por esta situación (y peores). A nosotros al menos, no nos robaron nuestra identidad (o la vida). Ni nos encarcelaron como a algunos adolescentes. Pero acá estamos. Pidiendo justicia. Ni venganza, ni odio, ni revancha. Sólo justicia, para seguir con nuestras vidas.

MARIA CECILIA GIL BLANCHEN  C.I. 1.357.452-5

 

Emergencia del Maciel, ¿omisión de asistencia?

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Por la presente, quisiera expresar lo siguiente: el martes 26 de agosto, sufrí un desmayo en la vía pública. Me levantaron y trasladaron al Hospital Maciel. Allí me dejaron en una silla, de la que me caía ya que perdía el equilibrio. Estuve incómoda hasta la 1:30 de la madrugada. Cuando desperté me pasaron a la sala de emergencia. Me toqué la cabeza y pregunté que tenía. Me dijeron que estaba lastimada (con sangre) por el golpe. Les pedí que me controlaran la glicemia (soy diabética insulinodependiente) y que me higienizaran la herida. Me respondieron que esperara, que «va por gravedad». No sé qué entienden por gravedad, ya que me llevaron de la calle en estado inconsciente, y con la cabeza lastimada. Después llamo al profesor Eduardo Natale C.I: 1.771.464-4, luego de 4 horas y media de espera, quien llamó a la emergencia móvil, que fueron los únicos que me asistieron fuera del Hospital Maciel y me trasladaron a mi mutualista, donde sí me prestaron la atención debida. Antes de retirarme del Maciel, quise firmar y dejar constancia de que me iba y dijeron que no precisaba. Lo hago público porque esto le puede suceder a otra u otro uruguayo y eso se llama «omisión de asistencia».

MARTHA PASCALE CALLORDA C.I. 1:649.147-3

 

El herrerismo del doctor Toledo

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

El doctor Lacalle dio a conocer sus equipos asesores en la «murgota» que presentará en el próximo carnaval electoral. En la parte sanitaria, aparece como uno de los colaboradores, el doctor Alfredo Toledo, presidente del Sindicato Médico del Uruguay, acérrimo crítico de la gestión de la doctora María Julia Muñoz, brillante ministra de Salud Pública del actual gobierno.

No criticamos que el doctor Toledo sea herrerista. Es una «desgracia» como cualquier otra. Lo que sí no vemos bien es que dicho médico sea a la vez gremialista criticón y asesor polí
tico, lo que a nuestro juicio le resta objetividad.

¿Qué dicen de esto sus colegas del SMU? ¿Puede seguir al frente del organismo gremial que integran los médicos? Nosotros pensamos que no.

Ahora que el doctor Toledo se «sacó la careta», pensamos que en lo gremial debería dar un paso al costado.

TOMASITO C.I. 1.769.765-4

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje