EXISTIR
Al principio, pues todo tuvo un principio y siempre es bueno recordarlo, la idea de realizar actos de gobierno y consejos de ministros en el interior profundo del Uruguay fue tomada por muchos como una ocurrencia apenas interesante o exótica.
Algunos dirigentes de la oposición, de tiro corto más bien, se preocuparon de inmediato por los supuestos réditos políticos que Tabaré Vázquez habría de obtener en semejante gira. El razonamiento era simplista: si le fue bien como candidato, cuánto mejor habría de irle como presidente. Otros, ciegos de toda ceguera, consideraron la idea como una forma innecesaria y fastidiosa de generar gastos al erario público, siempre magro, y trastornos a las ya de por sí trastornadas vidas de los ministros y sus principales colaboradores. Y hasta hubo quienes, también es preciso recordarlo, encontraron en esas convocatorias presidenciales una oportunidad de conseguir fáciles repercusiones para sus reclamos sindicales. En verdad fueron pocos, desde los montevideanos círculos del poder, la política, la economía y la cultura, que comprendieran desde el inicio, en su verdadera dimensión, el gesto y sus múltiples significados.
Han pasado más de tres años y aquella idea se convirtió en una secuencia de diecisiete consejos de ministros celebrados en otras tantas localidades del interior del país. Con el acto realizado ahora en San Carlos de Maldonado, esta primera ronda prácticamente se ha cumplido a cabalidad, lo que de por sí representa un logro fenomenal en el establecimientos de nuevos paradigmas respecto a la hipertrofia montevideana que padecemos como nación, esa «montevideanitis» que nos mata sin que nos demos cuenta.
En la historia del Uruguay contemporáneo, el Interior profundo y sus habitantes siempre fueron tomados por los representantes del poder como un preciado objeto de la política, pero en general y salvo honrosas y/o sangrientas excepciones, nunca fueron sujetos primordiales de la vida nacional. No se trata de recordar episodios vinculados a los pueblitos miserables que se fueron muriendo por la simple y progresiva ausencia de sus habitantes, sino de tantas localidades y villas que han visto pasar las caravanas electorales, los caudillos partidistas, los recaudadores de impuestos y hasta las primeras damas, como quien asiste a un extraño desfile de máscaras en el que nada ni nadie podía ser reconocido. Existir era el primer problema para toda esa gente.
Ahora, por primera vez, la vida se ha detenido allí, en ellos. Parece raro decirlo, pero es así, literal y dolorosamente así: por primera vez. Raro porque vivimos en un país que se atraviesa en automóvil de punta a punta en cualquier dirección en unas pocas horas, sin más tropiezos que nuestra propia pereza. Doloroso porque el egoísmo capitalino ha llevado a sepultar en el olvido los trabajos y sueños de decenas de miles de compatriotas durante muchas generaciones, como si ellos no existieran.
Para quienes estamos acostumbrados a observar la marcha de los asuntos nacionales desde el balcón de la capital, la trabajosa construcción de una identidad propia por parte de quienes viven en el Interior profundo puede resultar un tema tangencial, o acaso una nueva veta de explotación del marketing político. Sin embargo, el tejido social uruguayo muestra aquí y allá las dolorosas desgarraduras provocadas por esas pérdidas de identidad. Se ha dicho que detener el fatídico vaciamiento del Interior es un asunto de la máxima importancia estratégica. Pues bien, creo que ese largo proceso, que ha comenzado con esta gira gubernamental que está a punto de concluir, ya muestra signos de vitalidad y fortalecimiento capaces de dar vuelta la pisada para siempre.
