Escrito por: Luis Grene
Tampoco existía más el espléndido Chantecler de Andes y Colonia con su música de Juan D’Arienzo. La moda había traído unos locales muy nuevos, pitucos, con menos tango y mucha bossanova, jazz y esencias francesas. Los comenzaron a llamar “boites” y fueron las reinas de la noche en la Vieja Capital por mediados del viejo siglo. Todo comenzó por 18 y Julio Herrera donde traían artistas para una clientela de noctámbulos, nenes bien, viejos verdes y algunas bellas mujeres que les vaciaban sus abultadas billeteras. Se llamó La Mezquita y entre los discos de Edith Piaf había un número de varieté con un mago. Después comenzaron a inaugurarse más boites que nada tenían de confiterías y su especialidad eran los tragos escoceses y los cocteles “manhattan” y los “martinis”. Había desaparecido el champagne que se tomaba en abundancia en la pasada época de los cabarets. Por San José y Florida se inauguró “El Club de París” donde actuaban artistas internacionales como la mexicana Haydée Logan. La animación la hacía en un principio, Miguel Angel Viera que luego fue exitoso conductor de la T.V. y llegó a ser representante en Uruguay del concurso de Miss Universo. También por el Centro se inauguró otra boite que tuvo un efímero éxito y se llamó “Sayonara”. Estaba ubicada en un subsuelo de Cuareim casi Soriano y con los años ahí existieron otras boites como “Barmo Club” y “Karim”. Pero en “Sayonara” todo era glamour por la calidad de los cantantes que amenizaban sus noches de tragos y hermosas mujeres. El conocido representante Klinger era el encargado de traer a esas cotizadas estrellas. En una noche inolvidable cantó la brasileña Elisette Cardozo que por esos inicios del 60 fue “la número uno” en su país. Entre los uruguayos actuaron la Orquesta de Puglia-Pedroza, el cantor Ernesto Restano y el trío Los Piccolinos. En esa boite “Sayonara” también colaboró el recordado Juan Carlos Solá, toda una leyenda en el mundo de las contrataciones artísticas. Por esa escalerita de la vieja calle Cuareim bajaban locutores, empresarios y mucha gente de la farándula de la naciente televisión uruguaya. Más alejados del centro también aparecieron otros emprendimientos que agitaban a la noche montevideana. Por Carrasco, estuvo la exclusiva “Dominique” que tomó su nombre de una popular canción cantada por una monja francesa. Ahí se escuchaban temas de Georges Brassens y amenizaba el virtuoso pianista Lamarque Pons. Para su selecta concurrencia con muchos diplomáticos cantó la gran Maysa Mattarazzo. En la “curva del ensueño” de Punta Gorda estuvo “Chez Carlos” donde junto a Marly Vieira se podía disfrutar de los argentinos Mac Ke Macs y también de los alegres muchachos del Club del Clan. A esa cotizada boite llegó el romántico Julio Jaramillo que conmovía con sus baladas agridulces. La mitología noctámbula también recuerda a “Orfeo Negro” donde se iniciaron Eduardo Mateo y los hermanos Fattoruso con los Shakers. Y reivindicando a la Ciudad Vieja apareció por Bartolomé Mitre casi Sarandí, la mítica boite “Bonanza”. Fue la que más se prolongó en el tiempo y abundaron historias de grandes artistas, tiros entre fiolos y mucho erotismo en ese caliente subsuelo. Ahí cantó Pedrito Rico, la negra Zaima Beleño y el gran Polaco Goyeneche. Esos artistas cruzaban al Bar Jauja de enfrente para descansar y ahí departían con los cronistas de espectáculos de los diarios de la época que los reporteaban en ese ambiente de mucho ginfizz. Fue “Bonanza” la última de su estirpe y al cerrar finalizó el tiempo de las boites en Montevideo. Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.
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