TIENE LA PALABRA

¿Quién nos cuida de los que nos cuidan?

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Sábado 26 de julio 2008, 13.40 horas. Termina mi semana laboral. De camino a casa me detengo en un supermercado y casualmente en el estacionamiento encuentro a mi madre con quien hacía varios días no conversaba. Mientras nos «poníamos al día» vemos como dos policías (varias horas después nos enteraremos que se trataba de un comisario y otro oficial que efectuaban tareas de 222 en dicho supermercado) salen de una ferretería adjunta, dentro del mismo centro de compras, caminando, con un joven al que seguramente estaban «invitando a retirarse del local». Tal vez por su aspecto «plancha» o quizá alertados de alguna acción sospechosa por parte del mismo. Lo hacían en un tono afable, los tres conversaban, nada hacía suponer lo que en pocos minutos más me tocaría presenciar y «vivir en carne propia».

Al llegar a la salida del citado supermercado, y al resguardo de la caseta de una parada de taxímetros uno de los uniformados, por la espalda, golpea a la altura de los riñones al joven. Un golpe «cortito», imperceptible para el resto de los que allí estábamos.

El joven insulta al uniformado y continúa su camino.

El uniformado da voz de alto a la que el joven hace caso omiso. Aclaremos: no estaba detenido, simplemente había sido «invitado» a abandonar el local (quizá por su aspecto, quizá por alguna «actitud sospechosa», quizá por simple discriminación). Lo cierto es que este joven había sido retirado del local en forma «amable» por los uniformados quienes como dije antes, luego, por la espalda, a traición, le propinan un golpe de puño.
Al ver que el muchacho continuaba su camino, quizá con ganas de «sacarse las ganas» el policía corre unos metros, toma al joven por el hombro y le propina un golpe, este sí, más fuerte y contundente, al que el muchacho responde defendiéndose como puede, como seguramente intentaría hacer cualquiera de nosotros luego de haber recibido dos golpes «gratis».
Inmediatamente lo someten entre ambos policías, lo tiran al suelo y con la ayuda de un «civil» ex policía, conocido de la zona que casualmente pasaba con su coche por el lugar, rápidamente esposan en el piso a este, bastante delgado y endeble muchacho. A lo único que atino es a fotografiar con mi teléfono celular lo que hasta ese momento era un claro abuso de funciones por parte de los policías.
Luego de tenerlo dominado (en el piso, esposado) lo patean, continúan con los golpes de puño y luego de no más de un par de minutos lo levantan e ingresan con el mismo al estacionamiento del supermercado. Arrastrándolo, con la «ayuda» de una rodilla en la carretilla, que uno de los valientes policías volvió a utilizar para «hacer entender» al muchacho vaya uno a saber qué cosa, se dirigen a los fondos del supermercado (lejos de la vista de las varias decenas de personas que se amontonaban a presenciar el triste espectáculo).

Obviamente no lo llevaban para invitarlo a tomar mate o a jugar a las cartas (recordemos que estaba esposado) por lo que corrí con mi teléfono para intentar fotografiar el accionar de los policías y eventualmente poder difundir el abuso de poder del que estaban haciendo uso los dos uniformados y del que yo era partícipe pasivo.

Lamentablemente para mí y quizá por suerte para este muchacho, es él el único que se percata de que estoy tomando fotografías de los hechos y comienza a gritar «¡Sí, sacales fotos, hay que denunciarlos!». Acto seguido ­parafraseando a Pipo Cipolatti en aquel inolvidable «acto seguido, me invitaron a subir, al Ford»­ los de azul dejan de golpear al muchacho y me gritan: «¿Qué haces? Vení vos para acá, estás preso…». Mi cometido inicial ya estaba cumplido: dejaron de golpear al muchacho, ahora me tocaba a mí, ya arrestado según gritó el de azul. Intentar «entender» el motivo de mi arresto, cosa que me llevó más de quince minutos, destrato verbal por parte de los uniformados y algún etcétera más que no viene al caso. El motivo por qué me encontraba arrestado era, según el subcomisario por «obstruir a la justicia». Minutos antes del traslado a la seccional policial, uno de los de azul me comenta «Escuchame, tengo hijos, familia, borra las fotos, lo que filmaste, nos compromete. Luego te vas para tu casa y acá no pasó nada…». Mi rotunda negativa a borrar los documentos del abuso en el uso de la fuerza por parte de los dos policías enfureció más al subcomisario quien dijo a boca de jarro: «Tengo 17 años de policía, nadie va a venir a decirme cómo tengo que hacer las cosas, y vos ya vas a ver».

