London París. Una exposición recuerda el centenario de la tienda más emblemática del Uruguay

Un gigante exquisito y democrático

De las muchas cosas que me contaba mi abuela Margot, dos temas acaparaban su interés y mi atención: su infancia en medio del campo olimareño y sus 15 años de trabajo en el London París. Siempre había una nueva anécdota que contar, y todas ellas partían desde el cariño.

No todos los lugares de trabajo ­más bien pocos de ellos, con los años lo comprobé­ llegan a concitar la nostalgia, inagotable a través de los años, de sus empleados.

Mi abuela bien pudo ser una excepción, me dije algunas veces. Ayer, dialogando con las decenas de ex empleados del London París que acudieron al magnífico entorno del Palacio Heber Jackson, local del Museo del Gaucho y la Moneda, comprobé que su sentimiento era la regla.

 

La más grande

Varias tiendas de renombre ocupan el imaginario colectivo de los uruguayos: Ovalle, Soler, La Madrileña, Angenscheidt. Ninguna es tan recordada como el London París, una mole de ocho pisos que se derrumbó en medio de la crisis que Uruguay atravesaba en los años 60. Recordada es también su fabulosa liquidación conocida como «La Multi», que acaparó la atención, incluso, de los diarios internacionales. «La inflación y un sobrestock de 33 millones de pesos viejos» ­indica uno de los clarísimos afiches que develan la historia de la tienda, en la muestra inaugurada ayer­ ocasionaron la liquidación más impresionante de que se tenga memoria.

«Teníamos que hacer cola por horas para poder entrar», recuerda Gloria, que ya pasó los 70. No era para menos: los periódicos de la época indicaban que las «carteras para señora» costaban sólo 19 pesos, mientras que los «pantalones para niños» podían conseguirse por la irrisoria suma de 3.

El catálogo que festejaba ­a todo trapo­ los 50 años de vida del London, en 1958, recuerda el proceso que hizo de esta tienda la más famosa del país. Había surgido el 8 de marzo de 1908, por iniciativa de Pedro J. Casteres y Juan Pedro Tapié, en un edificio privilegiado ­hasta hoy­ del pleno Centro de Montevideo. «Su magnífica torre y su triple reloj, son aún testigos de tan grato acontecimiento que fue festejado por el público, admirado de sus estupendos stocks de mercaderías importadas de los principales centros manufactureros de Europa», explica el catálogo, sin falsas modestias.

Y era así: el London se caracterizaba por la extrema calidad de sus productos, en parte importados y en parte fabricados en sus inmensos talleres de corte y confección y carpintería, entre otros. En los primeros, precisamente, trabajaba mi abuela, dando vida a las «prácticas prendas sport ejecutadas en telas apropiadas y coloridos de rigurosa moda», según señala el mismo catálogo, que, justamente, es el único que conservó mi abuela en sus 15 años de trabajo.

«Dicen que la capacidad física del London era igual a la de Montevideo Shopping antes de la ampliación. Dicen…», arriesga Alma, una de las empleadas que ayer colmaban en Museo del Gaucho y la Moneda. Y lo dice con orgullo. Ese es el sentimiento que predominaba.

 

Las recetas

El éxito del London París fue en aumento durante los años más prósperos del Uruguay. En 1958 tenían 1.100 empleados y una superficie de más de 11.000 metros cuadrados, donde se desplegaban los diferentes departamentos: lencería, perfumería, ropa para caballeros. El servicio, sumamente esmerado, era una de las claves del éxito.

Otra clave eran, sin duda, los mismos catálogos que hoy pueden apreciarse en la muestra del Museo del Gaucho. Siempre eran dos por año: Otoño-Invierno y Primavera-Verano. Llegaban a los rincones más alejados del país para que cualquier persona ­siempre residente en el Interior­ encargara las novedades más refinadas, y a un excelente precio.

Gloria, hija de una directora de escuela rural, recuerda la avidez con las que leían sus páginas en cada temporada. También recuerda que la tienda enviaba, sin costo, artículos que su madre solicitaba para armar kermeses. Nobleza obligaba.

Ese espíritu de calidez y excelente atención («Era la única tienda en que podías devolver cualquier producto y ni te preguntaban por qué») también explicó el ascenso del London. El asunto no era sólo una fachada que se limitaba a los clientes (cada vendedora debía llevar un reglamento en el bolsillo, sin ir más lejos): también se extendía a los empleados.

«Cuando cerró fue horrible. Siempre tengo una nostalgia… «, recuerda Hilda, que se encargaba de dar el estado de caja. Y es que trabajar allí «era divino», con «un compañerismo enorme», recuerdan Gloria y Edith, que desempeñaron su labor en la mercería y los ascensores, respectivamente.

Los jefes daban a los empleados una semana paga en un hotel de Piriápolis o Colonia Suiza ­dependiendo si era invierno o verano-, con todos los gastos pagos. Cuando la crisis económica comenzó a afectar al gigante, hubo una ocasión en que no pudieron pagar el sueldo en fecha. Entonces el dueño «citó a todo el mundo en planta baja y pidió disculpas. Prometió que lo iba a pagar a los próximos días. Y lo pagó. Así era la época nuestra», resume Alma. Después de su cierre, los empleados llegaron a ocupar la firma, por turnos. Ahora me explico porqué mi abuela dejó anclada parte de sus mejores años en la esquina de 18 y Río Negro. Ellos sienten lo mismo.

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