No se trata de hallar contradicciones donde no las hay o no debiera haberlas. No se trata de atizar una ya perimida oposición cerril entre el campo y la ciudad, ni entre los estancieros de la campaña y los doctores de Montevideo. Se trata, en cambio, de revelar una falla, una postergación indebida y torpe, para resolverla entre todos de la manera que mejor convenga a los intereses nacionales. Y esos intereses nunca pueden ser establecidos o dictados sin tener en cuenta a quienes viven fuera del ejido montevideano. Puede resultar esta una reconvención casi anacrónica y, por eso mismo, hasta patética. Pero nadie puede negar que la tendencia centralizadora fue, hasta 2005, moneda corriente. Es curioso comprobar que los presidentes de la República desde 1985 para acá tuvieron, todos ellos, intenciones descentralizadoras y una voluntad para atender en la agenda la problemática del Uruguay hueco. No fueron ellos por cierto los más olvidadizos. Fue el formidable aparato del Estado que, anclado en una inercia vetusta y pseudoamortiguadora, siguió a trancas y barrancas por su propio trillo. Y fueron también los aparatos políticos, que tras el entusiasmo de largas campañas y recorridas, con discursos, actos, visitas y asados, iba a morir siempre en la centralidad del Palacio Legislativo o de los ministerios, entes y organismos estatales.
Ahora la cosa ha cambiado. La idea de Tabaré Vázquez, eficazmente desarrollada, ha sido letal para la montevideanitis nacional. El lo ha hecho poniendo al país entero como testigo de esa vocación. Por eso, la culminación de esta ronda gubernamental en el Interior tiene un significado que va más allá de lo obvio. Hay una promesa cumplida, es verdad. Hay un espíritu democratizador, es cierto. Pero hay, sobre todo, la restitución de una dignidad cívica que se había perdido. En cada pueblo o ciudad visitada se ha percibido un estremecimiento popular que desbordaba las banderías políticas y que excedía la curiosidad natural de cualquier vecino. Ha habido una especie de conciencia nueva, un estado de gracia colectivo. De nuevo cobraron significado los gentilicios ya casi olvidados de cada lugar, el orgullo de la historia propia, el sentido de pertenencia y, sobre todo, la comprobación de la propia existencia a los ojos del resto del país. De no existir para los demás a existir para todos. He ahí un logro.
Esto no fue un acto de magia, pergeñado con una visita casi circense a determinado sitio. La gira que está a punto de culminar no ha sido un esfuerzo de turismo político. Por el contrario, en cada caso los vecinos del departamento visitado tuvieron a los gobernantes ante sí, ante su intocada soberanía, dispuestos a rendirles cuentas, a recibir sus reclamos, sus exigencias, la crónica de sus días. Y también tuvieron oportunidad de asomarse, por primera vez acaso, al único discurso político que de verdad vale la pena: el de los hechos y las obras.
Con un enfoque de la realidad que tiene mucho de bizarro, algunos destacados dirigentes de la oposición al gobierno han dicho que estos consejos de ministros abiertos a la ciudadanía, con rendiciones de cuentas incluidas, son actos de demagogia. Es el mundo del revés, como aquel planeta cúbico de las historietas infantiles. Ahora resulta que la culminación de sueños y reclamos postergados durante décadas y su presentación de cara al pueblo es un gesto demagógico. Pareciera que se olvidan del carnaval de promesas electorales nunca cumplidas, de la burla dolorosa y del escarnio a los votantes que ello significó durante décadas. Hay cientos, miles de ejemplos: promesas de caminos, de puentes, de hospitales, de electricidad, de trabajo, de médicos, de odontólogos, de maestros, de escuelas… Promesas y más promesas que ingresaron alguna vez al panteón gubernamental para morir allí, en un cajón.
Pero si antes había promesas de escuelas, ahora hay escuelas. Si había promesas olvidadas de puentes y caminos, pues ahora hay puentes y caminos. Si antes había promesas de hospitales, ahora hay hospitales. Así ocurre con muchas cosas. Antes había promesas, ahora hay obras. No está todo hecho ni mucho menos. Vendrán otros gobiernos y otros gobernantes. Llegarán con nuevas ideas y nuevos estilos. No llegaremos nunca, como profetizó Carlos María Fosalba hace más de medio siglo.
Pero la dignidad recuperada de la ciudadanía del Interior se yergue. Esa gente existe, está ahí. Es. Se trata de un bien inapreciable que todos tenemos el deber de respetar y preservar.
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