Los Sueños. En Manga, cultivan sus alimentos, estudian y eligen autoridades

Asentamiento es ejemplo de democracia

Un perro ladra. Se huele el cuerpo. Pega un ladrido afónico y se da media vuelta luego de dar un rodeo; se tira en el pasto. Zitarrosa se cruza con Pepe Guerra, y la música del barrio Los Sueños es una lejana cumbia villera que sale de alguna de las cabañas de madera de Un Techo para mi País que cuentan -como en muchos casos- con anexos de material con cortinas haciendo de puertas y gatos en la ventana.

Después aparece Alejandra Larrosa, sonriendo y saludando a todos. Levanta la voz y marca el paso rumbo a la clase que se da en un galpón que alguna vez perteneció a una empresa que se dedicaba a la conserva de alimentos y que hoy, después del interés de los propios vecinos, forma parte de una realidad que entusiasma a la gente del barrio. «Para conseguir el material y hacer las calles tuvimos que joder bastante al intendente», dijo alguien al pasar. El jefe comunal Ricardo Ehrlich «al final cedió», aunque «aún faltan muchas cosas».

 

Dando vueltas

Una camioneta oficial tuvo que dar varias vueltas antes de llegar a Los Sueños, para entrar por Cruz del Sur, donde toda una comitiva salió a recibirla. Camino Repetto parece extenderse más de la cuenta y Camino de la Española no identifica nada que se pueda parecer a una escuela, y por esa razón es la confusión de quienes dirigían la expedición. De idas y vueltas y algunos llamados telefónicos a Silvana (directora del curso de Adultos número 8), pasaron 45 minutos de búsqueda de aquella escuela improvisada, de galpón que fue «tomado prestado», tal como explica Alejandra con una mueca de complicidad y acentuando cierta pícara expresión a la palabra «prestado».

«Yo paso por las casas y les digo ‘mirá que hoy tenés que ir a clases «, cuenta Alejandra rodeada de algunas autoridades de la ANEP que fueron a conocer la experiencia que incluye, como un aspecto educativo, aunque no propiamente de la ANEP, un trabajo de colaboración y autogestión en un barrio que creció de la nada. Claro que el curso de adultos fue propuesto por los vecinos, y llevado a cabo gracias al magro presupuesto que se le destina a la educación de jóvenes y adultos en nuestro país. «Cero, coma, cero, coma…», bromea -aunque no tanto- Felipe Machín, director de Jóvenes y Adultos de la ANEP, al consejero de esta institución Héctor Florit, que acompañaron la visita que hizo LA REPUBLICA.

 

Recaudación

Les habían llevado cuadernos aquella tarde. Un pedido que según Machín «es atendible, pero no debemos darles todo, así ellos se dan cuenta del sacrificio que representa», poniendo énfasis en una intención educativa que parece no ser problema entre los alumnos del curso de adultos del barrio Los Sueños.

En el curso de cocina los bizcochos, aún blancos y crudos croissantes dulces rellenos de mebrillo, iban tomando forma. La bandeja que pronto iba a ir a un viejo horno donado por alguien, que a juzgar por su apariencia parece no marchar adecuadamente, pero que -según confirmaron los alumnos- «todavía tira».

Un cuaderno tiene dentro un sobre con dinero junto a la bandeja negra y una botella de aceite recién comprada por parte de la plata que ni les dio ANEP y que se generó gracias al esfuerzo de los propios estudiantes. «Un día hicimos unas tortas y las rifamos en el barrio», explicó la profesora Alejandra Korchak, que confirmó que la suma recaudada hacía algunos meses -$300- aún no había sido invertida del todo en la compra de los materiales. «Si no, ellos no podrían venir a estudiar» agregó, refiriéndose a los siete alumnos de cocina que tiene el curso de adultos.

 

Estudio para vivir

Federico y Wáshington López son dos hermanos que aprenden cocina en el curso de adultos. «Yo vengo para cocinar y comer lo que cocino», explica Federico. Washington tal vez tiene otra aspiración en cuanto a lo laboral. «Hago trabajo zafral en una empresa de catering», indica.

El trabajo para algunos de quienes viven allí está en el horizonte más cercano. Un estudiante debió abandonar los cursos. No por omisión sino porque después de aprender a hacer roscas «se largó solo», tal como expresó Washington. Ese es estudiante hoy les vende roscas a todos los vecinos del barrio con un gran éxito.

«Yo le digo que no puede venderlas al precio que las vende ya que no le saca casi nada de ganancia», explicó la profesora de gastronomía Alejandra. Washington no se arrepiente de vivir en un «asentamiento», y entiende que si bien «no tenemos grandes lujos, aquí se vive bien, tranquilos». Adquirió un terreno por 30.000 pesos y allí edificó una casa para su familia. «Dos habitaciones, cocina y baño», reseña Washington, que no pierde de vista la elaboración de los bizcochos, aún blancos, y puestos unos tras otros en la asadera que pronto iría al horno.

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