Música de jóvenes que son grandes
«Un, dos y…venga», dice el maestro Ignacio García Vidal, con acento español, a la veintena de adolescentes que lo siguen atentamente, partitura en mano. Primero, las sillas van y vienen mientras los chicos acomodan sus instrumentos musicales. Pero una vez que el maestro los convoca, los murmullos son sustituidos por los acordes de las obras que conforman el programa que ofrecerán hoy y mañana.
Es el último ensayo general, pero estos chicos, a pesar de su edad, están acostumbrados a grandes retos. Han hecho giras por Francia, España y Portugal. Han viajado a Venezuela a recibir clases de algunos de los maestros más destacados del mundo. Otros los han visitado aquí, para enseñarles sus secretos. Toda una proeza para una orquesta en la que no es obligatorio abonar una cuota y que carece de apoyo estatal.
Ambiciosa y democratizadora
La Orquesta Juvenil José Artigas es la cumbre de la Fundación Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles del Uruguay. Ambos proyectos surgieron en 1996, como parte de una iniciativa latinoamericana que contó con el apoyo del secretario iberoamericano, Enrique Iglesias.
Hoy, la fundación incluye, además de la José Artigas, una orquesta infantil, una preinfantil y una inicial. Además, hace pocos meses se formó un núcleo en Camino Maldonado, que atiende a niños de contexto sociocultural crítico. Participan chicos desde los 3 a los 18 años.
«La José Artigas es una orquesta inestable, porque recoge a los principales talentos del resto de las orquestas», afirma su director y presidente de la fundación, maestro Ariel Britos. Hoy, se preparan para una gira por varios países. La prueba de fuego será el 5 de noviembre, en Nueva York, cuando abran la Semana del Arte y la Cultura Latinoamericana.
Participar de la orquesta no tiene precio, e incluso se les entregan los instrumentos musicales. Aquellos estudiantes que pueden solventar el costo mensual que se invierte en ellos (1.200 pesos) lo hacen, «pero la mayoría aporta menos de la mitad, o nada», dice Britos. Y es que formar a estos jóvenes es costoso. Aun así, no tienen apoyo estatal. «La idea es empezar a enamorar al Estado para que apoye un proyecto vital y democratizador de algo tan relevante como es la música», dice Britos, convencido.
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