Vuelvo al principio: retornaba de trabajar ­ soy docente­ y me preparaba para hacer algunas compras en el supermercado camino a casa. Me encuentro envuelto en esta situación de casualidad, obviamente la indignación de ver cómo golpeaban a un muchacho esposado en el piso me llevó a olvidar las compras e intentar documentar los hechos que estaba presenciando. Como horas más tarde me diría el oficial que me tomó declaraciones: «Los policías nuevos no entienden: aunque hayan agarrado a una persona con diez antecedentes, esa persona ya pagó por ellos, los antecedentes tampoco son motivo para golpear a una persona».

Pocos minutos más tarde arriba al lugar un móvil policial en el que soy trasladado como un delincuente por «obstruir a la justicia» junto con el muchacho. En el camino uno de los policías que me traslada me pregunta de qué trabajo, qué pasó, etcétera. Luego comenta: «¡Estamos en democracia! ¿Y la libertad de prensa? ¿Y si sos periodista?» seguido de un soplido que hace notar muy claramente su desconformidad con la actitud de sus compañeros. Cinco horas más tardes, luego de comerme «el plantón», escuchar algún que otro destrato por parte de algún otro uniformado dentro de la comisaría, se me toma declaración, quien lo hace, un oficial maduro, sereno, indignado por la situación me comenta: «Como quiere que logremos acercar la Policía a la sociedad con estos guachos que salen a la calle a pegar, ¿no entienden que estamos en democracia? Les falta escuela, tendrían que tener más educación policial, pero no hay, y así estamos: ¿por mí?; que los lleven a todos presos. Esos son los que hacen que nos vean a todos los policías como malos, que la gente no se acerque, que no confíe en la policía»
Realmente: sabias palabras. Quizá pocos sean los que hacen que la institución policial siga siendo muy mal vista por la mayoría de los uruguayos. Quizá sea falta de formación, quizá una suerte de sadismo que aflora a la hora de vestir el uniforme azul, tal vez estrés laboral a causa de las largas jornadas laborales motivadas por la mala remuneración. En fin. No creo que esto haya sido un hecho puntual.
Cinco horas después, más cansado, con más hambre, con mucho frío, y acompañado del muchacho, salimos de la comisaría a la espera de que la Justicia dé vista a los hechos. Quizá solicite los documentos gráficos que tengo en mi poder, quizá lo deseche sin más.En la declaración tomada a los uniformados dice que fui detenido por «entorpecer la acción policial, insultar y tratarlos de corruptos».

Mientras tanto, en la calle, por lo menos dos sujetos vestidos de azul, a los que todos los uruguayos pagamos sus sueldos con nuestros aportes, esperan el momento para golpear a otro muchacho, detener a un hombre por fotografiar sus abusos de funciones, o quizá a disparar un tiro sobre el cuerpo de otro uruguayo. No olvidemos que esos sujetos, que golpean impunemente a plena luz del día y ante la mirada de decenas de personas portan un arma: ¿están en condiciones psicológicas de hacerlo? ¿Cómo reaccionarán a la hora de enfrentarse a un hecho delictivo? ¿Quién nos cuida de los que nos cuidan?

Enrique Gustavo Amestoy Bassi

N.del D.: Lo felicito por su coraje cívico. LA REPUBLICA documentó los hechos en su edición de ayer 30 de julio.

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