Escrito por: Por Antonio Pippo
Si uno vive un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo, está ansioso. Y la ansiedad es mala consejera, sobre todo cuando induce a la verbosidad.
Algo de eso ha pasado luego que un director municipal, ex dirigente gremial y persona de bien, fuese atacado por dos desconocidos en pleno centro de Montevideo. Fueron muchos, demasiados, quienes de inmediato montaron el argumento del móvil político, rápidamente desarmado por la investigación policial, que demostró que el hecho había sido un mero intento de rapiña.
Yo vivo en el centro, muy cerca de donde ocurrió ese hecho, y estoy harto de ver arrebatos, pungas y empujones y golpes, incluso a personas mayores, para robarles bolsos, carteras o monedas de los bolsillos, o por puro gusto, nomás. Así que lo que le pasó al director municipal aludido no puede sorprenderme ni creo que su condición de tal permita, viendo las cosas sin prejuicios, alentar hipótesis que suenan tremendistas, o al menos excesivas, y alientan, aun inconscientemente, la intolerancia social.
Por eso, y como no suelo adjudicar intenciones a nadie antes de probar que se tienen, prefiero hablar de la patología de la ansiedad. Es decir, de ese estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo que impele a hablar antes de pensar bien qué se va a decir. Una vez que ciertas hipótesis empiezan a deambular por ahí más si han sido armadas con una certeza provista de contundencia verbal- lo que hay ante nuestros ojos, y nuestro espíritu, es una bola de nieve que crece y crece mientras arrastra todo a su paso.
Esta línea de pensamiento, que, como tantas veces he prevenido, puede ser errónea, me lleva a sugerir la necesidad de una afonía temporal, que caería casi como una bendición especialmente en aquellos hombres públicos cuya palabra tiene más incidencia que la del individuo común.
Quién sabe cuánto bien social causaría esa enfermedad, la afonía, pasajera, claro, en circunstancias como las actuales.
OTRAS NOTICIAS EN LARED21



