PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

LOS SASTRES JUDIOS

Por esos fines del 30, los montevideanos eran muy elegantes y los veíamos trabajar, también hacer codo en el boliche fraterno y visitar la casa de la novia pero siempre de traje y el «gacho» gris. Para ellos la pinta no era lo de menos. Por la Ciudad Vieja, un sastre judío, el muy rubio señor Glickberg, instaló dos locales. Uno sobre Reconquista y el otro por Ituzaingó que tenía en su entrada un gran espejo con el nombre de ese artista de la aguja. Fue ese sastre quien hizo famosa la frase «Hay que vestir bien y por poca plata» que aparecía en los volantes que repartían los populares «hombres sandwiches» que recorrían la concurrida calle Sarandí. También el señor Glickberg vendía sombreros que fabricaban unos paisanos suyos que tenían una pequeña fábrica en un garaje de Domingo Aramburú y Porongos, en el corazón de la zona israelita de Villa Muñoz. Por esos años, su competidor en la Ciudad Vieja fue otro laburante judío que se instaló también sobre Reconquista pero más hacía la zona de El Bajo. Fue don Samuel Brickman, que no sólo hacía trajes de medida, sino que también en lo comercial fue un innovador. Popularizó la modalidad de la compraventa y canje de prendas de vestir.

Llevabas ropa usada en buen estado y podías salir con un pintón traje nuevito pagando muy poca plata. Sus clientes comentaban que ese sistema lo había traído de la lejana Polonia cuando escaseaba el dinero por la ocupación nazi y la gente se las ingeniaba para sobrevivir haciendo, entre otras cosas, el canje de sus ropas cobrando una pequeña diferencia en efectivo. Así fue que don Brickman se hizo muy popular, no sólo por la calidad de sus trajes a medida que vendía en cuotas, sino también por canjear ropas usadas en muy buen estado. Su negocio comenzó a llenarse de trabajadores muy humildes que no pudiendo pagar un traje nuevo canjeaban el antiguo por otro más nuevo y todo por escasos vintenes. A la altura de Convención casi Mercedes, se instaló otro sastre judío que todos conocieron como Don Bruno. Por ser su local tan pequeño no era extraño verlo en la puerta, parado en la vereda, tomando las medidas con el centímetro que siempre colgaba de su cuello de infatigable laburante. Por el verano sacaba un banquito a la calle y ayudado por su señora se lo veía trabajar en la puerta de su pequeñito local despertando el respeto y la admiración de los vecinos. La paradoja fue que por la misma calle Convención, a una cuadra de Don Bruno, se instaló una confitería de otros inmigrantes pero de origen alemán y en un principio era visitada casi en exclusividad por la colonia de esa nacionalidad radicada en Montevideo. Por la esquina de Gral. Flores y Domingo Aramburú, estuvo otro sastre que con los años y gracias a sus esfuerzos llegó a comprar esa esquina y levantó un negocio emblemático del barrio que se llamó «Goes Palace». Los vecinos le decían el señor Recupido y uno de sus clientes fue el escritor Juan Carlos Patrón, un gran goense que tenía una mesa exclusiva en el Café Vaccaro de enfrente. Quizás por esa barriada fue donde más abundaron los sastres judíos que no sólo esperaban a sus clientes, sino que salían a buscarlos con gran ahínco. Nunca descubrimos cómo lo hacían, pero la verdad es que cuando se acercaba un casorio o un cumpleaños, ahí aparecían ellos ofreciendo sus servicios y nada de preocuparse por la plata porque estaban «las coitas» que todo lo resolvían. También vendieron acolchados y sábanas donde bordaban las iniciales de los recién casados en una costumbre que marcó a una época. Cuando en las viejas postales todos se admiran de la elegancia de los montevideanos de antaño, detrás estaba el silencioso trabajo de aquellos esforzados sastres judíos. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.

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